lunes, 18 de junio de 2012

ALBUM DE PESADILLAS MEXICANAS´


JOSÉ JOAQUÍN BLANCO





ÁLBUM DE PESADILLAS MEXICANAS



CRÓNICAS REALES E IMAGINARIAS



EDITORIAL ERA, 2002




RECONOCIMIENTO:  Este libro fue elaborado, parcialmente, con los auspicios de una beca del Sistema Nacional de Creadores de Arte del FONCA, y sus materiales aparecieron fragmentariamente en Nexos, El Universal, La Jornada y La Crónica de Hoy, entre 1994 y el 2001






ÍNDICE



I  ESPANTOS EN SALMUERA

Una limosna para la Diana

Los lentes más oscuros de México

La nueva Güera Rodríguez

El derecho de oreja

Un sueño en Palacio Nacional

La llorona número 9

Nada como la tele

Anillo de Circunvalación

Chapultepec y las criadas

El ocaso de las taquimecas

El club de los cuidacoches

El metro de los suicidas

Visite nuestras redadas



II SÁTIRAS A DOMICILIO

La tremenda corte

Todos somos detectives

Los priistas están agraviados

Tiernas palabras

El retoño del dinosaurio

El delegado cuentaputas

El 7 por ciento de la pea



III EMBLEMAS IRRISORIOS

El soldado Botello y las artes adivinatorias en la conquista de México

El oro de los trasgos

Más razones da el pulque

Fray Cipriano en la hoguera

Las increíbles aventuras de la China Poblana

El pipián del arzobispo

La monja catedrática y la Monja Alférez

El affaire Mier y Terán

Informe reservado sobre Carlos María de Bustamante

Un tipógrafo de Lucas Alamán

El hospital de la sangre

Aspectos siniestros del Nican Mopohua




I ESPANTOS EN SALMUERA


UNA LIMOSNA PARA LA DIANA



                                                        A Héctor de Mauleón

1

La Delegación Cuauhtémoc, como el resto de las delegaciones capitalinas, fue una invención echeverrista que nuestra ciudad no merecía. Se hizo arbitrariamente con un plumón sobre un mapa de la Guía Roji, sin atender la historia, la economía, la demografía. ¿Por qué separar el Zócalo de La Merced, y en cambio adosarle la Zona Rosa?

         Las delegaciones son invenciones burocráticas. Guía Roji, plumón y capricho de un mandón burocrático. Carecen pues de otra historia que la arbitrariedad de los urbanólogos echeverristas. Yo no veo la Delegación Cuauhtémoc como un conjunto armónico, sino como un amontonadero de zonas diversas.

         La principal, el centro, fue destruida a partir del régimen de Miguel Alemán por una estupidez burocrática. Se decidió expulsar del centro lo más vivo, alegre y colorido de que disponía: los estudiantes. Primero la universidad, y luego todas las demás escuelas de educación preparatoria y superior, emigraron al extremo sur y a otros puntos de la periferia. ¡Estudiantes latosos: fuera del centro; lárguense a sus educativos campus-de-concentración!

         De un plumazo, se despojó al centro de la vitalidad, la belleza y la alegría de las decenas de miles de chamacos, con sus novias, sus cuates y sus libros. Tal era toda su belleza desde los tiempos porfirianos: los viejos palacios rodeados de miles, y luego decenas de miles, de estudiantes. ¡Cuánta sonrisa, cuánto recreo! Y claro, una que otra manifestación estudiantil (menos miserabilista, de cualquier manera, que las que lo invaden ahora día con día).

         La Alameda era un parque de amor y juventud en los años cuarenta, al igual que la plaza de Santo Domingo. Florecían los servicios para jóvenes: cafés, neverías, librerías, cines, teatros, peluquerías, salones de belleza; billares, restoranes y bares decorosos; tiendas de ropa y artículos deportivos. ¿Qué se le dio a cambio? Cientos de miles de bodegoneros, mendigos, transas, coyotes y vendedores ambulantes. El viejo “barrio universitario” se convirtió en tianguis y pocilga. Consultorios de “enfermedades secretas” a tres centavos. Se enseña computación e internet a los analfabetos en tres lecciones. Infracantinas para salir bien envenenado y bien madreado.



2

El Zócalo alguna vez tuvo árboles. Se talaron para extender esa desaforada plataforma de cemento donde las multitudes serviles del PRI rindieran homenajes casi fascistas al presidente. Ahora sirve a todas horas como vasto, lacrimoso y sucio patio de las lamentaciones, del rencor y de la protesta antigubernamentales. Huele a bilis y a orines. Harta bilis. Hartos orines. La letrina nacional.

         Otras tonterías burocráticas, como las rentas “congeladas” —las cuales beneficiaron menos a los pobres que a los mañosos y a los transas, capaces de apoyarse en abogados y jueces corruptos, y de apadrinarse con algún cacique corporativo del PRI: todos contra el sufrido casero que prefería abandonar su viejo inmueble a enfrentarse con nuestros tribunales priistas— lumpenizaron esa zona que, todavía en los años cuarenta, se definía como importante sede habitacional de la clase media, y hasta de la clase media alta.

         A partir de los años cincuenta, siguiendo a los estudiantes, la clase media abandonó el centro, en masa, con mayor precipitación que durante una guerra o una revolución. Los caseros dejaron pudrirse sus inmuebles. (El dueño de una casa en el centro fue considerado, por orden presidencial, un “burgués explotador”, a quien había que castigar con las rentas “congeladas”; el dueño de manzanas enteras en La Lomas, Polanco, el Pedregal o Ciudad Satélite, no: esos eran capitalistas progresistas, a quienes se debía hasta privilegiar.) Nadie quiso invertir en edificios de renta en el centro. Las rentas “congeladas” fueron otra condena de muerte para el centro como espacio habitacional digno. Los asesinos del centro siempre han sido, ante todo, los presidentes de la República.

         Ese conjunto arquitectónico e histórico de importancia y belleza mundiales quedó reducido a bodegas, tienduchas, cantinuchas, infrahoteles de infrapaso y a la pandemia de los puestos “ambulantes”. Imposible edificar un decente condominio, como las leyes marcan; muy posible, en cambio, instalar cien excrementicios burdelazos policiacos, todos ellos violentísimos, gracias a treinta “amparos” como ganzúas judiciales. El lumpencentro de nuestra lumpendecadencia urbana. Muy pocos empresarios importantes tuvieron la valentía de sobrevivir en él: Gracias, Puerto de Liverpool; gracias, Palacio de Hierro; gracias, Casino Español: gracias, Danubio.

         El gobierno mismo fue trasladando casi todas sus oficinas a otras zonas. Un grito unánime durante medio siglo: “¡A escaparse del centro! ¡Pero ya!” El propio presidente rara vez despacha en Palacio Nacional; se la pasa escondido en su búnker de Los Pinos. Y a partir del temblor, bueno... sólo hay que visitar los bombardeados alrededores de la Alameda.

         El propio Zócalo fue bombardeado desde antes del temblor, premonitoriamente, por los prepotentes arqueólogos lopezportillistas, quienes destruyeron el soberbio panorama palaciego de la gran plaza para decorarla ¡con un pedregal de cimientos!: el tiradero de los cimientos del Templo Mayor azteca. No nos devolvieron ningún teocali; sólo exhibieron como llaga monumental un cráter de despojos. ¡Viva la historia patria como rencor y ruinas! ¿París demolería la Rue de Rivoli para mostrar el tiradero de la cimentación de algún templo celta? ¿Por qué no se usó todo ese dineral para Teotihuacán, que sí es algo más que un rencoroso tiradero de piedras?



3

Otras zonas de la Delegación Cuauhtémoc, como las colonias Roma, Condesa, Juárez y Cuauhtémoc fueron arrojadas a la barbarie de la especulación inmobiliaria. Decorosos espacios habitacionales se convirtieron en oficinas, comercios y tiendas, pero a lo bruto, como plaga. Sin ampliar proporcionalmente su infraestructura (agua, luz, drenaje, avenidas, estacionamientos, vigilancia), se alzaron rascacielos rascuaches en terrenos donde apenas cabían dos o tres casas bonitillas, a la europea.

         Durante el día son ahora un mercadote: un caos de tráfico y vendimia, de fondas rodeadas de perros de ataque y de valet-parkings más ladradores y feroces todavía; una invasión de extraños que atropellan y terminan por ahuyentar a los vecinos. Por las noches, un desierto de edificios cerrados a siete llaves, con su policía privada bien encerrada en ellos, mientras las calles desoladas y oscuras se dedican a la lumpenprostitución navajera y escandalosa, a los giros negros, al asalto de los patrulleros.

         A cualquier hora están sonando a la vez, por cualquier calle, diez horrísonas alarmas de coche, que pueden durar con sus aullidos hasta seis horas sin que jamás se den por enterados ni sus dueños ni la policía. Las alarmas no cuidan a los coches; simplemente se dedican a aterrar y a volverles la vida imposible a los vecinos. (Si usted quiere vivir en la Colonia Condesa cómprese hartos pares de tapones de silicón: ojo, sólo sirven los importados).



4

Una imagen, que ya lleva tres lustros, define acaso la delegación entera: Paseo de la Reforma, desde principios de los años ochenta, conjunta arrogantes rascacielos (generalmente del peor gusto “nuevo rico”) con lotes baldíos, edificios derrumbados (el Cine Roble, los alrededores del monumento a Colón) y tribus enteras de indigentes como multitudinarios apaches de alcantarilla.

         Surgen instantáneos rascacielos de execrable gusto entre los despojos de los ídem de apenas antier (el edificio del Seguro Social; las cercanías del Monumento de la Revolución, por ejemplo).

         La mezquina vegetación del Paseo de la Reforma sirve apenas como decoración para los lavacoches, los mendigos, los mueveombligos, los teporochos y los asaltantes. Ratas, caca, desolación y basura, frente a las “posmodernas” y espejeantes torres bancarias que casi parecen de plástico... o de nintendo. Son unas verticalotas cagadas de perro, dizque arquitectónicas.

         A toda prisa, sin detenerse un segundo, amurallados en sus carros de costoso blindaje, los empresarios adinerados entran y salen de sus rascacielos de Paseo de la Reforma (v. gr. la Bolsa de Valores) procurando no ver, ni por un momento siquiera, el antiguo rival mexicano de los Champs Elysées. Tiradero de la Lumpeniforma. Reformeo de la Excretoforma. Cagadero de la Rascaceliforma.



5 (EXORDIO)

Brindemos pues por la Diana, protectora de lavacoches y expendedores de amibiasis instantánea en tacos de canasta. Diarréica Diana: mitológica luna vomitiva de teporochos, asaltados, asaltantes, mendigos y demás corte de miseria del corazón capitalino de nuestros días, al mismo tiempo neolumpenizado y neoenriquecido.

         Hay que darle su limosna a la Diana. Para que se compre siquiera un rollote de papel higiénico. ¿Vigila el delegado de la Cuauhtémoc los achaques gastrointestinales de la Diana? ¿No podría instalarle un tapón? Apestan la delegación entera.

         —Dele cualquier monedita a la chorrienta Diana, pero de un peso para arriba: no se trata de insultarla, patrón. Fíjese usted bien: Anda encuerada no por hermosa, sino por indigente. Hace como que tira una flecha, con su arco sin cuerda, como una finta de payasito de crucero. Es una nalgona payasita de crucero. Una mendiga retiznada y chilapastrosa en mitad de su hedionda fuente de desagüe y orines.

—¡Cáigase con un peso para la Diana, pinche catrín cabrón, o le rompo todito el parabrisas!





LOS LENTES MÁS OSCUROS DE MÉXICO



Poco antes de la muerte del líder del obrerismo oficial del siglo XX, algún redactor de periódicos se anticipó al obituario:

Ya sólo en las más solemnes ceremonias políticas aparece Fidel Velázquez, debilitado y como ennoblecido por la vejez y por cinco décadas de cargar, sobre sus hombros oficialistas, los destinos del sindicalismo mexicano, al que durante casi todo ese tiempo se le acusó de reprimir y traicionar, en lugar de representarlo.

Su semblante monolítico, parapetado en lentes oscurísimos, como un mural en vivo de Diego Rivera, fue prototipo, desde mediados de siglo hasta principios de los años ochenta, del Líder Charro, el enemigo número 1 de la clase trabajadora, para algunos; para otros, como los muchos presidentes de la república a los que ungió y por los que fue reverenciado, era el mayor pilar de la estabilidad y el gran adalid de la revolución-hecha-gobierno.

     Hoy en día, sobre el desmantelado corporativismo estatal, en plena decadencia del sindicalismo oficial y de todos los sindicalismos, ya sin lentes oscuros, ya patriarca monosilábico en su discreto y silencioso invierno, hay quien se pregunta: ¿Y éste es el Ogro del Siglo? ¿Existió alguna vez Fidel Velázquez, o se trató de una alucinación colectiva, de una obsesión de los cartonistas que con la sola efigie del Charrísimo podrían llenar salones de la caricatura tan vastos como estadios?

     Hay quien, a su vez, se pregunta si en todas esas décadas fue realmente la de Fidel la mano de hierro que sometía a los trabajadores organizados, en nombre del gobierno, o si más bien era la mano del gobierno —leyes, jueces, funcionarios, golpeadores, policías— la que sometía a los trabajadores en nombre de Fidel.  ¿Quién era el poder, y quién la decoración? ¿Quién le daba poder a quién?  No se sabe: los presidentes decían que Fidel era fundamental, irremplazable para los presidentes; Fidel decía que los presidentes eran fundamentales, irremplazables para Fidel.  Como hasta el día de hoy jamás nos han faltado ni presidentes ni Fidel, ignoramos cómo sería el universo sin ellos.

     Pero el historiador Simplicio Posmoderno, egresado de El Colegio de México (esa surcursal de la Escuela de Talentos Artísticos de Televisa), se afanaba una tarde para descubrir el verdadero perfil de Fidel Velázquez, a fin de realizar, a manera de tesis de doctorado, una telenovela épica sobre su recia figura. Dudaba en titularla Desde temprano o De cara al sol, en alusión a sus antecedentes de obrero de la industria de la leche, y al pan con nata que también le gustaba a Franco; o bien, El lobo mayor, en alusión tanto a Caperucita Roja como a alguna anécdota de líderes apodados “lobitos”, y al comunismo que “estuvo a punto de apoderarse de México”.  Y en opinión de algún presidente, lo habría logrado si no hubiera existido Fidel Velázquez. 

     Simplicio Posmoderno fatigó archivos y hemerotecas, entrevistó a notables de la política y de las telenovelas (también egresados de El Colegio de México), y encontró cosas asombrosas.  Los rumores de la perversidad como líder charro de Fidel no estaban documentados en ninguna parte, ni había quien los recordara.  De inmediato los sospechó como meros infundios ideológicos.  Había, por ahí, claro, algún exceso, como aquel ofrecimiento en 1968 de armar a los obreros oficialistas y lanzarlos contra los estudiantes revoltosos, que no fue cumplido.  Pero hasta ahí. (Por lo demás, todo mundo sabe que el 68 “fue solamente una fiesta”.) 

     En cambio, a partir de la perspectiva de los “neoliberales” años noventa, incluso las moderadas y más bien retóricas alusiones de Fidel, ahora Don Fidel, a la clase trabajadora, resultaban ampliamente generosas, incluso socialistas. La demagogia del siglo había contaminado aun a Fidel Velázquez, así fuera en unas cuantas declaraciones, con respecto a supuestos privilegios laborales utópicos, que no hacían sino desalentar a los patrones e inversionistas. Pero al contaminarlo, crearon a Fidel como su propio antídoto: Fidel fue el gran anticuerpo del virus obrerista. Gracias a Fidel la llamada Lucha Obrera se mantuvo estrictamente en el plano declarativo; sin su posición firme y decidida a favor del estímulo a los patrones, no habrían faltado líderes locos o anárquicos que quisieran llevarla a la práctica.  En un episodio de su telenovela, Fidel señala la antigua Ley Federal del Trabajo, venerada como santo en un nicho de su oficina: “Nadie me la baja de ahí, y mucho menos para aplicarla”.

     En la Nueva Ley del Trabajo desaparecían esos absurdos, impracticables privilegios y supuestas garantías al trabajo, y se dejaba en libertad al patrón para crear sus propias normas de trabajo que realmente lo estimularan a ganar dinero.  Esta ley se cocinaba de prisa, porque muchos diputados y patrones temían que Fidel Velázquez, ya patriarca, se muriera antes de abrogar el viejo código incómodo. 

     Los enemigos de Fidel Velázquez llevaron una vida agitada, gritona, con múltiples visitas a los hospitales y a la cárcel, atareada de mítines sofocados por golpeadores y la policía, de huelgas reventadas, y terminaron en el desengaño y la miseria. Tu genio está en cómo llegas a la sepultura. Por el final conocerás todo el rumbo de la historia.  Fidel Velázquez, como el viejo Porfirio Díaz, avanza en su vida tranquila, silenciosa, oficial, llena de triunfos y de honores, respetado y venerado por gobierno y empresarios, hacia un final afable, una coronación apacible de sus victorias, hacia un “tránsito sereno”. 

     La muerte a veces se presenta en su antesala, pero Fidel la confunde con un viejo sindicalista, y nunca tiene tiempo de recibirla.







LA NUEVA GÜERA RODRÍGUEZ



Pascualito Reyes era un periodista misterioso. Develaba los enigmas del poder. Andaba tras la pista de los cuatro, cinco o siete lobitos de entre cuya camada surgió el Máximo Líder Obrero del Siglo XX, Fidel Velázquez.

¿Eran cuatro, cinco o siete? Como en el caso de la Generación de los Siete Sabios, de principios de siglo, que no siempre resultaban siete, ni sabios; a veces le salían más de cuatro lobitos, y los nombres de los aspirantes a redentores obreros oficialistas, en su etapa cachorril, variaban según los informantes. ¿Y por qué lobitos? ¿Porqué no zorritos, ositos o hienitas?

Infinidad de artículos publicó Pascualito Reyes sobre el enigma, transcribió chismes innumerables, y nada. Había una vez x lobitos, la clase obrera era Blanca Nieves, y Fidel Velázquez resultó el único verdadero lobo feroz, con todo y lentes oscuros, hasta su muerte.

         Vino entonces el turno del secreto de La Güera Rodríguez Alcaine. Todavía más intrincado y arisco que el de los lobitos. El líder oficialista obrero Leonardo Rodríguez Alcaine, sucesor de Velázquez en la Confederación de Trabajadores de México, ya sin oficialismo y sin obreros, ¡era conocido como La Güera! Desde los años cincuenta.

Colgarle un mote maricón al supermachísimo líder charro connotaba no sé qué subrepticios castigo o arreglo de cuentas. Leonardo Rodríguez Alcaine se encabritaba cuando lo llamaban La Güera, pero sólo a ratos, porque también los presidentes de la república y Fidel Velázquez lo acribillaban, muertos de risa, con ese apodo. Y ni modo de respingarles.

A la muerte de Fidel Velázquez, La Güera Rodríguez, pero ahora Alcaine, su senecto sucesor, trató de intimidar a la prensa, de convencerla para que desechara ese apodo usado durante casi medio siglo.

Reveló su origen: Un día que los líderes obreros de la CTM acordaban con el entonces Secretario del Trabajo Adolfo López Mateos, futuro Presidente de la República, culterano e ingeniosillo, se le ocurrió a éste posar su burocrática mirada en un libro de moda que yacía, probablemente intonso, sobre su escritorio: era todo un bestseller: La Güera Rodríguez (1949), de Artemio de Valle-Arizpe.

Entonces el prócer esgrimió el dedazo y declaró, ante el joven líder, incapaz de protestar aun cuando su virilidad se volviera asunto de irrisión: “ eres la Güera Rodríguez”.

         El líder charro era joven, novato, servil... güero y Rodríguez. No protestó. Sus camaradas acataron la broma ministerial que poco después se volvería presidencial. Y se le quedó La Güera durante medio siglo y para toda la historia obrera de México.

-Fue un chiste de López Mateos -explicó Rodríguez Alcaine hacia el año 2000-, por un libro de historia. Una puntada. Ya olvídense de eso y dejen de llamarme Güera.

-Eeey, güera –canta Alejandra Guzmán.

         Esta clave incrementó las tribulaciones detectivescas del columnista Pascualito Reyes. El humor de los presidentes de México, en especial de López Mateos, resultaba ciertamente inextricable, tal vez porque el prócer apodador ni siquiera había leído el libro de donde extrajo su chiste.

Pascualito lo devoró, a pesar de su prosa apedreada de arcaísmos y payasismos, sólo para encontrar que en el bestseller de Valle-Arizpe no se hablaba solamente de una güera, de cualquier güera, sino de una cortesana de larga nómina; de una puta de los últimos tiempos de la Colonia y las primeras décadas de la Independencia. Ciertamente una puta de gran belleza, inteligencia, astucia, gracia, abolengo, riqueza, pedigrí y (acaso) méritos patrióticos a favor de la causa independentista, pero a final de cuentas una putota. ¿Así se llevaba López Mateos con sus líderes charros?

         Tal fue la causa del furor que causó el libro de Valle-Arizpe durante los años cincuenta. La almidonada escena de la Independencia Nacional, pero vista a través de una buscona del Antiguo Régimen, por cuya cama habrían pasado hasta  Simón Bolívar, Humboldt e Iturbide. Valle-Arizpe tiene mucho que decir sobre esa cama:

         “Existe una cama. La quinta cosa que existe de doña María Ignacia de Velasco, linda cosa. La cama que usó durante toda su vida. Yo la he visto con mis ojos mortales, la he tocado, como también con encanto inacabable lo he hecho con las otras cosas que fueron de esa mujer de maravilla. Es una cama ancha, de palo de cedro, pintada de oscuro verde olivo, con paisajes arcádicos tanto en la elevada cabecera como en la piecera de retorcido borde en donde hay filetes dorados y carmesíes. Es una cama que gracias al primor de su fuerte hechura es discreta y muy callada, digo, silenciosa, pues no es como otras camas que hay por ahí, no se queja en largos rechinidos por más peso en movimiento que tenga encima.

         “¡Ay, si las cosas hablaran e hicieran íntimas confidencias! Si dijesen lo que han visto, qué manos en suavidad cariciosa o violentas de enojo han pasado por ellas; qué ojos las han mirado con indiferencia, furor o suave encanto, y les fueron adhiriendo como una ideal capa de cariño, como una pátina amable y constante del propio espíritu de sus dueños y en pago de tanta solicitud, como que aumentaban el brillo de sus barnices, subían el tono de sus colores o bien los amortecían con idealidad y lanzaban al aire la sutileza de su aroma.

         “Hacen lo que pueden, dan lo que poseen. Si las cosas nos dijeran las alborozadas alegrías que miraron, las tristezas que ante ellas se compungieron o las penas o dolores que lloraron a su lado, ¡ay!, lo que hubiesen dicho a la curiosa avidez de nuestros oídos estos lindos rebozos ametalados, esta vieja cama grandona y verde de la Güera Rodríguez. Viendo este mueble me nació la idea de conocer la historia, y de escribirla después, de esta magnífica y extraordinaria mujer que sobreponía la donosura a la malicia y llenó toda una época con su vida plena de gracia, de inquietud y brillo suntuoso.”

         Los lectores se regocijaban de esta imprevista luz, hasta entonces soterrada bajo chismes de eruditos y citas ferozmente ocultas en legajos del Archivo General de la Nación y añejas obras de Bustamante y la marquesa Calderón de la Barca, sobre la gesta tricolor.

         Como en sus otros, demasiados libros, Artemio de Valle-Arizpe jugó en La Güera Rodríguez a confundir la historia con el chisme y las vaciladas. Picardías seniles al paladear el chocolate de las cinco de la tarde. Casi nunca señala fuentes ni pruebas de sus afirmaciones “históricas”. Tomaba de la historia lo que le convenía e inventaba lo demás. Sobre todo inventaba truculencias de alcoba y chismes de cuernos. Todo el diccionario de arcaísmos y americanismos para describir viandas, golosinas y atuendos. En verdad, nuestro hispanista colonialista prototípico siempre anheló ser un afrancesado libelista libertino estilo Ancien Régime. Y convirtió a nuestra Güera en una versión local de las madames Maintenon, La Vallière, Montespan, Pompadour y Du Barry (ésta en la versión pueril y hollywoodense de Dolores del Río).

De hecho, no hay prueba alguna de los acostones de su Güera Rodríguez con Simón Bolívar (quien era todavía un soldadillo insignificante de 17 años a su paso de unos cuantos días por la Ciudad de México, cuando la Güera reinaba con su dinero, su abolengo, su belleza y su encanto sobre toda la corte virreinal), ni con el recatado y discreto Humboldt; aunque las sospechas crecen, tumultuosas, en el campo de Iturbide.

Existen, sí, los homenajes de los tres, y de toda una muchedumbre contemporánea, a la belleza, la gracia, la inteligencia y el atrabancado carácter de una bellísima dama linajuda de la Ciudad de México: María Ignacia Rodríguez de Velasco y Osorio Barba, la Güera. Tal adoración generalizada ante su belleza y su carácter no se repetiría sino a mediados del siglo XX, con María Félix.

Y un enorme proceso de separación conyugal promovido por ella contra su esposo, quien la acusó de varios adulterios con todo tipo de clérigos poderosos, sin pruebas que convencieran a los tribunales (presididos por esos mismos clérigos poderosos). Lo único que se constata en ese proceso es que el marido andaba loco de celos, que la aporreó por ello en diversas ocasiones y que finalmente la intentó espantar o matar con un pistolazo fallido. El marido fue a dar a la cárcel por intento de uxoricidio. Sobre cornudo, apaleado. Murió oportunamente, dejando libre a la joven viuda.

         Pascualito Reyes pasaba y repasaba, atosigado, las tartajosas páginas de Valle-Arizpe. ¿Qué veía López Mateos de la antigua Güera en el supermacho lidercillo sindical, a quien acababa de convertir en la nueva Güera Rodríguez?  ¿La embelesadora mirada azul, el talle y “las turgentes curvas”; la palabra fácil, graciosa y lapidaria, la promiscua pasión por próceres, clérigos y soldados? ¿O nada más lo güero y lo Rodríguez? ¡Qué chistes podían permitirse los grandes políticos con los humildes (frente a los poderosos) pero terribles (con los obreros), líderes sindicales de la CTM! Y qué chistes tan bobos.

         Salvo las morbosonas lucubraciones libertinas de Valle-Arizpe, y las populosas citas del encanto social que efectivamente irradió la antigua Güera hasta sus setenta y tres años de edad, poco encontró de memorable Pascualito Reyes en la saga de la linajuda y millonaria dama trigarante.

Apenas un desplante de realpolitk: resulta que la supuestamente ninfómana Rodríguez se casó en segundas nupcias con un anciano riquísimo, a quien liquidó en el lecho nupcial con la tenacidad de una película porno, para embolsarse la herencia. Los parientes del marido difunto impugnaron el testamento: que el matrimonio había sido demasiado breve y malintencionado, el marido ya muy viejo y no del todo en sus cabales, etcétera.

Pero La Güera Rodríguez siempre contaba con un as bajo la manga. Anunció que el marido la había dejado embarazada. El primogénito venía en camino. Y empezó a mostrar una creciente gravidez bajo sus riquísimos vestidos a la moda napoleónica.

-¡Son puros rellenos! -clamaban los parientes-. ¡Ya tiene apalabrada a alguna mujer próxima a dar a luz, para quitarle el nene y hacerlo pasar por suyo!

-Pariré ante testigos -prometió la Güera.

Pero ocurrió que se le anticipó el parto, sin tiempo para convocar a sus amigos los susodichos clérigos poderosos que darían fe del alumbramiento; entonces, en plenas contracciones, salió a la banqueta de su casa (hoy Madero, frente a La Profesa), y a gritos convocó a los transeúntes a que pasaran a su alcoba.

Ahí, como en función de teatro, los colocó en dos o tres hileras de butacas frente a su cama, y se dedicó a parir alegremente, entre nutridos aplausos (supongo). Sus sirvientes agasajaron al jubiloso auditorio con chocolate y pastelitos.

         Finalmente, Pascualito Reyes, incapaz de descifrar el apodo lopezmateísta La Güera para designar al charro líder obrero, sólo encontró una premonitoria clave histórica.

La Revolución Mexicana –ya todo mundo lo ha olvidado- estalló un 20 de noviembre. También un 20 de noviembre, pero de 1778, nació la Güera Rodríguez (m. 1851). Esa Revolución Mexicana que supuestamente auspició el movimiento obrero de la CTM acaso no sea olvidada del todo, y no haya que despojar de su actual nombre a la Avenida 20 de Noviembre.

Explicaremos simplemente que esa fecha conmemora nada más a la gran Güera Rodríguez. A la antigua, digo, porque de la actual ni quien se acuerde, aunque ocupe las mismas oficinas de Fidel Velázquez frente al Monumento de la Revolución. Aquélla, la Güera María Ignacia Rodríguez de Velasco y Osorio Barba, al menos legó a la posteridad su inmortal y nunca rebatido apotegma: “Fuera de México todo es Cuautitlán”. La nueva Güera Rodríguez, el superlíder Alcaine, se hizo hilarantemente célebre por frases más ríspidas, del tipo de: “¡No le voy a dar las nalgas al Presidente de la República!”

         A lo mejor por eso Adolfo López Mateos denominó como nueva Güera a Leonardo Rodríguez Alcaine, nomás para que nunca se le olvidara la fecha 20 de noviembre.

Como se sabe, López Mateos fue maestro de escuela alguna vez, y supo que entre los alumnos había cabezas muy duras, de modo que había que enraizarles ciertas fechas importantes mediante audaces trucos mnemotécnicos.

         -Oye, Güera, ¿sabes qué se conmemora el 20 de noviembre?







EL DERECHO DE OREJA



El “derecho de oreja”, que tenían los grupos de vasallos de ser siempre escuchados personalmente por su señor, o por un alto representante suyo, en momentos difíciles, es una institución medieval a la que hay quien juzga más humanitaria que el frío legalismo moderno, que tantas veces no deja a los débiles sino los kafkianos laberintos de la jurisprudencia oficial. 

         No sé si como se dice (Clavijero), tal derecho se practicara también entre los aztecas, pero sí que se dio en México desde el día siguiente de la conquista.

Los conquistadores, los oidores y los virreyes debían atender a los indios, para evitar que fueran creando instancias paralelas, o que sólo obedecieran a los frailes, cuyo poder consistía en eso, en que escuchaban a los indios.

Además, se formó rápidamente una población blanca y mestiza nueva que todo el tiempo necesitaba decirle cosas a la autoridad.

En 1554 (dice Cervantes de Salazar) el Palacio del virrey, la audiencia, el arzobispado y la Plaza Mayor estaban llenos todo el día de querellantes. Casi plantones, casi manifestaciones.

         Muy pronto este derecho de oreja se volvió impracticable. El conquistador Villagrá cuenta que los propios conquistadores podían pasarse años haciendo antesala ante una autoridad que sólo sabía responder: “En Palacio las cosas van despacio”.

Se debía reclamar solamente por escrito y para nunca recibir respuesta.

Empezó a llenarse el Archivo de Indias de millones de legajos de documentos de indios, españoles y mestizos, que nunca fueron atendidos.

         Luego vino el triunfo de la Ley, en abstracto. No se debía incomodar físicamente a la autoridad, sino atenerse a las leyes establecidas, y presentar formalmente peticiones o querellas concretas que tocaba a funcionarios y jueces particulares, en trámites complicados y juicios costosos, y sin dar la cara, declarar si procedían o no.

Los litigios del débil nunca proceden. O se le oprime o se le ningunea. La ley y los tribunales fueron odiados.

         Los caudillos del siglo XIX devolvieron el derecho de oreja a sus huestes, haciendo y deshaciendo leyes personales sobre la marcha, pero cuando llegaban al poder se escudaban tras el laberinto fatal de los tribunales y la burocracia.

Juárez y Díaz ningunearon así a las comunidades indígenas que protestaban contra la ocurrencia de declarar “muertas” y expropiables sus tierras comunales. Como no hablaban ni menos escribían el idioma de “su” ley, no los escucharon en absoluto. 

Tocó a los caudillos revolucionarios volver a escuchar de viva voz a sus tropas, especialmente Villa y Zapata.

         Lázaro Cárdenas retomó la tradición del derecho de oreja desde su campaña presidencial. A partir de él, cada candidato oficial (incluso los de oposición, y el presidente Fox que quebró la hegemonía del PRI) debe viajar por todos los rincones del mapa y escuchar a todo mundo; ya presidente, ha de hacer frecuentes giras populares, en las que dizque escucha y dizque responde todo el tiempo.

Pero este derecho de oreja, de relación directa entre súbditos y autoridad, practicable en sociedades pequeñas, se volvió imposible y ritual en la sobrepoblación urbana de México.

Hablan solamente los jilgueros y los grillos; sólo oscuros burócratas contestan vacuidades a las cartas que se le escriben al presidente o al alto funcionario.

Y las grandes autoridades no quieren desprestigiarse diciendo “no”; que las pequeñas hagan el trabajo sucio, las grandes se esconden. Y que la gente se aguante, callada y sin moverse.

         Pero los quejosos siguen viniendo al Zócalo. Defienden su derecho de oreja y la superstición de que todo se arreglaría si la autoridad máxima los escuchara. 

Alemán de plano llamó al ejército para impedir que los mineros de Nueva Rosita llegaran al Zócalo.

Se sacralizó esa plaza durante varios sexenios para que el mito del derecho de oreja no la convirtiera en un constante campamento de quejosos.

Echeverría y López Portillo pretendieron retomar el derecho de oreja, y se negaron a reprimir en el Zócalo. Durante la administración de sus sucesores De la Madrid, Salinas y Zedillo fueron aumentando las manifestaciones, los mítines, los plantones, las peregrinaciones desde los más remotos lugares del país.

         Entonces los presidentes se escaparon del Zócalo. Se escondieron en el búnker de Los Pinos.

Siguen llegando multitudes al Zócalo, ya con mera intención ritual o simbólica (pues el presidente nunca está). También el regente (en 1995 se llamaba todavía “regente” al Jefe de Gobierno del Distrito Federal) escapó a lejanas oficinas privadas.

El Zócalo se volvió el lugar más sordo y más gritón del país.

La gente, en la era “democrática”, asedia también el Congreso. ¿A qué búnker escaparán los diputados? 

         Como nuestra sociedad es menos religiosa que antes, los quejosos ya no se meten a Catedral o a la Villa a pedir el milagro de que la Gran Autoridad los reciba, y remedie las tropelías o la incompetencia de otras autoridades.

Se recurre al continuo desquiciamiento del tráfico —los manifestantes ya no esperan ser oídos, sino sólo provocarle un gran problema a la autoridad que los ningunea—, al plantón, a las máscaras de lucha libre (Superbarrio) y de lucha guerrilera (el Subcomandante Marcos), al encuere público, a la huelga de hambre, y recientemente a los desangramientos. 

Nos faltan los (auto)sacrificios humanos del siglo XXI en pleno Templo Mayor.

         Cuando unas autoridades fallan y otras se esconden, y todas ningunean a los quejosos, el viejo derecho de oreja se vuelve un ritual cada vez más macabro.

Ya es un trámite obligado el de montar un acto truculento para hacerse oír. ¡Pase usted antes a la ventanilla 7, a encuerarse en público; a la 8, a desangrarse; a la 15, a hacer una huelga de hambre de mes y medio; a la...!







UN SUEÑO EN PALACIO NACIONAL



I

Finalizaba el siglo XX y el entonces Presidente de la República, un doctor chiveado y como extraviado en su propia camisa, muy torpe de palabras y maneras, con muchos apellidos (entre los que se encontraba el de Zedillo) y harta flojera, no sabía qué hacer con el Palacio Nacional, ese estorboso y mugroso edificio del Zócalo, donde dizque tenía su despacho oficial, al que nunca se presentaba.

No salía de su búnker de Chapultepec, en Los Pinos, salvo para dar el grito (que regurgitaba en tartamudeos afónicos) la noche del 15 de septiembre y para recibir solemnemente a algunos embajadores y jefes de estado.

Los alrededores de Palacio Nacional estaban siempre invadidos por manifestantes, vendedores ambulantes y el hampa más variada, entre los congestionamientos del tránsito y la espesa capa de smog, que en el centro se apretaba como una nata polvorienta y hedionda.

Que se recuerde, sólo don Benito Juárez se sintió cómodo en Palacio Nacional. Ahí murió. Y de ahí no lo sacaron, ni muerto, porque si bien sus huesos reposan en el panteón de San Fernando, su recámara se quedó ahí, con otros salones, convertida en museo perpetuo. Una recámara eterna.

Y además se quedó sentado -¡nadie lo bajó de la silla presidencial!-, completamente inmortal y con cara y porte de circunstancias, en una estatua. El palacio de don Benito.

         Desde los tiempos del virreinato ese palacio fue una monserga. Se alzaba frente a la plaza, que parecía un chiquero monumental. Resultaba el centro de las inundaciones, de las epidemias, de los motines. Una zahúrda o laguna de inmundicias donde chapuceaban, indignados, con sus brocados y pelucas salpicados de mierda, echando pestes a su vez contra todo el reino y contra todos los súbditos, virreyes como Fuenclara, Las Amarillas, Croix y Revillagigedo. 

Los virreyes escapaban por temporadas a Tlalpan, San Cosme, Tacubaya o Chapultepec, en cuyo castillo se asentarían cómodamente Maximiliano y don Porfirio.

Durante el siglo XX, el Palacio Nacional se destinó a bodegas, a oficinas de todo tipo (los burócratas más humildes siguieron yendo a cobrar sus quincenas a la caja de Hacienda del propio Palacio Nacional), y a algunos saraos y ceremonias oficiales por eso de las tradiciones. El grito desde el balcón, el besamanos en las galerías, los discursos en los patios. Sólo la fachada se veía imponente; la parte posterior semejaba, desde la calle, un apelmazamiento de vecindades. Y dentro era eso: un improvisado, parchado, sarnoso laberinto de cubiles burocráticos.

A Lázaro Cárdenas no le gustó el viejo castillo de Chapultepec y se mandó hacer otro en un lugar aledaño donde no hay pinos, pero que hizo bautizar como Los Pinos, lo que no debe asombrar en una ciudad cuyo jardín principal, La Alameda, carece de álamos.

Desde entonces el Palacio Nacional afirmó su carácter de escenografía, de set para ceremonias patrióticas. Los presidentes se dejaban fotografiar a ratos, dos o tres veces por semana, en Palacio Nacional, pero residían y despachaban la mayor parte del tiempo en Los Pinos. (A López Mateos ni siquiera le gustaron Los Pinos, y se quedó en su casa de San Jerónimo, entre sus supersónicos, aerodinámicos coches de carreras, todo su dorado sexenio.)

         El Palacio Nacional -ya una especie de fachada virtual, que bien podría demolerse y sustituirse por una escenografía de cartón-, se resumía en su único sitio funcional: el balcón, frente al cual desfilaban cinco o seis veces por año las masas del PRI que aclamaban al presidente.

Para que lo aclamaran mejor, de modo más espectacular, se derribaron los árboles de la plaza y se construyó una enorme plancha de cemento. Pero las masas dejaron de aclamar a los presidentes mexicanos. El Zócalo se volvió campamento perpetuo de manifestantes y descontentos, frecuentemente airados.

En la época del presidente De La Madrid, durante un desfile de trabajadores del primero de mayo, un alborotador que había equivocado su destino (pues demostró aptitudes de beisbolista) lanzó con singulares velocidad y puntería, desde la calle por donde caminaban los obreros gritando pestes contra el gobierno, una bomba molotov que penetró por uno de los ventanales de Palacio Nacional y alcanzó a lastimar a un funcionario. La ojeriza de los presidentes mexicanos contra su palacio quedó sellada.

Apenas se recuerdan, como cosa de fábula, las concentraciones políticas y populares que durante los primeros años setenta ahí organizaba, cualquier día y a cualquier hora, el presidente Echeverría, con sus discursos interminables.

Feote y en mitad del horripilante centro, el Palacio Nacional concentraba para ese presidente la carga simbólica del poder nacional. Era su ombligo y su tribuna. Maniobraba desde Los Pinos y vociferaba en Palacio Nacional. Bueno: Echeverría vociferaba en todas partes.

El presidente de los muchos apellidos y la mucha flojera, chiveadillo y como extraviado en su propia camisa, muy torpe de palabras y maneras, ya no quiso gastar su tiempo y su paciencia en abrirse paso hasta el incómodo edificio de los virreyes, y suspendió incluso el desfile del primero de mayo.

No iba a prohibir las mentadas de madre al presidente, pero tampoco tenía por qué soportarlas en su vera efigie. Decretó una norma democrática: que se gritara lo que se quisiera en el Zócalo, pero frente a un balcón sin presidente.

Y ya no salía del búnker de Los Pinos sino la noche del 15 de septiembre. Porque eso sí, renunciar al grito (aunque lo emitiera cascadón, tiple, afónico, regurgitado) sería tanto como renunciar a la presidencia. No estaba mal, a pesar de todo, cobrar como presidente el año entero por cinco minutos de semigritos y campanazos en el balcón presidencial.

El palacio moderno que construyó Cárdenas en Los Pinos fue creciendo y ensanchándose en perjuicio del bosque. Se rodeó de murallas infranqueables. Un búnker formidable frente al cual se ve como disminuido y modesto el viejo castillo de Maximiliano y don Porfirio. Al turista lo mueve a compasión la modestia con que vivieron en ese castillo el emperador y el tirano, frente al búnker postmoderno de los presidentes democráticos.

¿Pero qué hacer con el Palacio Nacional? Todo, salvo el balcón de la fachada, utilizable únicamente la noche del 15 de septiembre, salía sobrando.

A Zedillo se le ocurrió –“¡Por fin tuvo una idea!”, clamaron sus asesores-  volverlo museo. Como si no hubiera ya otros quinientos museos en el viejo centro de la ciudad, siempre desiertos y como devorados por el caos y la suciedad del comercio ambulante, los mítines, las manifestaciones, la mendicidad y el hampa.

-¡Vine a ver si habían barrido! –exclamó, bromista, entre sus múltiples apellidos, el chiveado presidente Zedillo, una mañana que inopinadamente se presentó en su Palacio-. Dice mi mujer que cuando no vengo, no barren.

Entre las múltiples cosas que ese presidente no logró durante sus seis largos y oscuros años fue hacer un chiste. Seguramente ese día hasta empeoró el humor de los pobres soldados de la guardia.

         Como se sabe, con el presidente Zedillo se acabó la era del PRI. Y el siguiente presidente, con un apellido breve como de sigla: FOX, se acomodó en un chalet de los jardines de Los Pinos (The Off Pinos), para ni siquiera tener que entrar a la Residencia de Los Pinos.



II

Genaro T. Cifuentes pasó un día por Palacio Nacional.

Toda su vida había tenido que pasar por ahí para ir a la preparatoria (que también se volvió museo) o a comprar fayuca, pero pasaba rápido y lejecitos, con miedo de incomodar a los irrefragables soldados que custodiaban sus puertas solemnes: “Mas si osare un extraño enemigo...”

Siempre sentía que los soldados se le quedaban mirando con mala cara, como dispuestos a sospechar en él a un terrorista. Pasaba veloz y de lejecitos.

Ahora no sólo le pusieron buena cara, sino que una bonita edecán que estaba junto a ellos le sonrió como en un anuncio de pantimedias, y le dijo:

-¿No gusta conocer el Palacio Nacional?

Genaro T. Cifuentes se quedó consternado. “Estoy soñando”, pensó. “Los soldados de Palacio Nacional me ponen buena cara, y esa muchacha tan linda me invita a pasar.”

Pero no quería. Nadie quería conocer semejante cosa.  La pobre edecán estaba cansada de recibir negativas de todos los transeúntes.

-¿Yo? ¿Y a qué?

-A conocer el patrimonio de todos los mexicanos.

-No traigo morralla –dijo Genaro T. Cifuentes, con la frase que ya había acuñado para deshacerse de los limosneros.

-Es gratis –sonrió nuevamente la edecán-, y podrá ver los jardines, los murales de Diego Rivera, una exposición de arte y el museo de Benito Juárez.

Genaro T. Cifuentes sintió que los soldados de la puerta se ponían más tensos y peor encarados que de costumbre, como para castigarlo en caso de que cometiera el delito de lesa patria de no entrar a Palacio Nacional, ahora que ahí ni el presidente entraba.



III

Cuando menos lo supo, Genaro T. Cifuentes estaba dentro, caminando como tonto en un patio lleno de puertas. Por ninguna de ellas se salía.

Más patios, más pasillos, más escaleras, y más puertas por donde tampoco se salía.

Le pareció que había soldados en todas partes sin otra consigna que evitar que escapara el único visitante con que contaba el Palacio Nacional en el año 2001.

Divisó, recargado en una columna, a un anciano muy atildado, trajeado a la antigua, con corbata roja y unos ridículos lentes de plástico muy gruesos. Resplandecían en sus muñecas unas mancuernas enormes, payas, al gusto de los licenciadotes de los años setenta.

-Disculpe, señor, yo quisiera...

-¿Pero cómo se le ocurre? La audiencias están retrasadas siete horas. Desde la madrugada entraron los azucareros, y no salen. Luego vienen los petroleros, los ferrocarrileros, los intelectuales, los mecapaleros... Un poco de paciencia. Ya sabe cómo es nuestro presidente. De que empieza a hablar, no termina...

-Pero yo no vengo a hablar con el presidente...

-Claro que no. El que habla es él. Está hablando desde las tres de la mañana. Y no tiene para cuándo parar. ¡Necesita decirle muchas cosas a la República! Todos los salones están llenos de contingentes que vienen a verlo; digo, a escucharlo. Y sigue llegando más, y más gente. No van a caber en los patios. Tendrán que hacer cola en el Zócalo... Sólo que ahí va a realizarse un festival de danza folklórica a las once en punto. Y luego...

-Yo nada más quiero irme...

-Ah no: ¿cómo va a dejar al presidente con la palabra en la boca?  ¡Eso sí que no! ¿Y su gafete? ¿Cómo se le ocurre andar por aquí sin gafete?

-Una señorita me dijo..

-Ah, esas jovencitas nunca aprenden...

El anciano atildado extrajo rápidamente un gafete de la bolsa de su saco y se lo prendió a Genaro T. en el pecho. Era tricolor y ostentaba el escudo nacional.

-...Tenga paciencia. Hay gente que lleva esperando más tiempo que usted. Pero ya conoce a usted a nuestro presidente, ¡nunca termina de hablar! Dice cosas muy sabias y muy justas. Ahora sí vamos a acabar con la pobreza y la injusticia; ahora sí va a cambiar el país. Todo lo está enderezando. Liquidó a los “emisarios del pasado”... Yo trato de no perderme ni una de sus palabras, pero hace rato me venció la fatiga y me quedé dormido un instante. Salí a refrescarme un poco nada más. Tenga paciencia. Ya llegará su turno.



IV

Genaro T. Cifuentes sintió que a cada palabra que decía el anciano se volvía más y más viejo. Se le desencajaban las facciones. Se le oxidaban las mancuernillas. Se le empañaban los gruesos cristales de sus lentes grotescos. Se le colgaban más los párpados. Le faltaba fuerza para conservarse en pie. Parecía que iba a derrumbarse. Genaro T. lo sostuvo de un brazo.

-Gracias, joven. No se preocupe. Es natural. Con estos discursos tan largos lo vence a uno la fatiga. Por un momento imaginé que el Palacio estaba muerto; o desierto, como un museo o algo así. Silencioso y tranquilo. ¡Pero sigue llegando la gente!

-Yo no veo a nadie. Puros soldados.

-Fíjese bien.

Genaro T. Cifuentes se restregó los ojos y miró bien. En efecto: el Palacio Nacional de pronto se estaba llenando de contingentes del PRI. Pancartas, guayaberas, chamarras. CTM. CNC. CNOP. PRI. PRI. PRI.

“¿Otra vez el PRI?”, se preguntó. “¿No que ya había muerto? ¿No que ahora gobernaban el PAN y FOX? (¿Cuál es la sigla, cuál es el apellido?) Puros embustes. ¡El PRI sigue en el poder! Nomás lo niegan para destantear. Este país nunca cambia”, reflexionó con melancolía.

Pero admitió que un PRI representaba una sigla más familiar en ese recinto que un FOX, Firme Organización de Xilofonistas... o Xilógrafos o Xilófogos o Xochipillis.

-Venga, venga –dijo el anciano de las mancuernotas.

Pero el anciano ya no tenía fuerzas para conducirlo; Cifuentes debió casi arrastrarlo por varios salones hasta un ventanal.

El Zócalo también estaba lleno. Y otra vez: ¡puros contingentes del PRI! CTM. CNC. CNOP. PRI. PRI. PRI.

En el siglo XXI, en la plena Era del Cambio, la del PAN y de FOX, todos los edificios estaban cubiertos por retratos monumentales ¡del presidente Luis Echeverría Álvarez!

LEA: como una sucinta, sumaria, perentoria, autoritaria promoción de la lectura. ¡LEA! Grandes letreros de “¡Arriba y adelante!”. Escuchó porras y matracas, bambas y zandungas. “¿A poco hubo un golpe de estado?”, se alarmó.

De pronto también se llenó el salón en el que se encontraba. La gente se arremolinaba, sudorosa. Un ímpetu, un frenesí priistas, cetemeros, ceneceros, cenoperos... Pensó que las elecciones del año 2000 habían sido un sueño, un engaño virtual de la televisión. El PRI nunca muere, no podía morir.

Sintió empellones, pisotones. Un senador gordísimo y apestoso a loción, a quien había visto muchas veces en la tele, le encajaba los codos en las costillas.

La turba lo fue empujando, casi asfixiado, a otras salas. Trató de regresar, de proteger al anciano, ya perdido, desvanecido, pulverizado entre la turba. Imposible.

La multitud se hacía más compacta. Miles de voces empezaron a rugir, a aplaudir y a gritar: “¡LEA, LEA, LEA! CTM. CNC. CNOP. PRI. PRI. PRI.”

Nadie gritaba: “¡FOX!”

Luego se hizo el silencio y se escuchó una voz autoritaria y cacofónica. Entonces Genaro T. Cifuentes supo que el presidente Echeverría había continuado su discurso. De esos discursos que nunca terminan.

Miró su gafete. 20 de julio de 1975. Supo que ese día tampoco iba a terminar nunca. Y ya perdido en el mar de palabras que expelían los altavoces, ni siquiera se preguntó de dónde diablos había salido ese traje tan pasado de moda que de pronto llevaba puesto; ni la corbata roja, ni los ridículos lentes de plástico, tan gruesos, con los que veía tan bien; ni esas mancuernotas brillantes, tan payas, que realmente daba vergüenza traerlas.

Sintió que se disolvía para siempre dentro del discurso interminable: “Es la hora en que los pueblos alzan su voz clamando justicia...”









LA LLORONA NÚMERO 9

                                                        “...de musa a musa...”

                                                        SALVADOR NOVO: Diálogos



Durante los años setenta del pasado siglo, el agónico cine mexicano, que llevaba tres lustros de crisis después de su “época de oro”, se vio exuberante de promesas. Durante dos sexenios las mayores autoridades cinematográficas fueron nada menos que hermanos de los presidentes de la república: Rodolfo Echeverría y Margarita López Portillo.

Se acusó al primero de promover un cine populista, gobiernista, tercermundista, casi soviético. Pero alcanzó a levantar en una de las esquinas de Calzada de Tlalpan y Río Churubusco, junto a los estudios cinematográficos (en los terrenos donde se construiría una década más tarde el Centro Nacional de las Artes), un moderno y lujoso edificio que durante unos seis años proclamó las promesas gubernamentales del Nuevo Cine Mexicano: la Cineteca Nacional.

Tenía salas, librería, cafetería-restorán, galería, oficinas, almacén.  Dependía de la Secretaría de Gobernación, pero ahí se mostraban precisamente las grandes películas internacionales cuya exhibición esa misma autoridad prohibía terminantemente en cualquier otra parte, por su contenido erótico o político.

Se trataba de un cine de excepción, concurrido por cineadictos de excepción, que con sólo desembarcar en su acera, entre el horrísono tráfico de Calzada de Tlalpan y Río Churubusco, se sentían un poco en Europa, en la Orilla Izquierda de la Cultura. Años de relumbrante esnobismo.

         Margarita López Portillo era la hermana queridísima del presidente, la única entre todos los mexicanos a quienes ese presidente jamás podía decirle un no. Y ella pedía mucho. Lo pedía todo. Nunca se le dijo no. Pero careció de la modestia de Hillary Clinton, quien se satisfizo con una mera senaduría; Margarita pidió todo el poder en radio, en televisión y cinematografía. La cuchara grande.

Dicen que lo primero que hizo fue visitar todas las oficinas y escandalizarse de lo mal decoradas que estaban; contrató de inmediato a su amiga, la cuentista Guadalupe Dueñas, para que comprara unos cuantos cientos de pinturas geniales a fin de dignificar sus muros. Lo segundo que hizo fue correr a tamborazos a la propia Guadalupe Dueñas, que porque andaba gastando millones en puras porquerías pictóricas. Que se regresara, pero ya, “al anonimato de sus cuentitos idiotas”. Eso dicen. Las escritoras suelen ser amigas terribles.

         “Doña Margarita”, como se le llamó durante todo el sexenio lópezportillista, era poeta y escritora. Se consideraba una gran autora ninguneada por la envidia y la imbecilidad de los mexicanos, especialmente por sus maestros, como Agustín Yáñez, quien nunca se convenció del todo –aunque parece que no le quedó más remedio que aceptarlo ante ella de viva voz- de que los poemas de Margarita López Portillo fueran mejores que los de sor Juana. “¡Y lo son!”, exclamaba la hermana presidencial: “¡Son más modernos!” Sus colegas Griselda Álvarez y Margarita Michelena la aplaudían a rabiar.

         Doña Margarita sufría de una obsesión algo necrofílica con respecto a sor Juana. Hizo remover los cimientos del Convento de San Jerónimo para encontrar unos huesos de monja. (Debe haber ahí varias generaciones de monjas enterradas durante tres siglos, en sudarios semejantes, confundidas las unas con las otras.) Se los llevó a su casa.

Ocurrieron muchos líos, que llegaron hasta al Senado de la República, con motivo de tales huesos indocumentados, pero “históricos” (todos los huesos son historia) y “auténticos en certeza espiritual”.

Los antropólogos no certificaron que tal esqueleto fuese el único y verdadero de sor Juana Inés de la Cruz, pero Doña Margarita, tan dada a las brujas y a los médiums, prescindió de la ciencia y les descubrió un aura sorjuanesca indiscutible. Ésa era su verdad; en consecuencia: la verdad y punto.

Ahí en su casa, junto a los huesos, conversaba con sor Juana. O se los llevaba a la oficina y los colgaba frente a su escritorio, en el perchero.

-¡Eh tú, Juana! ¿Qué te parecen estos pendejos?

         Octavio Paz, en la introducción a su célebre biografía de la poetisa, celebra el sorjuanismo de doña Margarita. Pero el poema más conocido de la hermana presidencial fue, años más tarde, una loa al Subcomandante Marcos, publicado en la revista Proceso en las primeras semanas de 1994: los rebeldes de Chiapas de alguna manera continuaban el sexenio de José López Portillo, tan combatido por su dilecto sucesor, el presidente Miguel de la Madrid.

Antes de esa oda al Nuevo Redentor de los Indios, al Nuevo Liberador de México, doña Margarita había escrito y llevado al cine (con Sonia Infante como protagonista) un emblema de la bravía mujer mexicana, Toña Machetes; y en el papel de semejante dictadora terrible la sufrían sus empavorecidos subalternos y empleados de la Dirección de Radio, Televisión y Cinematografía de la Secretaría de Gobernación. Eso cuando el gobierno tenía todo el poder sobre esos medios y todo el dinero del mundo para realizar sus caprichos.

         Pero México seguía siendo ingrato con doña Margarita. Por más que quisiera redimirlo todo, no encontraba sino puro imbécil a su alrededor.

-¡No se puede hacer nada con tanto pendejo, Juana! Encargo guiones, los pago a precio de oro, para producir buenas películas mexicanas, para poner en alto el nombre de mi México, para recuperar nuestra historia y nuestras tradiciones, ¡y me traen historias de puras putas antiguas! Que la Frida Kahlo, que la Tina Modotti, que la Nahui Olín, que la Benita...

Sólo autorizó una “película de putas antiguas”, sobre Antonieta Rivas Mercado, pues consideraba a esta mujer “la más cepilladita” de entre todas las “horizontales” de su calaña. Y para ello importó, a precio de oro, director y actriz extranjeros, famosísimos.

         De no vivir agobiada por el duro peso de su responsabilidad oficial, ella misma se habría puesto a escribir el guión, y hasta a filmar y a protagonizar personalmente esa película que reivindicara al país y devolviera la cinematografía nacional a aquella “época de oro” de la que no debió de haber salido. Pero carecía de un momento libre. Había un memorándum, cese o denuncia ante la Procuraduría General de la República que firmar o dictar a cada instante contra tantos pendejos como proliferaban en el país.

Convocó entonces, con toda la autoridad de su cargo y de su apellido, a diez barbones de El Colegio de México, de El Colegio Nacional, de la UNAM, de diversas universidades europeas y norteamericanas:

-Quiero ya, pero para ayer, un guión sobre la Llorona...

Acaso los huesos de sor Juana le habían susurrado tal inspiración:

-Doña Margarita, me atrevo a sugerirle a Su Merced una película sobre la Llorona...

-Ay Juana, tú y tus oscurantismos coloniales. ¿No puedes más que pensar en puros trebejos de la Colonia?  Mejor cállate.

-¡Pero ya se filmó hace muchos años, con María Elena Marqués, y fue un fracaso de taquilla! –se atrevió alguno de nosotros a objetar, con terror de verse transferido de inmediato a un calabozo de la policía judicial.

-¡Bah, olvídense de eso!: ¡la historia de México comienza ahora!, y se trata de la película sobre nuestra Llorona, no de babosadas...

-En efecto –anotó un adulador-, aquella película nada tenía que ver con nuestra Llorona tradicional: era simplemente una mujer de la Colonia, despechada por su amante, que hasta mata a sus hijos o algo así; y luego regresa en los años cincuenta del siglo XX a matar niñitos y a vocear su infortunio...

-Bueno –repuso un valiente mexicanista francés-, ésa en efecto es una de las ocho tradiciones de la Llorona, aunque adicionada con la matanza de sus propios hijos, digna más bien de Medea. Contamos con 1) La matrona que llora por sus hijos, asesinados o hundidos en la miseria; 2) La amante burlada y abandonada, cuyo seductor se había casado con otra, y que muerta por la tristeza o por propia mano, regresa en busca inútil de su gran amor a pesar de que corran los siglos; 3) La viuda estéril, que llora al difunto y su falta de hijos; 4) La esposa que había sido infiel, y volvía del infierno todas las noches a confesar su infamia; 5) La esposa fiel cruelmente asesinada a puñaladas por el marido celoso...

-De todas hagan una –repuso, impaciente y salomónica doña Margarita-, ¡pero ya, y que sea muy mexicana y que ponga en alto el nombre de mi México! ¡El sexenio se está acabando!

-Está la vertiente indígena –continuó el valiente americanista francés, muy protegido por su pasaporte extranjero y armado de un imponente fichero portátil, manual, pues todavía no aparecían las lap-top-: 6) La Malinche arrepentida, que lamenta los muertos provocados por su pretendida traición; 7) Alguna diosa indígena, que reunía y amplificaba el llanto de todas las madres aztecas, después de la caída de Tenochtitlan; y finalmente 8) Un extraño ángel o fantasma cristiano, ataviado como madre azteca, que se le apareció a Moctezuma poco antes de la llegada de los españoles para pronosticarle el fin de su imperio. Dice Sahagún del sexto pronóstico fatídico de Moctezuma: que “...de noche se oyeran voces muchas veces como de una mujer angustiada y con lloro decía: ‘¡Oh, hijos míos, que ya ha llegado vuestra destrucción!’ Y otras veces decía: ‘¡Oh hijos míos, ¿dónde os llevaré para que no os acabéis de perder!?’”

-No me venga con relumbrones de erudito, mesié. Quiero una gran película que ponga en alto el nombre de mi México, no sabihondeces de rata de biblioteca. Abomino de las ratas de biblioteca. Quiero para ya, para ayer, el guión de esa película. Hagan una sola historia, una buena historia, de todas esas tradiciones. Buenas tardes, señores. ¡Nos vemos pasado mañana con el guión listo para la preproducción!

Y se fue a platicar a su recámara con los huesos de sor Juana, que ahí tenía juntito, en su buró. O a su oficina, con la osamenta apilada sobre un archivero, a manera de una folklórica calaca de cartón, de las que se queman como un judas (la había sometido al rigor de la lavadora automática, con harto detergente, a fin de dejarla presentable y digna de acompañar a tan alta funcionaria).

Los huesos de sor Juana estaban algo resentidos con la insolencia y el ego desbordantes de doña Margarita. Ya no sólo les decía: “Mis poemas son mejores que los tuyos, monja; ¡son más modernos!” También les decía: “¡A los cuarenta y siete años estabas chimuela! ¡Moriste chimuela! ¡Te enterraron chimuela! ¡Tu cadáver demuestra que estabas chimuela! ¡Recitabas tus archigongorinos poemas frente a los virreyes, en el refectorio, con la bocota chimuela! ¿Siquiera tenías el pudor de cubrirte la dentadura averiada con un velo? Yo ya te llevo unos añitos, aquí entre nos, y mira mis dientes: ¡per-fec-tos!”

Flacos se veían los restos de sor Juana frente a la gruesa silueta de doña Margarita (gruesa pero compactada por una reciente liposucción en Europa). La cara blanqueada y repintada como artesanía japonesa, de esas turísticas caritas de porcelana de a tres por un dólar.

Y en esos coloquios andaba la terrible intelectual Margarita López Portillo con una humillada y bocabajeada sor-Juana-en-sus-huesos. De hecho, ya estaba terminando de ponerla “en su lugar” (“¡Esa crecida: se siente más clásica nomás porque es más vieja!”), cuando sonó el teléfono de la red presidencial. Todavía no existían los celulares. Y ahí sí que hubo un gritazo, un aullido, que ni la Llorona.

-¡Aaay pendeeeejos! ¡Hacerme esto a mí!

El país de pendejos había vuelto a traicionar a doña Margarita, ¡y de qué manera!

Marcó el número de su hermano presidente, de los secretarios de Gobernación, de Educación Pública, de la Defensa y de Relaciones Exteriores; del Procurador de la República y del director de Seguridad Nacional. A todos no supo ni pudo sino espetarles:

-¡Aaay pendeeeejos! ¡Hacerme esto a mí!

Había estallado el moderno, promisorio, esnob, excepcional, primermundista edificio de la Cineteca Nacional, con las salas rebosantes de público; valiosos objetos y obras de arte en exhibición, y todas sus bodegas repletas de las Grandes Películas de la Humanidad, incluyendo los negativos de muchas películas nacionales antiguas, prestigiosas, irrecuperables...

Atardecía. Se hizo trasladar entre patrullas y ambulancias ensordecedoras hasta el camellón de Río Churubusco, frente a la Cineteca. Se plantó con sus doscientos guaruras. Ahí estaba su Roma en llamas, a todo color, como en cinemascope. Todavía salía o sacaban en camillas gente semichamuscada, semiasfixiada. Se decía que los recintos estaban llenos de cadáveres.

Todo el rumbo se ensombrecía con un humo químico denso, irrespirable. La gente traía los ojos colorados como llagas. A cada momento atronaba un nuevo estallido de las Joyas Cinematográficas del acervo nacional.

-¡Se los dije! ¡Se los dije! “¡Tengan cuidado! ¡Tengan mucho cuidado con mi cine nacional!” ¡Aaay pendejos! ¡Hacerme esto a mí!

-¿A quién se lo dijo? –preguntó un audaz reportero de la tele.

-A Pepe, a Chucho, a Víctor, a Miguel, a Fernando, a Arturo, a Carlos, ¡a todos! ¡A todos! Les dije que siempre tuvieran mucho cuidado con mi cine nacional y que siempre pusieran en alto el nombre de mi México.

Pepe era el presidente; los otros, secretarios de estado o altos funcionarios del gobierno federal. Carlos y Arturo eran el regente y el jefe de la policía de la capital.

Más calmada, en las horas y días siguientes, doña Margarita amplió su requisitoria contra todos los funcionarios medianos, y hasta los empleados, almacenistas, barrenderos y espectadores de la Cineteca Nacional.

Supongo que los huesos de sor Juana se llevaron una buena zarandeadita, en la recámara o en la oficina, peor que aquélla de la lavadora automática (chaca-chaca), por no haberla prevenido (“¡Pinche Juana! ¿No que muy sabihonda?”) de lo que se sabía desde hacía años en todas las oficinas de la Dirección de Radio, Televisión y Cinematografía de la Secretaría de Gobernación, pero que los altos funcionarios preferían no tomar en serio: es decir, que la Cineteca Nacional carecía de instalaciones apropiadas para guardar tanto material sumamente inflamable como eran las películas y en especial las películas muy viejas. Que de hecho constituía una bomba inminente.

-Se lo dijimos a doña Margarita, le mandamos muchos informes; pero no quiso gastar dinero en vulgares instalaciones burocráticas, sino en grandes producciones que recobraran su identidad nacional y pusieran muy en alto el nombre de su México. Sólo nos respondió: ‘Nomás tengan cuidado, mucho cuidado, y pongan siempre en alto el nombre de mi México’; y ya. 

Doña Margarita se olvidó por completo del guión que nos había encargado. Se dedicó durante el resto del gobierno de su hermano en gritar: “¡Aaay pendejos! ¡Hacerme esto a mí!” por todas partes; a gentes y a huesos, a funcionarios y a empleados; al pueblo y a los astros. 

Le guardó mucho rencor a sor Juana. Hacerle eso a ella, a doña Margarita, quien había sacado a sor Juana del anonimato absoluto al estampar su efigie en billetes y monedas de curso legal. Sor Juana, con todo y huesos, también la había decepcionado.

¿Qué le costaba haberle avisado, a través de un médium, o de sus propios huesos: “Doña Margarita, advierto a Su Merced que el mes que entra se va a quemar la Cineteca Nacional”?

-¡Habría podido tomar yo las medidas oportunas! Pero esa Juana amargada y envidiosa se quedó callada, nomás para fastidiarme...

Su grito se hizo tan famoso que el valiente mexicanista francés no consideró del todo inútil su viaje a México: añadió un dato a su fichero, aunque ni a él ni al resto del “equipo de la Llorona” se nos pagaron gastos ni honorarios.

Después de llamar en vano por teléfono innumerables veces a la oficina de doña Margarita, escribió una protesta dirigida a su embajador y se regresó a Francia. Nos dijo cuando fuimos a despedirlo al aeropuerto:

-Ya tienen otra Llorona. La Llorona número 9. Sólo que ésta no aullará de noche en el centro de la Ciudad, por las inmediaciones del Zócalo, como las otras ocho; sino por todo Churubusco y por toda la Calzada de Tlalpan, como estampida de sirenas de patrullas y ambulancias: “¡Aaaay pendeeeejos! ¿Hacerme esto a mí?”

Tuvo razón. Todos quienes vivimos esa tarde de 1982 en que ardió la Cineteca, recordamos a la Llorona Número 9 siempre que pasamos por la esquina de Calzada de Tlalpan y Río Churubusco. Ésta es una nueva tradición o leyenda de las calles de México. De modo que doña Margarita ya compartirá créditos con su menospreciada sor Juana en algún resumen de la cultura mexicana.

Aunque tal vez su “Oda al Subcomandante Marcos” aparezca pronto como poema declamable en los libros de texto gratuito. Y entonces sí, ¡sufre, sor Juana! Habrá una poetisa más famosa.







LA LETRA INCÓMODA



Los únicos asistentes al congreso de la lengua española en Zacatecas en 1996 que de veras sabían lo que estaban haciendo eran el rey de España y Gabriel García Márquez. El primero asumía, de la manera más amable posible, el liderazgo oficial de la corte española en los asuntos del castellano; el segundo, también de la manera más amable, lo saboteaba. Pidió la abolición de la letra hache.

         Desde principios del siglo XVIII, el afán reglamentador y represor del Siglo de las Luces, inventó academias oficiales del buen gusto, de las artes, de las ciencias y de la lengua, para impedir que todas esas disciplinas y actividades siguieran desarrollándose por su cuenta.

         En lo que a la academia de la lengua corresponde, más allá de las pompas de jabón de “limpiar, pulir y dar esplendor” al idioma, hubo un interés político urgente, propio de la mentalidad intransigentemente centralista de sus reyes borbónicos. 

Ocurría que en el Imperio Español —que por cierto parecía a punto de caer a pedazos ante los embates de Inglaterra y Francia—, lo que menos se hablaba era el castellano; había otras diez lenguas en la propia península (del catalán, el vascuense y el gallego, a la “parla” de los gitanos); figuraban o habían figurado en sus dominios el italiano —”los” italianos— y el holandés; quedaban recuerdos del hebreo y del árabe; y buena parte de su jurisprudencia, aun civil, seguía estando en latín.

La élite culta y la burocracia preferían ya el francés. En el babélico imperio del rey de España lo que menos se hablaba era el castellano.

         Por lo demás, hasta entonces los reyes de la dinastía Habsburgo (que acabó en España en 1700), no se habían preocupado de la ahora urgentísima “unidad nacional” o imperial.  Permitían las lenguas regionales, en lo que recientemente se llaman “autonomías”; y ese uso de lenguas diversas propiciaba, ante los ojos de los políticos, intenciones independentistas, que ya más de alguna vez se habían expresado violentamente.

Conservar las lenguas vernáculas de las provincias españolas, dentro de la propia península, significaba alentar la desunión o “invertebración” de España como imperio, y como nación. Franco llevó esta actitud al paroxismo, al prohibir el uso público de todo idioma español en España que no fuera el castellano ultracorrectísimo (hasta en el doblaje de las películas).

         Pero no sólo era problema político la supervivencia del vascuense, del catalán o del gallego; también lo era la práctica del castellano modificado por las regiones. El español tal como lo hablaban corrientemente los andaluces, parecía un nuevo idioma en germen —¿una nueva nación en germen?

         En América el asunto era mucho más complicado. Más de 150 lenguas indígenas. El mestizaje amenazaba con producir dialectos varios, por la total dispersión de las aldeas y ciudades, y por la ausencia de un castellano culto que fijara la norma. Los clérigos seguían recurriendo al latín con mucha frecuencia y nuestro “castallano culto” había llegado en bocas incultas de soldados, encomenderos y pobladores del bajo pueblo, que hablaban con arcaísmos e idiotismos propios del castellano oral de sus lugares de origen. (Muchas veces se prohibió, o dificultó, la inmigración en América de españoles no castellanos, o al menos no castellanizados.)

         Los reyes borbónicos quisieron unificar el idioma como parte de su política de fortalecer el imperio. Pero se tardaron mucho. Sólo hasta fines del siglo XVIII y principios del XIX, sus funcionarios y académicos empezaron a expedir cédulas y recomendaciones lingüísticas, que por lo general no eran atendidas.

Su reglamentación de la ortografía, por ejemplo, cayó mal en México; no les gustó a los mexicanos de entonces que el sonido “j” sólo pudiese escribirse como j ó g, y siguieron con su anacrónica y patriótica x. ¡Que le cambien a uno el nombre después de 300 años! ¡Sólo eso nos faltaba: siguió México, nada de Méjico ni de Mégico!

Así ocurrió con el “voseo” centro y sudamericano. Y con infinidad de palabras, ya perfectamente castellanas pero consideradas arcaicas en Madrid, ya mestizas, o simplemente de nuevo cuño local americano.

         El franquismo volvió a las andadas, con su sueño loco de restauración —ahora meramente católica y académica— del imperio español, y se nos dio la lata con “la pureza del idioma”, a la que muchos clérigos, burócratas y académicos hispanoamericanos atendieron. 

Pero no los escritores, ni los periodistas, ni los maestros de escuela, ni la gente común. Borges y Alfonso Reyes declararon que muy bien se podía convivir con la norma culta de un castellano digamos internacional, que entienden a la vez el gallego, el cubano, el tamaulipeco y el rioplatense, y las sabrosas hablas locales. Total, ¿qué le cuesta a un mexicano aprenderse veinte o cien localismos argentinos, y viceversa? ¡Nos aprendemos todos los días docenas de nombres raros de marcas comerciales!

         Hace cuarenta años, en la época dizque imperial de Franco, el enemigo era el inglés, que nos estaba robando el idioma mediante la técnica, las canciones, los productos comerciales y el cine: el “spaninglish”. Ahora, humildes, hemos aceptado nuestra subordinación al Webster’s Dictionary. Pero los gringos, los japoneses y los alemanes se arrancan los pelos ante nuestras diferencias principalmente lexicológicas y ortográficas de veintitantos países.

Necesitan un solo español oficial en el cual producir para nuestro mercado sus diversos softwares, la propaganda y las instrucciones de sus aparatos, y otros instrumentos en “castellano internacional”.

         Indudablemente, les tocará el honor de establecerlo a los Institutos Cervantes y a la Academia Española, ambas instituciones del rey. Harán mil congresos y manuales al respecto. A García Márquez, como a todos los hablantes vivos, sin contratos con Apple, Microsoft ni Macintosh, nos tocará reírnos y llevarles la contraria.

Pero sólo por reírnos, amablemente, como García Márquez. Ni modo que de veras quisiéramos suprimir la h: ¿cómo escribiríamos Chihuahua?







NADA COMO LA TELE                   



El abuelo recuerda las épocas heroicas en que los hogares decentes luchaban contra la televisión, la caja idiota.

Corrían los años cincuenta.  La caja era efectivamente muy idiota y muy caja: un aparato estorboso, carísimo, lleno de bulbos, que se vendía de preferencia integrada a un mueble que contenía, además, un tornamesa, un radio, las bocinas, y espacio para coleccionar discos.

Ese mueble se llamaba consola, y tenía puertas con cerradura para impedir que los niños vieran a deshoras la televisión.  Por entonces, sólo una o dos horas diarias eran propias para niños entre semana, especialmente de caricaturas o de concursos infantiles; subían a tres horas en los fines de semana, y fue la época en que todos los niños de México traicionaron a Cri-Cri, el ídolo de la radio infantil, con Cachirulo, el ídolo de la tele y su "Teatro Fantástico", los domingos, a las 7.30 de la noche.

Entonces el abuelo era un niño y encontraba en la televisión un juguete precioso.  Sus papás no estaban de acuerdo: era un aparato tenebroso, blanco y negro, con imágenes medio fantasmales. Era incomparable para ver a control remoto, en vivo, los toros y los partidos de futbol (alguna vez, incluso se televisaron los de beisbol), pero lo demás, ¡qué idiotez! 

¿Cómo se iba a comparar el cine a todo color, en pantallas gigantescas, con películas de superproducción que llegaban a durar hasta tres horas (intermedio incluido), en salas lujosas a las que se asistía bien vestido, con esos teleteatros en estudio, esos sketches bobos semihumorísticos? ¡Y lo peor: las telenovelas!

         Las telenovelas fueron el pecado más vulgar de los principios de la televisión en México, lo más idiota de la caja idiota.  Podían pasar los cantantes folklóricos (durante la primera década de la televisión mexicana, todo era folklórico: puros mariachis y boleros, la época de "Noches tapatías" y "El estudio de Pedro Vargas"); podían pasar -pero nunca para niños- las series de vaqueros ("Bonanza") o de policías ("Perry Mason, El Fugitivo, La cuerda floja, Ruta 66, 77 Sunset Street"); y hasta los programas de concursos filantrópicos ("Reina por un día" para la mexicana más desgraciada de la semana, elegida mediante un "aplausómetro" a falta de algún medidor de las lágrimas vertidas por el auditorio), o de concursos de azar y memorización ("Hitazo Royal, El gran premio de los 64 mil pesos"); podían pasar muchas cosas idiotas para adormecer un poco a los cansados cónyuges que querían llegar a sus camas ya roncando, gracias a la tele, pero jamás los teleteatros y las telenovelas.

En un principio las "comedias" (así se les llamaba, genéricamente) eran grabadas en vivo, en uno o dos sets que casi siempre eran un sillón y un vestíbulo, y casi todas trataban -como hasta la fecha- del señor que tenía una amante, o de la chica pobre que se lograba casar con el patrón. Las familias que disfrutaban de tele propia -a diferencia de las que se colaban, previa cuota, a ver la tele del vecino- eran de clase media acomodada, que por esos años significaba clase media mocha, pudibunda, con pretensiones de Buena Educación. 

Ahora bien, los personajes y las estrellas de la tele no eran gente decente: fumaban, tomaban, usaban ropa levemente más escotada y apretada de lo correcto, e invariablemente pecaban todo el tiempo -de pensamiento y de palabra, aunque rara vez de obra- contra el sexto y otros mandamientos. 

Eran "sensuales", tenían historias "íntimas", rezaban pocas veces, y se entregaban a pasiones y sentimientos "mundanos". Durante una o dos décadas la tele era cosa de sirvientas, divorciadas y solteronas.

Por desgracia, reconoce el abuelo, las quejas y prevenciones de la clase media mexicana contra la tele, que llenaban púlpitos, revistas, periódicos, aulas y conversaciones hogareñas, se veían contradichas por las estadísticas. Las ventas de las teles crecían y crecían, y pronto todo hogar plebe tenía su tele, hasta en las ciudades perdidas cundían los jacales, sin baño ni agua corriente pero con sendas antenotas de televisión. 

La tele fue un pésimo argumento contra le democracia: como todo mundo tenía una, las clases populares eran mayoría entre el público televidente, e imponían sus vulgaridades y marranadas como Viruta y Capulina, Clavillazo y demás visiones. Nos igualábamos por abajo, no alcanzando los ideales educativos, sino el común denominador de la plebe homegeneizada en auditorio y rating. 

-Por más que quisiera usted educar a su niña en el Colegio del Sagrado Corazón, nomás veía un ratito la tele y haga usted que había convivido años con puras hijas de sirvientas, ¡qué lenguaje!, ¡qué modales!, ¡qué costumbres! (la tele puso a todo mundo a mascar Chiclets Adams, el patrocinador de Viruta y Capulina) y ¡qué modas! (la tele puso de moda los pantalones ajustados y la minifalda) -se quejaba la abuela del abuelo.

La clase media pretenciosa recurrió entonces a la Alta Cultura.  Quiso apuntalar a la Iglesia, al Buen Libro (puras "Selecciones del Reader's Digest"), a la Buena Música (igualmente puras "Selecciones del Reader's Digest"), a... Nada, la televisión seguía ganando.  A finales de los años cincuenta, la televisión en blanco y negro ya no era precisamente un cajón de fantasmas, sino de figuras bastante nítidas y seductoras, aunque siguiera siendo idiota (tenía incluso ídolos sexuales, como Emily Cranz y la joven Irma Serrano, ésta de china poblana con una falda super-mini).

Luego vino la moda juvenil, el rock-and-roll (los años fresa de Enrique Guzmán, Angélica María, César Costa, de "Orfeón a Go Go" y "Sábados con Musart" --marcas de discos juveniles), y los chavos se pegaron como lapas a la tele.

El abuelo recuerda cómo fue regañado.  Sus calificaciones escolares eran deficientes, en primaria, por ver tanto "El tío Herminio", "Los juguerotes de Gamboín" y "Club Quintito"; y en secundaria, por tanto rock-and-roll, tantas series yanquis de policía y tanta "Operación Ja-já" con el Loco Valdés.  Así no se llegaba a profesionista. 

Y todo lo que querían las buenas familias, en aquellos años de tanta pretensión educativa, era que cada niño de clase media terminara de universitario.

Las teles dejaron de tener bulbos, de estar incorporadas a los muebles enormes de las consolas; apareció la televisión portátil y, en plena Olimpiada de 1968, la televisión a color. A la pregunta terrible de "¿Sabe usted dónde están sus hijos?", los padres ya no pudieron contestar, como en épocas anteriores: en el billar, en la cantina, en la casa de citas, sino: "En su recámara, viendo tele".  Grandulones de 1.80 m seguían viendo caricaturas, porque el viejo estilo Walt Disney había sido superado por series japonesas de grandes efectos, ya muy próximas al nintendo.

La modernización de la tele fue acelerada, incontenible: efectos, efectos, efectos supersónicos.  Todo eran efectos. Los maridos y padres de familia se aficionaron incluso a las telenovelas, pero aun los que se resistieron a ellas, sufrieron otra adicción: los comerciales. 

Todo el talento de la televisión estaba en los comerciales.  Un buen comercial tiene más talento, inversión y despliegue tecnológico que una telenovela, especialmente los de Coca Cola, Pepsicola y de las diferentes marcas de automóviles.

El abuelo creció, se hizo chamacón y tuvo tele en su cuarto; siguió creciendo, se convirtió en marido y lo primero que compró para su nueva casa, antes que la cama, fue lo que más se hace en ésta, que es ver tele. Sus hijos dejaron de molestarlo varias horas al día, hipnotizados por la tele. Y entonces, a mediados de los años ochenta, ocurrió lo peor: los videos musicales: de éstos nadie jamás se despega nunca, a ninguna edad, por razón ninguna. MTV.

Un buen video musical -sin trama, sin mensaje, puros efectos de delirio óptico-musical- supera no sólo a todas las telenovelas y a todos los programas policíacos, sino incluso a todos los comerciales. Triunfaron los videos de Madonna y de Michael Jackson, que introdujeron en la cultura infantil el sobamiento a la bragueta y al brasier como esencial parte "Video Hit" de la música juvenil.

En la época del sexo seguro, no hay como la tele para el placer solitario.

No se atreve el abuelo a regañar a sus hijos y nietos por tanta esclavitud a la caja idiota. Los acompaña en su destino. A final de cuentas, supone a veces, deprimido, víctima todavía de algún resentimiento culturalista, lo idiota no es la televisión, sino los televidentes. 

Maldecir a la televisión es como maldecir a un público del que -hoy en día- ningún ser humano puede considerarse excluido.    







ANILLO DE CIRCUNVALACIÓN

                                               (Escrito con Jorge Olvera Ramos)



Anillo de Circunvalación ni rodea ni “circunvala” nada, pese a sus fallidas presunciones urbanísticas que sólo quedaron en su nombre. Es sólo una tajada en el estómago de La Merced, entre La Viga y Vidal Alcocer.

         Pese a sus prestigios indígenas y coloniales, La Merced fue una de las primeras anti-ciudades o anti-barrios que inventó la modernidad liberal de La Reforma. Había que sacar los mercados del centro: poner en la periferia el estómago, los genitales, los excrementos, las necesidades y actos más primarios y cotidianos de la sociedad, para que la parte prestigiosa de la ciudad se llenara de puras oficinas públicas y empresariales, como antes estuvo abigarrada de iglesias y conventos. Una periférica ciudad-tianguis.

         Aunque en lo que ahora conocemos como Zócalo (y en todas las plazas y los atrios viejos) siempre hubo sobre todo eso, puro tianguis: puestos fijos y semifijos, limosneros y transas, prostitución y baratillo, pudrideros y pirámides de frutas, carnes y verduras, ocurrió que en el ilustrado siglo XVIII los Borbones quisieron su Ciudad de los Palacios, con plazas meramente ornamentales. Prohibido el tianguis. Prohibida la entrada de los descalzos a la Plaza Mayor. Los tianguis y la pobreza a las afueras. Siempre se quedan en el centro, preponderantes pero odiados y perseguidos, con un protagonismo denso y casi vergonzante.

         Eso era un contrasentido, protestaban los mexicanos de entonces: ¡Los mercados deben estar a la mano y a la vista, no escondidos y lejos! ¡Tener que caminar con la canasta del mandado tantas cuadras de más, sólo para que los rumbos prestigiosos de la ciudad queden vacíos y dizque bonitos! Y llenos de espantosas estatuas de próceres dudosos. Bueno: ni bonita urbe de maqueta ni mercados dignos, sino ruinas y revoltijo caótico de ambos.

         Nunca se ha podido despojar ni al centro, ni a las calles pretendidamente lujosas del centro, de su vocación original de tianguis. (Por el contrario: la ciudad-tianguis avanza en las zonas residenciales y suburbanas: todo será Anillo de Circunvalación algún día: ya lo está siendo.)

No sólo perdura el mercado en sí —ni las extensiones por especialidades: dulces, flores, fondas—, sino la vocación total de mercado: las casonas y hasta los departamentos convertidos en bodegas y expendios al mayoreo; sanitarios (desde 50 centavos hasta 2.50 pesos a fines del siglo XX), baños públicos; las calles de pura carga y descarga, desbordantes de desechos despanzurrados, a cuya vera cunde una de las prostituciones patibularias más baratas del mundo, bien acompañada de ratas y moscas; las ruinosas iglesias que algo tienen también de puesto patibulario. Los indigentes, prostitutas, teporochos o tamemes pedísimos más menesterosos, llenos de costras y de tics entre salvajes y lastimeros, armonizan en lo raigal y lo rancio con la orden que apunta (y dispara) sobre el portón de la Parroquia de la Soledad de la Santa Cruz: “Nadie pase este portal/ sin que afirme con su vida/ que María fue concebida/ sin pecado original”.  Esto, claro,  a unos pasos de “El Maleficio. Artículos para Brujerías” y de la “Central de Artículos para Limpias”. Tiangueros de ánimas.

         La capital de México nunca ha sido la de sus virtuales palacios y bulevares. Nadie dijo jamás la frase: Ciudad de los Palacios.  Siempre se ha dicho, se dice: ciudad del puro tianguis, del harto puesto; el concepto del mercado como cuerno de la abundancia anudado al del puestero o marchante como estampa de desnutrición, mugre y casi mendicidad.

Gran avenida de La Merced, el Anillo de Circunvalación ostenta sus satélites: Roldán, Mesones, Regina, Jesús María, Carretones, Soledad, Santísima, Manzanares, Mixcalco, Tomatlán...          

         Los alteros de dulces de piñón, sin envoltura alguna, lucen en mesas que hunden las patas en lodos de desagüe.

La navidad artificial con exuberantes arbolitos de plástico humilla a las jardineras áridas de la avenida, jubilosas de botellas rotas, semitrapos, latas y excrementos, entre alambradas y rejas.

Hay algo de cárcel en esta avenida.  Los indigentes marcan su espacio, con cuatro o cinco perros sarnosos que en nada incomodan al abundante flujo de apresurados y malhumorados compradores, siempre creyentes en el milagro de encontrar un mejor precio en la tienda o el puesto siguiente.

         No se arredra ante la crisis Anillo de Circunvalación, bien curado de espantos. Vende sus lencerías mezcladas con suspensorios e implementos para las hernias; sus artículos religiosos con todo y niños dios (“Hay Hostias”); sus antigüedades de tlapalería, que claro que se siguen usando, al lado de grabadoras portátiles.

Hay colchas “imperiales” para que las mirreinas se sientan de veras con colcha de reina —ésas son más que colchas y se denominan “gobelinos”, acota el erudito—, o con estampados de los Picapiedra y Pocahontas, para que no desentonen con los programas de la tele (si la tele no refleja la realidad, la dócil realidad se aplica a amoldarse, a imitar a la tele).

Hay “Consultas naturistas por computadora”, infrahoteles, superfragancias... y los paradisíacos amontonaderos de cubetas de plástico, mandiles, ollas, platos y cacerolas.







Chapultepec y las criadas



Las cifras, las tercas cifras insisten: ni la inseguridad, ni las turbas de mendigos y vendedores de cualquier cosa, ni la contaminación, ni las ruinas llenas de basura y polvo en que se han convertido sus antiguas zonas famosas, afectan el turismo provinciano en la Ciudad de México.

         Esto seguramente no habla bien de los malls y de otros sistemas comerciales modernos, internet incluso, de provincia. Todavía, a estas alturas, venir a comprar botones a Correo Mayor; pelucas naturales sin peinar a República de Chile; santos con su marco o su capelo a Donceles, Tacuba o Guatemala; arras con cofrecito en plenos portales del Zócalo.

         Y tampoco habla bien de las disposiciones conservadoras de muchos ayuntamientos y estados, que prohíben o restringen sus garibaldis y table dances locales, ni de los empresarios del vicio en provincia, quienes al parecer siguen ofreciendo mariachis y bailarinas aún más astrosos y lamentables que los capitalinos.

         ¿Pero de veras sigue en pie el antiguo catálogo capitalino de La Villa, la Diana, Chapultepec y los restoranes del centro?

         Con la Villa ni modo: está difícil (pero no imposible, cuestión de algún milagrito) trasladarla a Perisur o a Santa Fe. ¡Pero qué Villa! Cada semana las autoridades arzobispales exigen en vano que diversos contingentes policiacos (ese día no llamados guaruras, sino querubines), “expulsen a los mercaderes” del atrio y los alrededores de la Villa, porque ya se expende en el sacrosanto Tepeyac más droga, putería, fayuca, pornografía y enseres piratas que en el mismísimo Tepito.

         Chapultepec anda peor, pero ni Coatlicue, ni Carlota en su castillo, ni los leones y los ositos panda han logrado (todavía) un operativo policiaco como el que ayer casi celebraron con tédeum el arzobispo y los obispos en la Villa.

Aunque ya lleva en un relativo estado de sitio unos quince años, cuando se cerraron —se tapiaron, más bien— los grandes accesos al bosque; se limitó a la burocracia local el tránsito en automóvil (identificación previa y una buena gritoneada con los agentes); se condicionó la entrada de caminantes a una manoseadora inspección de sus bolsas, canastas y morrales (para impedir que se introdujeran vendedores ambulantes “tipo hormiga”, que transportaran su mercancía en numerosos viajes de canasta de picnic); se desolaron varias zonas del bosque, para protegerlas del depredador-visitante, con alambradas como de campo de concentración (por ejemplo, en los alrededores de “la escalera de Carlota”, por donde durante unos veintincinco años subí a mi trabajo en la Dirección de Estudios Históricos del INAH, hasta que en el 2000 nos cambiaron a la hermana república de Tlalpan); se combatió a los varios millones de ratas, bien cebadas con las sobras de los paseantes, con algunos miles de trampas que sólo cazaron y maltrataron a las simpáticas ardillas; se transformó el invernadero en Parque de la Tercera Edad y, finalmente, el zoológico se convirtió en una especie de soso, pedante y restringido museo ecológico.

         Pero sigue habiendo, pese a todo, calzadas y andadores en el bosque, y unos cuantos llanos ocupados, especialmente los domingos, por pura criada.

No tanto los albañiles y los vagos, que se ven como perdidos entre el mujerío, y escapan rapidito; sino hartas sirvientas olorosas a baño dominical y a faldas y listones nuevos.

No se ha dado la atención necesaria a esta expropiación del bosque por las sirvientas, ni al asombro de los turistas provincianos que vienen en pos de la bucólica Calzada de los Poetas y de los manantiales Baños de Nezahuacóyotl y Moctezuma y se encuentran con un inesperado tumulto de criadas.

         ¿Pero adónde han de ir las sirvientas capitalinas los domingos, antes de las cinematográficas funciones vespertinas de los sucesores de Sylvester Stallone? Haga usted cuentas: 17 millones de habitantes, de los cuales una cuarta parte —digamos cuatro millones de personas, en un millón de hogares—puede pagarse “servidora doméstica” o “ministra plenipotenciaria” .

Tenemos pues un millón de criadas libres los domingos. Su único día franco y sin más destino que Chapultepec.

         Todas, sin faltar alguna, van a dar ahí. Porque está bonito, ofrece árboles y prados para que alboroten los críos, gritonean los vendedores de tres tacos de canasta por un diez pesos y sobre todo hay ¡muchas criadas! (precios de finales del siglo XX).

El atractivo moderno de Chapultepec para las criadas es su propia abundancia de criadas.

Se trata de un verdadero mítin-verbena feminista de escoba-servidoras.

Y no se andan con la culturita. Pasan de largo, desdeñosas, frente al reiterativo esnobismo de los museos, que llevan décadas con su misma historia patria, su misma arqueología y sus mismos vanguardismos de “arte moderno”.

         Procuran llegar (metro, peseros) en grupos de tres, seis, hasta ocho muchachas.

Todas a risa y risa, a grito y grito, y cada cual con sus mejores atavíos y su casetera individual a todo volumen (con canciones de Thalía, Gloria Trevi, Luismi, Los Temerarios o Los Tigres del Norte), en un desfile vigoroso e interminable.

Y van y vienen por las calzadas y andadores como si estuvieran en las plazas de sus pueblos.

Las reinas del bosque (por un día). Encuentran tranquilidad y gusto en ese único espacio urbano a su medida (aunque, desde luego, lo han desbordado).

Una especie de multiplicado Estadio Azteca en el que todo es cancha y graderías: Chapultepec para las muchachas. Sólo falta, en el islote del lago, un monumento a La Criada Bien Criada, a María Isabel o a la India María.

Bien mirado, el bosque nunca tuvo mejor ni más servicial oficio. Aunque escandalice al turista provinciano que busca el guardarropa de Carlota y jardines solitarios, y cohíba a las familias que osan penetrar a tan abundante santuario de puras madres solteras (y de aspirantes a serlo).

         Los galanes callejeros (expulsados del gineceo multitudinario) se esperan a que avance el día, y los batallones de sirvientas se dispersen en menos amenazadores grupos, para intentar los chiflidos, los guiños, los saludos.

Se esperan también a que las muchachas le bajen el volumen a sus caseteras. ¿Qué Don Juan compite con Bronco?

         Se apostan pues en las afueras y en las cercanías del bosque, en las esquinas, en las paradas de peseros o en las puertas del metro, adonde después de su matutino esparcimiento, y ya deshilvanados en parejas o en abordables grupos de tres sus compactos y demográficos regimientos, algunas muchachas llegan, y discuten con el recobrado sexo opuesto el uso cinematográfico de las últimas horas de la tarde.







El ocaso de las taquimecas



La revolución de las computadoras no ha exterminado a las secretarias. Sobreviven, como funcionarias, en los niveles ejecutivos, o como recepcionistas en las antesalas. Pero sólo ahí. En todos los demás puestos se han vuelto pardamente capturistas.

Capturan cosas en sabios programas de computadora que les corrigen la ortografía, les alivian con ciertos machotes la lata de empezar otra y otra vez, con gomita o borrador líquido, y hartas hojas de papel carbón, las mismas cartas y facturas de siempre. La tribu de los capturistas ya no es dominio femenino. Asistimos pues a la extinción de las taquimecas.

         Las taquimecas aparecieron como producto de la máquina de escribir y los métodos de taquigrafía. Antes de ellos, los políticos y las empresas tenían secretarios varones. ¿Manos femeninas tomaron dictado y transcribieron en máquina la renuncia de don Porfirio?

Las academias callejeras de taquigrafía y mecanografía anunciaron, a partir de los años veinte, pero sobre todo a mediados de siglo, cursos rapidísimos, hasta de seis semanas, para lograr tal ascenso de la escoba y la cocina a la oficina misma del patrón.

Ahora, en las mismas calles del centro, se establecen escuelas de computación, para que los chamacos que mal que bien terminaron la primaria alcancen de pronto las nubes a través de un teclado y un monitor.

         A mediados de siglo las taquimecas libraron y ganaron varias batallas: las medias transparentes, nylon, y ya no esos altos calcetines de las medias de hilo; las pelucas complicadas, que les permitían llevar diariamente un peinado de artista de cine sin gastarse toda su quincena en el salón de belleza; el abuso intrépido del maquillaje, antes reservado a coristas y rameras; los vestidos de moda, a veces sin mangas o con mangas vaporosas; los escotados, las faldas bien ceñidas en la grupa, y finalmente las minifaldas.

         Ningún personaje femenino destacaba en la mitología popular más que las secres o taquimecas (ellas preferían que se las denominara secres; la invención madrileña del término taquimecas tenía un regusto a aztecas, tepanecas y chichimecas que contradecía su plena modernidad).

Sus sueldos nunca fueron altos (salvo los de las ejecutivas, las casi funcionarias), pero debían vestir y vivir como todo lo contrario. Vinieron en su ayuda las fibras sintéticas, los vestidos lustrosos que parecían de estrella de cine y estaban de oferta en El Descontón.

Ésa era otra característica de las taquimecas: sin quererlo, andaban uniformadas.

         Si uno se paraba a verlas llegar o salir de sus oficinas, distinguía los seis modelos de vestidos, pelucas y zapatos de la temporada.

Su calvario estaba en las uñas. Se les estropeaban al teclear. Tanto tiempo dedicado a nacarearlas y a secarlas, para que zas, un grito, y a pegarlas de plano con resistol, como si fuesen de plástico, o a ocultarlas con un curita.

El curita en las uñas y las manchas de pintura de uñas en las medias, para detener las corridas de los hilos, eran señal de que Sylvia o Fanny no era la perfecta taquimeca.

         En las novelas o historietas de monitos, en la radio, en el cine, y luego en la televisión, las taquimecas establecieron su poderío en los años sesenta.

Pasaron de moda las prostitutas, las adelitas, las cabareteras. Era el tiempo de las secres en busca de matrimonio o similares con el patrón.

Hubo el día de la secretaria, hubo canciones a la secretaria: ¿quién era verdaderamente la secretaria y quién de veras el patrón en un video famoso, Daniela Romo o Miguel Bosé?

         Había las sufridas taquimecas que, sin delatar sus amores y codicias ocultas, tomaban dictado y transcribían cartas a otras mujeres; que cumplían órdenes y encargaban por teléfono regalos y arreglos florales para otras damas, probablemente también taquimecas, pero de otra oficina.

A los patrones les gustaba más reventarse con las secres de los otros, y tratar con disciplina y frialdad a las propias.

         Ah, toda una vida frente a la máquina, el block de taquigrafía, el teléfono, los adornitos infantiles de algún perrito o patito de porcelana, el escuálido florero con una sola flor comprada por ella misma, y luego -perdida ya toda esperanza-, ocupado durante lustros por una flor artificial.

         Eran sensibles las taquimecas y ponían el radio, en estaciones románticas, cuando no estaba el patrón. Lloraban ante los éxitos y fracasos de las taquimecas de las novelas.

¡Era tan difícil llegar a taquimeca, y se dejaba de serlo con tanta facilidad!

Alguna intriga de una rival, el desapego del patrón que quería otra cara u otras piernas (las taquimecas Nagas Akí), un embarazo, la edad...

Como las bailarinas y los boxeadores, tenían un oficio de juventud, y debían ocupar sus horas de trabajo en alcanzar marido antes de los treinta y tantos años.

         Por lo demás, eran terribles las taquimecas. Como las enfermeras y las coristas, eran mujeres que “ya sabían”, que fumaban.

Los primeros bolsos modernos que llevaban anticonceptivos fueron los de las taquimecas.

Se iban en pandilla a Oaxtepec o a Acapulco, a la caza del junior ingenuo, que siempre debía parecerse a Joaquín Cordero, Julio Alemán o Mauricio Garcés.

Pretendían caminar con el peso y el temblor de Fanny Cano.

         Pronto la “carrera secretarial” entró en decadencia. Empezaron a salir graduadas en profesiones universitarias muchas chicas guapas, que sí amarraban a los galanes, y hasta se erigían en patronas de oficina.

¡Qué pérdida de ilusiones y de tiempo ser taquimeca de una doctora, de una abogada! ¡Qué gineceo, qué monasterio!

         El golpe de muerte fueron las computadoras, hacia los años ochenta del siglo XX. Se usó personal mixto. Hubo menos oportunidades para el desfile con la minifalda frente al jefe, el cruzar y descruzar la pierna.

Adiós a las pelucas platinadas, a las pestañas enormes, a los collares estrepitosos.

Las capturistas llegan a su oficina vestidas de la manera más natural, y más pragmáticas, suelen poner más su corazón en los colegas varones que en el jefe-galán de los sueños secretariales.







EL CLUB DE LOS CUIDACOCHES



El oficio de cuidacoches es antiguo, pero en los últimos años se ha vuelto abrumador, frente a restoranes, supermercados, cines, edificios de oficinas, condominios.

El cuidacoches recibe el vehículo y hace el milagro de estacionarlo donde ya no cabe y donde está prohibido; lo cuida de agentes de tránsito, rateros y vándalos, y lo lava y hasta lo aceita.

Oficio por lo demás alburero: “¿Se lo lavo? ¿Se lo aceito? ¿Se lo meto? ¿Se lo saco?” 

         Tiene sus clases sociales: la elegante, de los valets; la oficial, en los estacionamientos formales, y la callejera. En todas ellas se trata de un oficio equidistante de la mendicidad y de la venta de protección.

Algo tuvo y conserva del mendigo; luego, gracias a las influencias del cuidacoches con las patrullas, la gente apresurada y/o arbitraria pudo dejar sus automóviles en triple fila, sobre las banquetas o frente a cocheras y letreros de “Prohibido estacionarse”.

Intermediarios de la mordida. Finalmente, conforme los cuidacoches se adueñaban de tales o cuales calles, se convirtieron en una especie de vendedores de protección: quien no aceptara los servicios del cuidacoches en su zona de influencia, encontraría rayaduras y abollones, si no algún robo o el robo total.

         El auge de la economía informal trajo la edad de oro de los cuidacoches en toda la ciudad.

Lentamente, invasión hormiga, múltiples calles se fueron haciendo de tales guardianes y caciques supernumerarios. El cuidacoches callejero cuesta de cualquier modo menos que un estacionamiento (donde también hay cuidacoches a quienes se debe dar propina) y sus servicios no son peores, con la pequeña incomodidad de que se vuelven permanentes.

En los días o ratos que hay espacio para estacionarse libremente, es todo un riesgo despreciar al cuidacoches, quien entonces preventivamente ocupa los espacios vacíos de “su” calle con botes, palos, muebles desvencijados, haciendo valer poco a poco su derecho de apartado.

Un oficio informal menos truculento que los de tragafuegos, payasitos o limpia-parabrisas de crucero. La situación pareció complicarse ante la amenaza del regente Espinosa (1995) de invadir las calles de parquímetros. Habrá que pagar entonces, en un recorrido de pocas cuadras, al tragafuegos, al limpia-parabrisas, al mordelón, al cuidacoches y al parquímetro.

         Con sus botas de hule, su cubetita y su jerga, y un montón no lejano de trebejos para apartar espacios, los cuidacoches discretamente se han vuelto elemento indispensable del paisaje capitalino.

Dos o tres por cuadra, que a ratitos mueven los automóviles con arrogancia de choferes ejecutivos, o los limpian, y toda la densa duración del día se dedican a gritarse de una esquina a otra, ante el furor de los inquilinos de las plantas bajas, su letanía de a quién ya se lo limpiaron, ya se lo aceitaron, ya se lo metieron o ya se lo sacaron, en una decadencia del albur tan menesterosa y cacofónica como los lamentos de mendigos o de los tríos a la puerta de las fondas.

         De repente, el irritado automovilista empieza a hacer sociología instantánea y cálculos conjeturales. Resultaría que como los vendedores ambulantes, los guitarreros y mariachis de fondas y taquerías, los limpia-parabrisas y tragafuegos, los cuidacoches seguramente superan el salario mínimo de muchos peones y obreros.

¡Toda la enérgica clase obrera, que dio lugar a tantas estatuas fornidas del populismo, humillada por cualquier invento de la economía informal! Tal es la modernización neoliberal de la clase trabajadora en México.

         Tienen sus pequeños enemigos los cuidacoches.  Los vecinos hartos de sus incesantes gritos albureros, y de que con frecuencia (pues hasta los cuidacoches son humanos) se pongan chemos o borrachos desde el mediodía, con sus bolsitas de plástico llenas de dudosos refrescos.

A veces hacen sus guaridas en zaguanes poco vigilados, o en los baldíos próximos, o en los camellones, o de plano junto a cualquier muro. (En Coyoacán, los vecinos ya se pusieron a regalarles camisetitas muy monas, para tenerlos uniformados y peinaditos, y los sermonean y someten a estrictos códigos de buena conducta callejera, 1995.)

         La policía, celosa de estos rivales informales, los acosa con metódica frecuencia. Pero los vecinos, expertos en sociología informal, sospechan que al menos en ciertas calles, se van estableciendo cacicazgos de cuidacoches, comandados por la propia policía, que reparten y garantizan el uso del espacio para estacionarse, de modo que las propinas tan informales como obligatorias (voluntarias pero obligatorias) que el automovilista debe dar al cuidacoches vuelven al lugar tradicional, la policía.

         ¿Para qué entonces parquímetros mecánicos, si ya los hay albureros y de carne y hueso? (¿Y para qué gastar en semáforos, si los tragafuegos y payasitos y limpia-parabrisas de esquina ya cumplen esa función, y en vivo?)

Habitantes de la intemperie, testigos permanentes de la calle, mendigos y caciques de su cuadra, los innumerables miembros, je, del Club de Cuidacoches no han de pertenecer, en las cifras oficiales, al desempleo.

Nadie que tenga una jerga o una caja de chicles está desempleado en México, dice el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática.







EL METRO DE LOS SUICIDAS



—Si fuiste al ISSSTE moriste —recitó Chinchomón.

         —Si vas al Seguro Social, te ganas tu funeral —remató Macufleto.

         ¿Será que los mitológicos prestigios de morgue automática del Centro Médico atraen a los suicidas a su terminal del metro?

         El año pasado creció espectacularmente la cifra de los suicidios en la Ciudad de México: una más de esas estadísticas que ya no espantan a nuestro gobierno, tan acostumbrado a que la gente masque vidrio; sí lo alarmó, en cambio, que en lugar de acudir a los tradicionales recursos del suicida, que sólo implican molestias para la Cruz Verde, el forense y los familiares, a los extravagantes y anticívicos suicidas les diera por aventarse contra los convoyes del metro, especialmente en la estación Centro Médico.

         Julio Cortázar imaginó una pálida humanidad subterránea, que como ángeles o reptiles (ángeles pero reptiles) habitaban de tiempo completo el metro de París; yo me imagino una especie no menos pálida, pero más discreta: la de los pasajeros que siempre echan una parca mirada al foso: mañana, tal vez, la solución esté ahí, rápida, eficiente, higiénica, casi quirúrgica... 

         Todo capitalino sabe que ahí, en la mera linde del andén, ocurren con verdadera frecuencia clavados fatales contra la grava aceitosa, y acaso ni siquiera el chirrido de los huesos se escuche, cuando todo el mundo se ensordece de pronto con el estrépito de un enfrenón ya inútil.

         Las últimas imágenes del suicida han de ser los enormes y policromos anuncios del andén. Los antiguos mexicanos —los antiguos de todo el mundo— se llevaban a la tumba figuritas de diosecillos zoomorfos, que los auxiliaran en su viaje al más allá.  El suicida contemporáneo llevará como guardianes, todavía recientes en sus pupilas, puras caricaturas publicitarias: la gallinita de Knorr Suiza, la vaquita de Nutrileche o Leche Alpura, el Pato Donald de Refrescos Pascual, las imperiales barbas de Chocolate Carlos V, el cuervo de Refrescos Pau Pau y hasta una pomada Ting para no alcanzar el inframundo con olor de pies. “Cuando cuelgue los tenis, asegúrese de ponerse Ting.” 

         ¿Llegó el metro en el año 2000 a los seis suicidios mensuales? Las cifras del nuevo siglo amenazan con romper récords históricos, como la bolsa. El gobierno de la ciudad se queja de los suicidas del metro: ¡qué destripadero, qué despanzurradero, qué escándalo! En países prósperos, los metros más modernos impiden el acceso al foso de los rieles: una barda de cristal blindado lo protege completamente, y sus puertas sólo se abren en el momento preciso para llevar exactamente al interior del carro. Metro a prueba de suicidas, como el de Toulouse. “Señores suicidas: eviten un feo espectáculo y vayan a tirar sus tripas a otra parte.” 

         El premoderno metro capitalino, recientemente encarecido, luce su publicidad arrogante.  “Nuestro metro vale mucho y sólo cuesta un peso”, se decía no hace pocos meses. Aunque ya subió, sigue ostentando el resplandor del servicio más barato de la ciudad.  Es un metro planetario, intergaláctico, que todos los días cubre una distancia total que “equivale a 2 y media veces la vuelta a la tierra”, y que con la pequeña ayuda de los trolebuses transporta diariamente a 5 millones de capitalinos, “desplazando a 2 y medio millones de automóviles”. Bueno: también transporta anualmente a medio centenar de suicidas al más allá, pero calla este prestigio más espectacular y reciente.

         —Además de cabrona, nuestra modernidad es bien culera  —reflexionó Chinchomón, partidario (él, tan nostálgico de la contracultura) de la eutanasia—. Si el obstáculo para los altos designios de nuestros neoliberales son todos los millones de pobres, ¿por qué no tenderles, pero ya, puente de plata? ¡Eutanasia masiva, eutanasia Conasupo, y sin ensuciar el metro! Unas cuantas toneladas de pastillas y ampolletas, algo de propaganda televisiva, y se acabaron la miseria y el subdesarrollo. “Si no tiene con qué vivir, lo ayudamos a morir.”

         Así como se lleva a la mascota enferma o estorbosa al veterinario, por su inyeccioncita, nuestros tecnócratas podían llenar el Eje Central y la Calzada de Tlalpan de Clínicas para Suicidas.

“¿No tiene cómo pagar sus deudas, no consigue empleo ni se hace ya ilusiones de llegar a conseguirlo jamás, ni mucho menos casa; y ya se considera usted a sí mismo una nadita, una basura en el mundo?”

Y si el dinero no es el problema: “¿Su depresión, su desesperación, su soledad, las enfermedades, el tedio, ya de plano no se aguantan?  Una pastillita con sabor a fresa, anís o tutifruti, una inyección que no duele”.

         Pero no: el que quiera escapar del horrible México debe salir horriblemente: ensangrentado, achicharrado, amoratado, entre dolores y vómito (esto, si no se le frustra el suicidio y nomás queda cucho). 

¡Cómo resplandece, entonces, la posibilidad del metro, del metro Centro Médico!: todo eficiente, galáctico, instantáneo...

         —Y que no te quepa duda —dice Macufleto—, de que entre los “costos de operación” que se argumentaron para aumentar el precio del boleto del metro, está el rubro de suicidios. Así que en cada boleto se paga algo del viaje al más allá, especialmente en el Metro Centro Médico, donde la línea aérea Taesa  (q.p.d) no hace mucho publicitaba sus cosmopolitas vuelos a crédito. Claro, quebró.

¿Cuál sería la “economía ficción” de México a finales del siglo que las líneas aéreas se anunciaban en el metro?









DISFRUTE NUESTRAS REDADAS



En 1773, rumbo a Rusia, Denis Diderot pasó por Holanda, y escribió en sus apuntes de viaje uno de los mayores elogios que haya recibido país alguno: “Pero una de las cosas que conmueven continua y deliciosamente en toda Holanda, es que ahí no se encuentra por ningún lado el panorama de la miseria ni el espectáculo de la tiranía”. 

         Innumerables viajeros han escrito sobre México, algunos han querido encontrar magia, colorido, folklore, vitalismo, pero uno tras otro han tenido que registrar, desde el siglo XVI hasta el presente —y sobre todo en el presente—, que aquí sí se encuentran, y por todas partes, y continua pero nada deliciosamente, el panorama de la miseria y el espectáculo de la tiranía.  Y en este fin de siglo vamos para peor.

         Si ése es el México real, el México que sí existe —nada de Méxicos utópicos—, ¿por qué entonces no vender precisamente ese México al turismo? “Venga a ver el exotismo de la mendicidad. ¡Aquí se ganó el récord Guiness de tantos limosneros por minuto en tal esquina, de tantos mariachis y mueveombligos en tal otra; en pocos países del mundo se producen tantos desempleados por hora!  ¡Si usted creía que lo más emocionante de México eran los sacrificios humanos de los aztecas, es que no ha visto el espectáculo de la miseria en la Ciudad de México este fin de siglo! Disfrute la más concentrada experiencia del Tercer Mundo.”

         Resignado el gobierno de Ernesto Zedillo, especialmente en la Ciudad de México, a que el país no vivía ni había vivido ninguna crisis, sino una situación de miserabilización e inestabilidad permanente, no encontró en 1995 mayor solución que aumentar y generalizar la tiranía.

La miseria nunca iba a disminuir, ni a detenerse; lo que sí se podía hacer es incrementar la prepotencia de la autoridad y de la policía. ¿Por qué no anunciar entonces a nuestros policías como Holanda sus tulipanes? “¡Llévese, en peluche, el último modelo del Guarura Mexicano!  ¡Visite nuestros separos, nuestras salas de tortura, nuestras agencias del ministerio público, nuestros tribunales!”

         —Pero si los delincuentes salen sobre todo del propio gobierno y de la propia policía, que hagan redadas entre ellos, en los desayunos de Los Pinos, en los desfiles, en las oficinas del Departamento del Distrito Federal... —pensaba Mambrú, en el metro, aterrado de la banda de tiburones policiacos que le esperaban ahí lueguito, al salir de la estación.

         —Lo que pasa es que la miseria ha aumentado tanto el número de asaltantes, que los funcionarios y los policías empiezan a resentir la competencia.  Resulta que cuando llegan a atracar a un ciudadano, lo encuentran ya previamente desvalijado... —razonaba Colombina, lanzándose al viaje de regreso a casa como si se tratara de cruzar un mar atestado de piratas.

         —...por otro funcionario, por otro policía...

         —...o por cualquier asaltante con credencial del propio Departamento del Distrito Federal.  Prohibidos desde ahora los delincuentes ambulantes, todo delincuente debe tener su credencial.

         El panorama de la Ciudad de México: oleadas interminables de mendigos, de vendedores ambulantes, de cantadores de esquina y movedores de ombligo, de niños tragafuego en los semáforos, todo ello controlado por oleadas igualmente interminables de policías uniformados y policías disfrazados de ciudadanos, macaneando a quien se les atraviese y soltando tiros al grito de ¡Viva México!

         —¿Pero no habrá ahí, en lo que a todo ciudadano le parecen meras salvajadas de un regente más tonto y cínico de lo acostumbrado, Espinosa Villarreal, una genialidad verdadera escondida? —pensó de pronto Mambrú, siempre optimista—. ¿No se tratará en el fondo de sanear de una vez por todas las finanzas del Departamento del Distrito Federal?

         Y supuso, en efecto, que si a diferencia de la ausencia de miseria y despotismo que Diderot encontró en Holanda, en México la miseria y la tiranía se dan tropicalmente, pero a lo bruto, y con renovados bríos a cada nuevo sexenio, habría que decidirse en serio a vender lo que el país si produce, lo que sí es México.

Hay muchos fascistas y soldiers of fortune en el mundo que conforman una demanda turística especial. “Venga usted, disfrazado de Rambo, a la selva del Tercer Mundo.”

         Si se trata de gobernar a los pobres con puras redadas y razzias, se podrían hacer tours de amantes de las emociones violentas. “¡Asista a una razzia en primera fila! ¡Tome sus fotos, sus videos usted mismo! ¡Se le ofrece, como cortesía, el uso de la macana o del bastón de kendo durante cinco minutos!”

         Las razzias y las redadas irían acompañadas de camiones turísticos, y hasta de mariachis y de meseros con cubas y antojitos mexicanos.   




II SÁTIRAS A DOMICILIO
 LA TREMENDA CORTE



—El rumor es una tremenda corte —aseveró Tres Patines.

         Hacia 1995 tres Emisarios del Pasado se escandalizaban de la bárbara y antropófaga sociedad mexicana que, con regularidad sexenal, enjuiciaba sumarísimamente a sus antiguos próceres y sin más los condenaba.

         —¡Señor juez!  Mire qué caníbales, qué ingratos. ¡Lo que debe estar sufriendo Salinitas en Boston! —se quejaron.

         —Una condena más bien simbólica, porque varios de los Grandes Condenados por la antropófaga sociedad mexicana, varios de los Linchados y Vilipendiados, gozan de cabal y multimillonaria salud aquí y en el extranjero —replicó Tres Patines.

         —¿Pero qué pruebas tienen? El que no prueba, que se calle —exclamaron, jurisconsultos, los Tres Emisarios del Pasado.

         —Se les acusa de ladrones o de asesinos, no de pendejos —dijo Nananina, hojeando una historia de viejos debates parlamentarios.

         —¡Multa por lenguaje impropio! —eructó el juez.

         —El verdadero ladrón no sólo se roba el dinero, sino que también carga con las pruebas de que robó —meditó el Gallego.

         —El verdadero matón también mata las pruebas de que mató —prosiguió Tres Patines.

         —¡Multa a los dos por jugar con las palabras! —volvió a eructar el juez.

         —Es desde luego escandaloso —reflexionó el locutor— que, ante la sospechosa incapacidad de la Procuraduría General de la República para explicar y probar algo de los grandes casos de Posadas, Colosio y Ruiz Massieu, con gran rapidez la sociedad delibere y falle por su cuenta. Que el rumor y la opinión, fuertemente politizadas en estos meses, decidan quién ha de ser el culpable.

         —¿Pero por qué culpar a la sociedad, al rumor y a la opinión, que no hacen sino mal suplir, y gratis, y sin torturas, la delincuencia o la incompetencia de la justicia estatal? —preguntó el Gallego.

         —Si todo el dinero, los recursos, los investigadores de México no dan pie con bola en tan grandes casos, podemos imaginar de qué manera se resuelven los casos comunes. Al primer desdichado que se encuentran, le cargan cualquier delito —dice Nananina.

         —Las cárceles están llenas de inocentes, y el sistema de justicia lleno de culpables —recita Tres Patines.

         —¡Multa por insultar a la justicia! —sigue eructando el juez.

         —Por muy histéricos y prejuiciados que sean los rumores, no serán tan profesionalmente injustos como los procuradores y los jueces —razona el Gallego—. A ésos nadie les gana.

         —Y los rumores no cuestan tanto como los procuradores ni los magistrados —añade Nananina.

         —La sociedad resentida, irritada y prejuiciada —prosigue el locutor— lanza sus peores humores al erigirse en juez y fiscal, y pide venganza y hasta linchamiento de una manera primitiva e irracional.

         —¿Primitiva? ¿Irracional? —protesta Nananina—. El rumor y la opinión pública sirven al menos para castigar al mal sistema de justicia, y permiten que sus arbitrariedades, corrupciones o incompetencia no queden tan impunes. 

         —Gracias al rumor y a la opinión primitivas e irracionales no lograron hacer enteramente de las suyas quienes, por ejemplo, maniobraron para oscurecer por completo los asesinatos de Obregón y de Kennedy.  La única protesta contra tan sospechosas investigaciones fueron precisamente el rumor, la opinión —perora el Gallego.

         —No se erijan en jueces espontáneos del prójimo —exclamó el juez de la Tremenda Corte—: dejen que nosotros, que nuestras investigaciones, que nuestras deliberaciones...

         —¡Pruebas! ¡Pruebas! —rugen los Tres Emisarios del Pasado.

         —Ah no —contestó Nananina—, antes que creerles a ustedes, mejor me voy a informar al mercado...

         —O le pregunto a la ouija —dijo el Gallego.

         —Para como ustedes investigan, mejor yo decido quiénes fueron los criminales ¡en volados! —propuso Tres Patines.

         —¡Multa por payaso! —eructó el juez, ya con hipo.

         —¡Venga la sentencia! —ordenó el locutor.

         —Que la gente rumore lo que quiera —falló al juez—; para no oírla la Justicia es sorda, y para no hacerle caso también es ciega.







TODOS SOMOS DETECTIVES



Corrían los últimos años del echeverriato con su gran novedad: el asalto de los economistas al poder: una “efebocracia” de economistas recién graduados que desbordaba sobre la sociedad los más variables y contradictorios mesianismos tecnocráticos. Producía proyectos faraónicos y quiméricos y cientos de leyes y reglamentos por día, con nuevos impuestos y nuevos fideicomisos, con gráficas y lenguaje técnicos incomprensibles.

         Todo mundo se burlaba de la demagogia y la incontinencia verbal y burocrática de la reciente casta de economistas, pero no fueron tanto sus discursos ni sus tecnicismos lo que arruinó al país y a ese sexenio, sino la quiebra económica.

         Vinieron en cascada miles de explicaciones sobre los PIB y las tasas y los deciles y los parámetros y los escenarios macroeconómicos; y el público, contagiado por tanto discurso y tanto comentario economicista en la radio y los periódicos, empezó a hablar de PIB y deciles y tasas y parámetros y escenarios macroeconómicos.

         Abel Quezada dibujó entonces unos célebres cartones en los que sus habituales vendedores ambulantes de tacos y sus clientes, todos rodeados de moscas, esgrimiendo sus plumeros matamoscas de tiras de papel, comentaban la crisis económica con razones del PIB y las tasas y los deciles y los parámetros y los escenarios macroecónomicos.  Echeverría había conseguido volver economistas a todos los mexicanos: curiosamente, no prendió en la sociedad tanto su demagogia heroica o populista como la jerigonza economista. Abel Quezada llamó a ese cartón “La dura escuela de la vida”.

         Salinas y Zedillo han hecho otro tanto con su “reforma de la justicia”. Probablemente lo más memorable del último lustro, además de la catástrofe económica (otra vez, producida por economistas-financieros-especuladores), sea que volvió detectives y jurisconsultos a todos los mexicanos. Nos falta un Abel Quezada que pinte el cartón del vendetacos y el cometacos callejeros, todos llenos de moscas, armados del matamoscas en forma de plumero, confeccionado con tiras de periódico, que discutan de “indiciados”, ministerios públicos, fiscales especiales, flagrancias, investigaciones, calibres de armas, complots, giros de la víctima al caer, asesinos bien solitarios pero  demasiado acompañados. Entre mordida y mordida al taco de canasta discutirían sobre los pormenores de los rostros de los cinco Aburtos (llevamos cinco, más los que se acumulen esta semana.)

         Se dice (y es posible que así sea) que los mayores talentos del derecho y la criminalística, que los grandes peritos, que las mayores lupas y los bigotitos mejor recortados en toda la historia del sistema judicial del país, han sido requeridos para los homicidios famosos del salinato-zedillismo. Sólo para caer, una vez tras otra, en las pifias judiciales más famosas del siglo. Cuando mataron a Obregón nunca se dijo que hubiera cinco Torales.

         Y así como los economistas del echeverriato, hundidos en el ridículo, sufrieron ser reprobados y corregidos por una sociedad a la que habían obligado a improvisarse como economista —“la dura escuela de la vida”—, ahora todo nuestro sistema legal, tan cundido de juristas, sufre el ser reprobado y corregido por una sociedad que investiga, lucubra, litiga y dictamina por su cuenta.  Y desde luego, no lo hace peor que los profesionales, a pesar de que los togados se destoguen a gritos contra los rumores: el improvisado detective de la calle tuvo la razón contra el especializado fiscal encargado del caso Aguas Blancas, por ejemplo.

         Carpizo, Montes, Islas, Lozano y todos los togados y birreteados debieran tomar clases de Derecho Penal con los taxistas y los vendetacos y cometacos mosqueados de Abel Quezada. Cada mexicano se ha vuelto un Padre Brown o un Sam Spade: compara Aburtos como quien compara alcachofas y remolachas, todas bien parecidas pero todas bien diferentes; urde complots, demasiado elaborados, pero bien creíbles —menos inverosímiles, por ejemplo, que la mil-y-una-nochesca cifra de los más de 100 millones de dólares que le aparecieron a Raúl Salinas, sobre todo si se tiene en cuenta que al villano Caicescu de Rumania sólo se le comprobó un pálido milloncito; todo prócer de nuestra Nomenklatura está bajo sospecha, todo político es capaz de mandar matar, incluso con el barroquísimo plan de matar para no matar, como se ha dicho estos días: que a Colosio lo había mandado matar Córdoba para que no resultara completamente asesinado, sino nomás un poquito.

         Uno de los dogmas bien enraizados en la cultura mexicana durante décadas, y que el salinato-zedillismo echó por tierra, era la imposibilidad de la literatura policiaca en México. Se decía que en un país de recomendados, influyentes, confesiones bajo tortura, invención de culpables, fabricación de pruebas, demagogia de juristas y venalidad de jueces, jamás prosperaría la limpieza matemática de una novela de detectives.

         Ahora no se inventa otra cosa en los taxis ni en los puestos de tacos, para no hablar de las cantinas (donde los borrachos metidos a penalistas resultan, de cualquier manera, más inteligibles que los penalistas que piensan y hablan como borrachos).

         Pero es un detectivismo surrealista, tropical, profuso, telenovelero: exuberantes crímenes laberínticos de realismo mágico. ¿Hubo salinato en el asesinato? ¿Fue un asesinato sin salinato? ¿Fue el asesinato de Colosio, tan sin Salinas, un a-salinato?







LOS PRIISTAS ESTÁN AGRAVIADOS



Y cuando creíamos que las reformas neoliberales habían tocado fondo con la puesta en vigor del TLC, en 1994, llegó la culminación: el neoliberalismo televisivo.  Las nuevas telenovelas se abocaron a temas patrióticos y políticos mientras que los noticieros empezaron a imitar a las telenovelas viejas. 

Cada día un descubrimiento atroz y morboso de crímenes de familia, la familia del PRI: todo el país en vilo, a causa de las conjuras de un puñado de personajes increíbles. Los acusados, los sospechosos, las víctimas, los testigos y hasta los procuradores pertenecían al mismo escaso reparto estelar. El público que se aburría con las telenovelas de temas políticos se tronaba ahora los dedos ante las tragedias, melodramas, farsas y vuelcos rapidísimos de la fortuna de los noticieros.

         —¡Pero esto no puede ser!  ¡Qué malvado!

         —¡Pero si te lo estoy diciendo! ¡Y ya verás cómo mañana Carlos Augusto resulta hasta caníbal!

         —¡También caníbal! ¡Pero si acaba de exterminar a toda la parentela de Ribogerto Gustavo con gas mostaza en los refrescos de dieta!

         Uno se frota los ojos frente a todas las vicisitudes del polifacético Mario Ruiz Massieu. Ningún actor de telenovelas tuvo un personaje tan “astracanesco” como Carlos Salinas de Gortari: de super-presidente a huelguista de hambre, del mesías de todas las reformas al maldito Enano Nibelungo de El oro del Rhin, que causa todas las catástrofes, hasta la destrucción de los propios dioses —sólo que en la telenovela “astracanesca”, el Rhin es el Sistema, y sus dioses los agraviados funcionarios que rugen en los altos velorios: “¡Duro! ¡Duro!”, clamando venganza contra crímenes que el televidente anticipa que sólo ellos mismos pudieron cometer.

         —¿Pues quién más? Sólo Carlos Augusto es tan malvado.

         —Con la ayuda de Rigoberto Gustavo. 

         Los narcos, los secuestradores, los defraudadores, los banqueros en quiebra les hacen coro. Mientras las telenovelas se vuelven apacibles églogas de antiguos potentados y narran el dulce corazón de Carmelita Romero Rubio de Díaz, los noticieros ¡agggh!, echan sangre, maldad...  A la hora de los noticieros se despuebla la ciudad, para no perderse el truculento episodio del día.

         Ciertamente el periodismo tuvo desde sus orígenes mucho de espectáculo. Política y melodrama se confunden en El ciudadano Kane. ¡Pero qué espectáculo hemos tenido en cuestión de noticias durante más de un año! La toma frente a las cámaras, más minuciosa que las puestas en escena de las tele-batallas porfirianas, de San Cristóbal, con cortes a un pasmado Secretario de Gobernación, gobernador con licencia del mismísimo Estado de Chiapas, que nada sabía, nada se imaginaba: de todo se estaba enterando, atónito, por televisión. Marcos como galán, Camacho en misión imposible...

         El video del asesinato de Colosio, con una docena de presuntos matones, disfrazados de escolta, alrededor de la víctima; y todo el erudito y truculento ingenio de investigadores y comunicadores que nos dicen: aquí avanza 1, por aquí guiña 2, por allá 8 da la contraseña a 5, entonces 7 saca la pistola...

         ¡Cuántas historias nos ha contado la política!  Desde el primer intento de convertir al asesino de Colosio en un ultraizquierdista contaminado del belicismo de Marcos, que ofrece a su víctima en “un plato de sangre” guerrillero. Bueno: la moronga venía de otra parte. Todas las serpientes y escaleras que llevan y traen al supuesto autor intelectual del crimen de Ruiz Massieu, Manuel Muñoz Rocha, por los mil y un vericuetos del priísmo nacional, con todo y familiares del presidente, directivos del PRI, senadores y diputados, gobernadores y dirigentes campesinos...

         Ah, frente a esta reconversión de los noticieros como telenovelas, uno extraña la relativa mesura de Gutierritos, Cuna de lobos y Simplemente María...  Los analistas políticos se encuentran en el supermercado con multitudes que saben más que ellos de cada víctima o villano del culebrón “Los priístas están agraviados”; proliferan las teorías, los vaticinios.  Y se sabe de más de un politólogo que ha renunciado a su profesión: su racionalidad y sus métodos académicos, anacrónicos ante este neoliberalismo informativo, no sirven de mucho para explicar las historias de los noticieros, y se inauguran (hay que chambear en lo que sea en estos tiempos de desempleo) como comentaristas de telenovelas patrióticas, donde la realidad luce más simple, más inocente, más civilizada.







TIERNAS PALABRAS



Se decía que el terrífico Doctor Joseph-Marie Córdoba, el gran valido o superministro de Carlos Salinas, estaba influido por Maquiavelo, por Rasputín, por Edgar J.  Hoover y resulta que su libro de cabecera era... Corín Tellado, según las pretendidas grabaciones clandestinas —desde luego ilegales— de su affaire amoroso con una pretendida Bella Espía del narcotráfico. 

         Uno no sabe de qué asombrarse más, si de que todo un Maléfico Virrey encargado de la Seguridad Nacional sea simultáneamente infiltrado por una Narco-Mata-Hari y por los espías telefónicos (¿de la propia Procuraduría?), o de que las grandes alturas del poder descarnado, tan prepotentes, sean incapaces de desprenderse de la más blandengue cursilería de las novelitas rosas.

         ¿Es que los malos de la realidad de veras hablan como los cursis de las novelas de kiosco? Bueno los (dudosos) doctorados en economía en el extranjero no conllevan cursitos literarios del tipo de “Cómo hablar con tu novia en la era de la posmodernidad”. Se sugiere que Conacyt y Conaculta instituyan algunas conferencias al respecto para el uso y provecho exclusivos del Gabinete Ampliado.      

         En otros tiempos se espiaba la correspondencia de los próceres, se citaban los apotegmas de sus conversaciones.  Uno se imagina muy bien a Talleyrand exclamando: “¡Esto es más que un crimen, es un error!”  Pero en nuestros tiempos, si es verdad que así como el Doctor Maléfico fueron espiados todos los Prohombres de la Silla, nos encontraremos kilómetros de cintas de grabación en las cuales los Lobos y las Hienas de la política les susurren telefónicamente a sus lagartonas:

         —¿De quién son esas pestañitas tan moningas?     

         Si existe alguna altiva oficina llena de tales grabaciones, quisiera imaginarme a su afortunado archivista.  Podría etiquetar sus casets como “Los soft-porno de la Secretaría de Hacienda”, “Los bufidos telefónicos completos del comandante tal ante la perversa contrabandista zutana”. 

         ¡Cuantas horas de melodrama para el deleite de los empleados de las supuestas oficinas de Inteligencia Telefónico-amorosa!  Cuántas carcajadas, cuántas lágrimas.  Y se podrían hacer incontables gráficas tecnocráticas al respecto, que señalen por ejemplo que en la Secretaría de Agricultura los funcionarios se inclinan en un 70 por ciento a ponderar telefónicamente los muslos de sus segundos frentes, a principios de la tarde (con el somnoliento erotismo posterior a los digestivos), y en un 90 por ciento deciden ir más allá —¡más allá!— (“¿Cómo está mi conejito, mi orquídea negra, mi gatita persa?”) al atardecer, cuando ya llevan dos o tres whiskies afrodisíacos, discretamente consumidos mientras aguardan una importante llamada, por desgracia nada amorosa, por la red. 

         Remedio para salir de las crisis: reconvertir las grabaciones sentimentales del Doctor Infernal y sus camaradas de sexenio en radionovelas. Suspenso: ¿superarán los deliquios político-conyugales de Porfirio Díaz con Jacqueline Andere? ¿Los políticos que la hacen de galanes en grabaciones secretas serán más convincentes que los galanes que la hacen de políticos en las telenovelas?

         —¿Dónde tiene Mirreina su lunarcito de chocolate?

         —Dime otra vez cuac-cuac, mi vida, otra vez cuac-cuac y ya. No puedo calcular el Producto Interno Bruto en deciles de este mes si no me dices otra vez cuac-cuac.

         Todo aspirante a la política ha de tener en cuenta que, en lo sucesivo, le serán grabados sus susurros sentimentales. Más que los documentos y discursos públicos, que a nadie importan ya, contarán sus coloquios telefónicos con sus dudosas Mata-Haris. 

         La próxima vez que el licenciado Macufleto hable por teléfono con la gangsteresa Rondallona, deberá cuidar sus vocabulario; habrá de dictar metáforas impactantes para la posteridad, deberá expresarse como apasionado pero no como colegial.

         Se dice que ante el temor de que cada funcionario sea sometido al espionaje rosa que sufrió el enamorado Doctor Satanacito, todos los cuadros mayores del sector público se han lanzado a las librerías de viejo a comprar porfirianos almanaques del Arte de enamorar, Cómo seducir a una mujer decente, y que han encargado a sus jilguerillos y asesores literarios la confección de inmediatos almanaques de Cómo decir cuchi-cuchi por teléfono sin comprometerse y Cómo pornofonear con propiedad.

         ¡Y ya están ensayando!  En el Banco de México, en la Secretaría de Hacienda, en Gobernación y Relaciones Exteriores, se escuchan exclamaciones cultísimas:

         —Los astros dibujan tu perfil intermitente, Malena.

         —En tus pupilas se abisma el perfil turbulento del progreso, Teté.







EL RETOÑO DEL DINOSAURIO



La democracia mexicana avanza, avanza: tantos han sido los cambios y las reformas de estos últimos veinte años en nuestra democracia, que podemos informar de resultados evidentes: entonces gobernaba Guerrero Rubén Figueroa padre y hoy, 1995, gobierna Rubén Figueroa hijo: despotismo, corrupción, matanzas y harto folklore.

         Pero los dinosaurios de antes —porque hay los dinosaurios de antes, y los de ahora— eran más folklóricos.  Cuando se rumoraba que Figueroa Padre iba a caer, se soltó aquella memorable frase de que estaba “más firme que las cumbres de nuestras épicas montañas”. Ese don verbal no asiste a Figueroa hijo, quien se limita a insistir en que las matanzas son una ficción de la prensa o un resultado normal de la democracia.  Así, de plano, pues si dentro de nuestro Sistema de Derecho “en Guerrero no hubo matanzas sino enfrentamientos entre campesinos y policías”, podemos colegir que toda nuestra democracia reside en tales enfrentamientos bien normales, bien habituales, hasta eternos.  ¿Qué ocurrirá en Guerrero cuando de veras pase algo?

Figueroa padre no despreciaba tanto a los medios de información como el hijo, al menos no a los extranjeros: debiera haber ganado un óscar —un Óscar Espinosa Villarreal, o de perdida una Diosa de Plata— por aquel documental que concedió a la Televisión Francesa a finales de los años setenta, y que superó a todas las novelas de dictadores en el mundo, incluyendo a las que se basaban en el caníbal Idi Amín. Ahí hacía strip-tease —el gobernador al desnudo—, nadando en su alberca mientras cantaba —como tenor de nuestras épicas montañas— La Marsellesa; presumía de todas las vírgenes que había inaugurado y de todos los campesinos a los que obligaba a humillarse y besarle la mano a su paso. Ese documental causó sensación en el mundo entero. Parecía inigualable como verdadero dinosaurio con verdadero color local: el general Arturo Durazo le tenía envidia.

         El talento folklórico de Figueroa Hijo es harto menor. Cuando nomás hay 34 asesinaditos dice a los reporteros: “En Guerrero no está pasando nada.  El estado está en calma, está trabajando y lo pueden constatar a la hora que quieran”... en la morgue y en los cementerios.

         Entiendo, entiendo al gobernador: asesinar también cuesta trabajo, también es un oficio remunerado, también da prestigio y currículum, y las obras completas se pueden constatar. Si se hiciera un Sistema Nacional de Pistoleros superaría en miembros, pero de calle, al Sistema Nacional de Investigadores, y no sólo en Guerrero.  

         Cuando haya nomás 340, ó 3,400 asesinaditos existirán más calma y laboriosidad en tan democrático y político estado. Figueroa Padre habría salido con algo más original, algo del estilo de que los afortunados muertitos ya no están sufriendo para nada, mientras que el pobre gobernador ¡cómo tiene qué batallar contra tanto periodista, tanto radical, tanta sociedad civil, tantos tales por cuales!, que siempre serán más que los meros 34, 340 ó 3,400 suertudos asesinaditos que dejaron por fin de andar fregando para ganarse, ahora sí, mejor vida.

         Pero Figueroa Hijo introduce una innovación en este Breve tratado de Figuerología (como diría Novo): es toda una metafísica de la geografía, un tratado de auténtica política virtual. ¡Humíllate, MacLuhan! ¡Sufre, Internet!  ¡Las cosas de aquí pasan allá, y las de allá pasan aquí! Así, de plano.  (Yo me sospecho, tras el malencarado gobernador actual de Guerrero, a un escondido y meloso admirador del cantante Alberto Cortés: “No soy de aquí, ni soy de allá, no tengo edad ni porvenir”.) Porque a la letra dice: “No tengo ningún problema en el estado. Usted vaya mañana. Los problemas son en otro lado, son aquí”. 

         Aquí significa la capital —y el resto del país y del mundo—: los medios de comunicación y tal vez algunos regaños en la Secretaría de Gobernación. “¿Cómo que qué pasa? Pues los medios. Vea todos los medios. Allá el problema no existe.  El problema está superado”.  Es decir, con acabar “aquí” con la prensa, se acaban las matanzas “allá”.

         Al parecer, Figueroa Hijo se siente dueño de la historia actual de su estado, allá en Guerrero, donde ya vimos que no pasa nada; y quisiera, para acabar de una buena vez con todos los problemas guerrerenses, suprimir las digamos efemérides que se cuentan aquí de su pacífico, laborioso y próspero estado (supongo que “aquí” también incluye a los periódicos, a la radio y a la televisión del resto del país y del mundo, que bien y bonito han visto a los cadáveres primero desarmados y luego decorados con oportunas pistolas sembradas en las manos... aunque todavía, todavía no rivalizan con el documental de Figueroa Padre). Melancolía del periodismo mexicano: hace veinte años Figueroa Padre, hoy Figueroa Hijo. Quien nos desfigueroe será un buen desfigueroarizador.







EL DELEGADO CUENTAPUTAS



Agotado el marxismo-leninismo, el delegado perredista Ramón Sosamontes Herreramoro ha encontrado una nueva misión, también de nombre compuesto (como sus propios apellidos): el sexo-servicio, que le toca administrar en Venustiano Carranza. Esto en la administración capitalina del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, hacia 1997.

         Al parecer, el rasgo estelar de su delegación son las sexo-servidoras de La Merced, que el delegado se ha puesto pacientemente a contar. Las cuenta y las recuenta y no las deja de contar con un detenimiento notable. Se diría que las cuenta a cuentagotas. Dicen que hasta ha recurrido a un ábaco con bolitas de colores. Anoche llevaba 3 mil.

         Quiere reordenar la prostitución callejera de su delegación en diseños bonitos, como bordados de punto de cruz o tableros de parkasé; que todas las amarillas desfilen por el norte, ofreciendo un disciplinado espectáculo; y las rojas por el sur, como pioneritas comunistas.

         Eso de administrar sexo-servidoras es un afán menos árido que el marxismo-leninismo, pero debe hacerse con rigor, eficiencia e imaginación; si no, que se les devuelva tal oficio a los chulos y a las madamas. Difícil competencia para nuestro dialéctico delegado: ser más diestro que los chulos y las madamas en tan delicado oficio.  Pero audacia no le falta: hasta se improvisó como hilarante Sherlock Holmes parlamentario del caso Colosio.

         En su interesante misión de regular entrepiernas, les ha declarado la guerra sin cuartel a los hoteles-burdeles, pues compiten con la Delegación en el codiciado afán de controlar a las prostitutas. Pero entonces, ¿dónde despacharán ellas? ¿Se las protege dejándolas sin “oficinas”? ¿O acaso se va a acondicionar el elefante blanco de la Delegación Venustiano Carranza como democrático y popular hotel de paso? Sería más útil, indudablemente.

         El delegado Sosamontes debe verificarlas en cuanto a afinación y balanceo; checar el kilometraje, revestirlas con uniformes ecológicos y medallitas de Muñoz Ledo, para que de veras sean democráticas y revolucionarias en su ancestral oficio, antes tan priista; dotarlas de certificados de salud y bolsitas de condones, ponerles sus placas autorizadas, y lanzarlas al tráfico proceloso de la Delegación Venustiano Carranza sin los azares de antes; ahora navegarán los mares del sexo (ya no “mercenario” sino de “sociedad civil”) con la magnánima bendición del Gran Centinela (¿o era el Gran Timonel?) que vela por su nutrición, bienestar, cultura y esparcimiento.

         Preocupado sobre todo por la cultura de sus contabilizadas, se rumora (“rumor sembrado desde Dublín”, denuncia muy serio el delegado) que las provee de una buena dotación de sermones del obispo Samuel Ruiz y comunicados del Subcomandante Marcos, que ahora ellas, tan velozmente perredizadas, leerán bajo los faroles de Anillo de Circunvalación en los ratos flojos. (A las principiantes se las refacciona con un tomito sustancioso: Los monosílabos completos de Cuauhtémoc Cárdenas.)

         Como las sexo-servidoras suelen ser madres, nuestro servidor público ofrece dotarlas de guarderías; pero las huilas se resisten, porque ninguna quiere que sus propios niños vayan a una guardería adonde asistan puros hijos de putas; lo que quieren es que los distribuyan discretamente, como a cualquier hijo de vecino, entre las guarderías decentes. “¡Nada de puti-guarderías!”, le gritan.

         Por lo demás, sus administradas sobre todo le agradecerían (ya que el PRD anda de ingeniosillo) unas cuantas boutiques y algunos salones de belleza con descuento. Cualquier madama le informará que las huilas se ven forzadas a malgastar una fortuna en ropa y en el salón de belleza; también necesitan uñas postizas, maquillaje, lencería, medias, pelucas, tatuajes. ¿Por qué piensa el prócer únicamente en puti-guarderías? Si distribuye generosamente zapatillas doradas de plataforma entre sus computadas, ¡verá qué éxito! Sus afanes y trabajos prometen irse multiplicando.

         ¿Se instalarán centros de verificación sanitaria en su delegación? Los había hasta que el otro Cárdenas, Lázaro, los suprimió con el valiente decreto que declaró inexistente la prostitución en la Ciudad de México. Pero los seguidores de su hijo cuentan, recuentan, descuentan y frecuentan —sin que nunca les salga la cuenta—, ese populoso rebaño que el moralista Tata excomulgó.

         Al delegado le resulta poco teórico, acaso, este peculiar oficio que no previó cuando memorizaba Los elementos fundamentales del materialismo histórico, de Martha Harnecker. ¿Se trata de “medios de producción” o de “modos de producción”?, reflexiona. Esperemos que algún día sus sumas y restas, divisiones y multiplicaciones, lleguen a una cifra exacta, lo que dudan sus antiguos compañeros de clase de matemáticas. ¿De veras sólo 3 mil? ¿No que era “base por altura sobre dos”? Por lo pronto, se le ve abstraído con su ábaco, todos los días, por todos los rumbos de su delegación, buscando prostitutas que contar.

         La política es un oficio ingrato y nuestro funcionario se enfrenta al riesgo de aquel visir de Bagdad que pasó a la historia como el ministro Cuentaputas. También entre los aztecas, según afirman ciertos historiadores heterodoxos, uno de los oficios del tlatoani era el del Huilotzin: el Señor de las Huilas, y sobre sus hombros recaía la ardua misión de velar por la prosperidad, la higiene y el decoro de la prostitución en México.

Pero don Ramón Sosamontes tiene tamaños de prócer. Y así como Marcos puso de moda los pasamontañas entre sus seguidores, el delegado en Venustiano Carranza podría inventar, para las suyas, alguna prenda que las auxilie y uniforme; y de paso vocee la fama del funcionario por el orbe entero. Unas diminutas falditas de licra, bien chidas, que no escandalicen tanto a los vecinos, y que sabiamente cubran y enseñen en zonas alícuotas (“alícuota” es un término matemático) lo necesario.

         Esas falditas diminutas no podrán llamarse precisamente pasamontañas. ¿Por qué no llamarlas sosamontañas? ¡Dior y Versace palidecerían de envidia frente a las minifalditas sosamontañas, uniforme y esplendor de las sexo-servidoras sosamontescas de la Venustiano Carranza! Deben ser amarillas, color del PRD. Así leeríamos los inspirados comunicados del delegado Sosamontes sobre su curiosa contabilidad de sexo-servidoras, ábaco en mano, con tanto azoro como los de su camarada Marcos.







EL 7 POR CIENTO DE LA PEA



El sexenio de Ernesto Zedillo se dedicó a infiltrar extrañas cifras a la prensa. Nunca correspondían a la realidad, ni se pretendía que reflejaran nada, más que los extraños signos de la burocracia celeste en sus finanzas virtuales. Entonces hubo una revolución estadística. La revolución de la PEA (Población Económicamente Activa), proporcionada por el INEGI (Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática). Según esas cifras ya casi no había desempleados.

Si se consideraba que la peculiaridad de los mexicanos era la economía informal, todos quedaban perfectamente empleados en los informes estadísticos, salvo algunos lisiados, vagos o moribundos que ni siquiera se ocupasen en pedir limosna.

Porque en asuntos de estadística zedillista hasta el mendigo ocupó el rubro de PEA: un EOR, un empleo oficialmente reconocido.

Por entonces Chinchomón tenía una tía, y la tía no hallaba criada. Sucedió que nuestros próceres de la economía lanzaron a voz en cuello la noticia de que la crisis estaba vencida, porque la tía de Chinchomón no encontraba criada.

         —¿No que tanto desempleo?  ¡Aquí tengo un empleo, y nadie lo quiere! Me piden que salario mínimo, que entrar tarde y salir temprano, que trato de princesas... No ha de ser tanta la necesidad, cuando una busca criada y nadie se presenta.

         Alarmado por las noticias de su tía, Chinchomón se presentó al INEGI para enterarse de que la situación del desempleo en el país, a pesar de la tía sin criada, seguía siendo grave: casi un 7 por ciento de la PEA (Población Económicamente Activa) podía clasificarse en el desempleo abierto.

         —¿Cómo? ¡Sólo un 7 por ciento! ¿No será un 70 por ciento? ¿Habrán hecho “nuevos tantos porcientos”, quitándoles ceros, como a los “nuevos pesos”? (Nota para la Posteridad: El gobierno de Carlos Salinas había “resuelto” la crisis económica mediante el expediente de borrar por decreto tres ceros a los viejos pesos, para que ya un dólar no se cambiara por costales de pesos, sino por cifras más escuetas y civilizadas.)

         —¡Pues mándenme una criada de ese 7 por ciento, que ya tengo alterones de ropa sucia! —clamó la tía de Chinchomón—. ¡Pero qué 7 por ciento ni 0.7 por ciento ni nada, pura propaganda comunista! Aspirante a criada que se asoma, me pide las perlas de la Virgen. ¡Tenemos sobreproducción de literatas, pero ninguna criada!

         En los viejos textos escolares, de aquellas épocas que los viejos comunistas llamaban de capitalismo salvaje, pero que los neoliberales llaman de comunismo salvaje (el comunismo priista de los Trouyet, de los Sánchez Navarro, de los Azcárraga, de los Garza Sada, de los Espinosa Iglesias), se consideraba llanamente Población Económicamente Activa (PEA), a los mexicanos en edad de trabajar.

         —De ninguna manera: una cosa es crecer y otra lo que se dice trabajar, país de huevones —ruge la tía de Chinchomón.

          Pero el cálculo era azaroso. Nunca se sabía cómo contar a las mujeres, si como mexicanos en edad de trabajar o como meros fantasmas estadísticos dedicados al hogar. Tampoco se estaba muy claro con respecto a la edad de 16, 18 ó 21 años (cuando ésa era la marca de la mayoría de edad), y a la de 65 ó 70, cuando se supone que la Tercera Edad se retira a gozar de sus opíparas pensiones del IMSS, para las que han cotizado raya a raya toda su vida.

         Pero los economistas hacían brujería y durante lustros aprendimos que sólo el 33 por ciento de la PEA tenía un empleo digno de tal nombre. En aquellos años parecía incluso una cifra inflada. ¿Tanto así como un 33 por ciento? Pero ahora, en la peor crisis del, je, Civilismo Mexicano, las cuentas están mejores, pues más del 93 por ciento —¡más del 93 por ciento!— de la PEA no incurren en el escándalo del “desempleo abierto”.

         —Cuando una no encuentra criada es que nadie está desempleado —ruge Loyola de Chinchomón, la tía de nuestro amigo.

         Hubo que lucubrar, para lograr esta maravillosa cifra de un más del 93 por ciento de la PEA que no sufre el escándalo del “desempleo abierto” (y en consecuencia, que no hay nada serio de qué preocuparse), un más decantado concepto de la Población Económicamente Activa.  Ya no todos los mexicanos —sin mexicanas— en edad de trabajar, sino aquellos mexicanos y mexicanas que de veras, con impertérrito afán, busquen “abiertamente” un empleo, y no lo encuentren, ni siquiera moviendo el ombligo, con remuneración o sin ella, durante una hora a la semana.

         Si vendieron chicles una hora a la semana, si limpiaron parabrisas una hora a la semana, ya no son desempleados, sino orondos integrantes de la gran mayoría empleada del más del 93 por ciento —sic: más del 93 por ciento— de la PEA. Y en consecuencia, nada serio de qué preocuparse.

         ¿Y cómo le hace el INEGI para descubrir a los raros especímenes que no trabajaron ni vendiendo chicles, ni moviendo el ombligo, ni limpiando parabrisas, ni una hora a la semana, “con remuneración o sin ella”? Bueno: con estadísticas. 

         ¿Y cómo hacen las estadísticas?  Bueno, pues con entrevistas al tin marín. De modo que el microscópico 7 por ciento (en realidad, menos del 7 por ciento) de la PEA, que es el único en sufrir oficialmente el desempleo mexicano, sólo es un chisme. Pura rumorología. Nada verdaderamente serio de qué preocuparse.

         —Ese 7 por ciento se debe referir nomás a tu tío —le dice en secreto Loyola a Chinchomón—, ya ves que no se levanta de la televisión ni aunque grites ¡fuego! Es pensionado del IMSS, y para lo que recibe de pensión, pues igual que desempleado abierto.

         Los economistas saben cosas curiosas. Saben, ellos saben. ¿Por qué se les ocurrió que sólo es “desempleado abierto” el que no ha trabajado ni una hora a la semana, ni moviendo el ombligo?  ¿Por qué no dos horas, una hora tres cuartos, media hora, un cuarto de hora?  Si de la jornada laboral oficial de 40 horas a la semana sólo arrancan un gajo, ¿por qué no medio gajo, o un minuto? ¿Qué va de pizca a pizca?

         En los largos ocios que han de abrumarlos, después de todas las devaluaciones y catástrofes que aquejan al país precisamente desde que sufre el yugo de los economistas, ¿habrán hecho, siquiera como proyecto subsidiado por el Conacyt, el cálculo de lo que sería el “desempleo abierto”, si el criterio fuera el de los mexicanos que no hubieran trabajado ni un cuarto de hora a la semana? ¿Ni diez minutos? ¿Ni cinco? Variarían las cifras.

(En los mejores tiempos de su economía, los países europeos logran un desempleo del 10 por ciento; nosotros, sabios, con nuestra  ingeniosa manera de contar a los desempleados como “empleados de otro modo”, apenas llegamos a un desempleo del 7 por ciento en lo más hondo de nuestras catástrofes.)

—El caso es que una no encuentra criada.  Y tiene que pagar millones en la lavandería automática. Y tiene que comprar vasos y platos desechables. Y hay que sacar a los perros a que caguen en los parques, porque dentro de casa, ¿te imaginas? ¿Quién limpia? —clamaba Loyolita de Chinchomón.


III EMBLEMAS IRRISORIOS


EL SOLDADO BOTELLO Y LAS ARTES ADIVINATORIAS EN LA CONQUISTA DE MÉXICO



Como en ciertos juegos de casino, en la conquista de México quien ganó la guerra lo ganó todo, incluyendo la supuesta interpretación de los propios vencidos, a quienes se les quemó sus testimonios y a cuyos nietos se adoctrinó y aterrorizó para que declarasen, veinte o cincuenta años después, como auténtica visión indígena, lo que los vencedores deseaban o suponían.

         Moctezuma queda en este panorama como el gran brujo derrotado, a quien desde años atrás lo venían atormentando curiosos presagios (como los del festín de Baltasar, de la Biblia...) Son un tanto sospechosos porque las artes adivinatorias indígenas, como las estudia por ejemplo Enrique Florescano en Memoria mexicana, atendían menos a lo milagroso y lo excepcional, a la manera europea, que a lo reiterado. Creían conocer todas sus dichas y desgracias posibles, que cíclicamente regresaban y se repetían.

         Los indios prehispánicos pensaban haber dominado el cosmos a través de unas permanentes recreación y escenificación minuciosas del pasado. El calendario como libro mágico. El día de hoy corresponde a un día específico del ciclo anterior --y de todos los ciclos anteriores--, y si se conoce éste se sabrá qué ocurrirá en aquél (un poco ese futuro que ya está en el pasado, ese “eterno retorno” del que habla Borges en su poema sobre el I Ching).

         Pero aun dentro del ordenadísimo universo indígena acaecían catástrofes relativamente excepcionales por su gravedad y, por lo demás, se apuntan explicaciones racionales: así, alguna noticia debió llegar al centro de México, meses o años antes que las tropas de Cortés, de los barcos que se atareaban en el Caribe, de modo que el caos de la gran novedad apocalíptica estaba en el aire: “Año 13-conejo. Fueron vistos españoles en el agua”, es el principio del Manuscrito de Tlatelolco (1528).

         Moctezuma leía sus libros adivinatorios (la fecha de la llegada de Cortés coincidía con el vaticinio del retorno de Quetzalcóatl), pero también aparecían milpas de fuego en el cielo; los templos se quemaban porque sí o eran blanco de los rayos; se alborotaba la laguna como si hirviese, la Llorona gritaba en gran llanto sus lamentos por el destino de sus hijos;  las grullas tenían espejos en la mollera donde se veían batallas, aparecían monstruos (hombres de dos cabezas), etcétera. Son testimonios de los frailes y de los nietos catequizados de los vencidos, y cuajan tan bien con la victoria española, que suenan un tanto a superstición ulterior de los propios conquistadores, muy semejante a la “visión de los vencidos” que ofrecen los clásicos grecorromanos y las vidas de santos contra demonios de La leyenda dorada.

         Las artes adivinatorias y propiciatorias permitidas por el cristianismo se emplearon abiertamente en el bando triunfador durante las guerras: tal día santo era promisorio, tal día de guardar, por el contrario, resultaba funesto; las misas, los sacrificios, las oraciones, las promesas a Dios y los santos, también ejercían su ortodoxa brujería propiciatoria. Pero en las páginas de Bernal aparece de pronto un sistema adivinatorio completamente brujeril --de brujo  laico--, de simple arte combinatorio, como la lectura de la baraja, o de otros libros europeos que siguieron usándose durante la Colonia y fueron incluso procesados por la Inquisición (Margarita Peña ha editado el Mofarandel de los oráculos de Apolo, que es más complejo y combina textos más que cifras o signos).

         Dice Bernal en el capítulo 128, sobre la Noche Triste: “Estaba con nosotros un soldado que se decía Botello, al parecer muy hombre de bien y latino, y había estado en Roma, y decían que era nigromántico, otros decían que tenía familiar [algún espíritu amigo], algunos le llamaban astrólogo; y este Botello había dicho cuatro días había que hallaba por sus suertes o astrologías que si aquella noche que venía no salíamos de México, que si más aguardábamos, que ninguno saldría con la vida, y aun había dicho otras veces que Cortés había de tener muchos trabajos o había de ser desposeído de su ser y honra, y que después había de volver a ser gran señor, e ilustre, de muchas rentas, y decía otras cosas”. 

         Y después de las batallas: “Digamos ahora [que a] el astrólogo Botello no le aprovechó su astrología, que también ahí murió con su caballo.  Pasemos adelante, y diré cómo se hallaron en una petaca de este Botello, después que estuvimos en salvo, unos papeles como libro, con cifras y rayas y apuntamientos y señales, que decía en ellas: ‘¿Si me he de morir aquí en esta triste guerra en poder de estos perros indios?’  Y decía en otras rayas y cifras más adelante: ‘No morirás’.  Y tornaba a decir en otras cifras y rayas y apuntamientos: ‘Sí morirás’.  Y respondía la otra raya: ‘No morirás’. Y decía en otra parte: ‘¿Si me han de matar también a mi caballo?’  Decía adelante: ‘Sí matarán’. Y de esta manera tenía unas como cifras y a manera de suertes que hablaban unas letras contra otras en aquellos papeles que era como libro chico. Y también se halló en la petaca una natura como de hombre, de obra de un geme [una cuarta], hecha de baldrés [cuero], ni más ni menos, al parecer de natura de hombre, y tenía dentro como una borra de lana de tundidor [sobras de lana]”.

         Conmueve, tanto o más que la severidad de las batallas que debió librar el tal Botello, el andar loma tras loma entre las flechas y los tambores en loor a Huitzilopochtli, echándose la suerte con un método tan binario, tan riguroso, de o no, casi como preguntarse el destino a los volados.

         El I Ching, una vez transcurridas las primeras consultas asombrosas, que parecen en efecto (al novato entusiasta) adivinar concretamente algo, es más piadoso. No es binario, sino múltiple, y muy rara vez ofrece un pronóstico totalmente negativo o totalmente positivo. La mayor parte de las ocasiones se demora en una selva enredada de semi-afirmaciones y semi-negaciones, de matices, que intentan más bien apoyar algunas intuiciones o ideas inconscientes o inconfesadas del consultante, en contra de sus ideas fijas o de su voluntarismo.

         Es un recurso maravilloso, como otros métodos aleatorios, para el obseso y el atribulado: para aquel angustiado que ya está tan dominado por su pánico o por su esperanza, que no acierta a pensar nada sino su propia obsesión, su propia tribulación. El I Ching entonces arroja aire fresco en su cerebro, y le interpone una serie de metáforas dispares que acaso lo lleven a pensar en circunstancias o posibilidades que hasta entonces, en su obsesión, no había tomado en cuenta.  El I Ching además, en estricta ortodoxia, invita solamente a la reflexión y nunca adivina la suerte al chas chas.

         El tal Botello, más ambicioso, con sus adivinaciones medievales, binarias,  rigurosas, sólo contaba con dos respuestas, el y el No, que no se combinaban sino sólo se alternaban en implacable cálculo de probabilidades. Pasarían más de dos siglos antes de que los jesuitas oyeran hablar de ese libro chino que, si bien parte de un meollo binario --casi un sí y un no: la raya grande y las dos chicas--, conforma 8 trigramas que se reproducen en 64 hexagramas; cada uno de ellos, además, cuenta con su propia serie de variables. Y a veces un hexagrama invoca a otro contradictorio como complemento. El I Ching no suele prometer “No te matarán” ni “Sí te matarán aquí esos perros indios en estas tristes guerras”: hablará de los tiempos de avanzar y de los tiempos de solidificar, del juego de la cautela y la audacia, de la acumulación y la merma, de lo duro y lo blando, etcétera, siempre sugiriendo (con diversa intensidad) tanto la salvación como la catástrofe, que a final de cuentas no son lo que le importa, sino la paz interior del consultante en esos precisos momentos de tribulación.

         Si como decían los estoicos, el miedo no hace sino multiplicar por anticipado los daños, y uno muere una vez de más en cada ocasión que tiene pavor de la muerte, acaso ninguno de los conquistadores vio por escrito tantas veces la suya como el pobre Botello, conquistador de a caballo, que iba todo el tiempo con su librito adivinando las batallas, y probablemente a cada “No te matarán” correspondía un “Sí te matarán”.  Debieron sucederse muchas batallas mexicanas antes de aquella que de veras le costó la vida, y es difícil suponer que el “No te matarán estos perros indios en estas tristes guerras” le había sido invariablemente revelado, a través de su librito, en todas ellas, antes del “Sí” único de la Noche Triste. Y lo mismo con respecto a su pobre caballo.







EL ORO DE LOS TRASGOS



Don Baltasar de Jáuregui ni siquiera tenía el derecho de firmarse con el “don” ni con el “de”. Soldado Baltasar Jáuregui, a secas; soldado irregular y sin otras pruebas de sus méritos militares que dos o tres cartas ante escribano de ancianos conquistadores (igualmente dudosos y sospechosos), dizque sus compañeros de armas; una pierna baldada y el cuerpo entero cosido de cicatrices.

A sus ochenta años seguía presentándose todos los días al Palacio del virrey, para averiguar cómo iban sus asuntos, pero rara vez se le permitía entrar. Las antesalas de Palacio, y aun las puertas y la calle, estaban siempre llenas de escribanos, litigantes, solicitantes, quejosos de todas las castas. Todos cargados de legajos.

Jáuregui era a quien más odiaban los guardias, de puro necio, y al que más frecuentemente echaban por la fuerza a la calle, derribándolo, a pesar de su vejez y de los charcos de inmundicias que rodeaban el Palacio.

Jáuregui los increpaba a su vez con tremendas maldiciones, que nadie alcanzaba a escuchar entre el barullo del mercado de la plaza, el escándalo de cerdos (en venta frente a Palacio, a pesar de las ordenanzas), gallinas, guajolotes, borregos, burros, mulas y caballos.

Se le había dicho claramente desde hacía diez años que esperara sentado a que se resolvieran sus asuntos. Los negocios de Palacio van despacio, y si tienen que viajar a España tardan más todavía. Que se encomendara a algún santo o a alguna potencia celestial; el arcángel san Rafael, arcángel viajero, tenía fama de acelerar todo tipo de trámites.

         Los asuntos de don Baltasar de Jáuregui eran su miseria, después de más de medio siglo de batallar contra los indios desde Honduras hasta Nuevo México. Ninguna recompensa: ni oro, ni tierras, ni indios, ni títulos, ni siquiera un puesto de criado en Palacio.

Muchos conquistadores verdaderos y una epidemia de farsantes llevaban litigando lo mismo desde los propios tiempos de Hernán Cortés. A ninguno se le creía mayor cosa, aunque escribiera (pocos sabían escribir) o dictara sus aventuras para convencer a los funcionarios. Acaso les habría convenido ser mudos. Entre más contaban, precisaban, abundaban en sus aventuras de guerras con los indios, menos se les creía. Decían puras barbaridades, cosas fabulosas: hablaban de indios guerreros enormes y terribles, de flechas de obsidiana que cortaban más que las espadas de Toledo, de gigantescos ídolos de piedra cuya sola vista infundía terror, de batallas tremendas que hacían palidecer a las del Cid contra los moros.

Se rumoraba de cierto soldado loco, igualmente senil, que, desde Guatemala, dejaba atrás todas las novelas de caballería con su enorme e ilegible relación “verdadera” de sus bravuras de conquistador, a fin de conferir lustre al barato apellido Díaz. Y que un tal Gaspar algo (probablemente un simple Pérez) se proponía componer un largo y enfadoso poema sobre estas cuitas (que haría publicar en Madrid, y que estaba destinado a histerizar tres siglos más tarde a don Marcelino Menéndez y Pelayo).

 Como si no estuvieran a la vista los indios, taimados y levantiscos pero nada terribles, serviles y suplicantes: ahí mismo, acuclillados en la plaza, embrutecidos de pulque: a ver, ¿quién les tenía miedo? Con la sola mirada cualquier fraile dominaba centenares o millares de indios. “Pura plebe y ya. Peor que plebe: a su lado los gitanos y la chusma sevillana lucirían como toda una aristocracia”.

Y como si las más altas autoridades políticas, eclesiásticas y eruditas no hubieran declarado que la Virgen y el apóstol Santiago habían realizado todo el trabajo de la guerra, al frente de batallones de meros borrachines y perezosos. Por ejemplo: convencieron previamente a Moctezuma y a sus sacerdotes de que los españoles eran dioses: en efecto, con ellos venía Cristo. Por ejemplo: llegaban la Virgen y el apóstol en el momento decisivo de la batalla, arrojaban polvo a los ojos de los indios, verdaderas tolvaneras, con sus manos sagradas, de modo que la soldadesca se limitaba a degollar a puro ciego ocupado en restregarse los párpados.

         Por ello la justicia real y la divina habían impedido que quienes se llamaban “soldados de la conquista”, salvo unos cuantos capitanes, sacaran algún fruto de sus aventuras fabulescas. Nada más había que verlos en la plaza, misérrimos y medio locos; algunos dedicados a los oficios más bajos, como remendar botas, o a vender hortalizas y gallinas como cualquier indio. Había incluso muchos indios menos pobres que ellos. Y algunos a quienes hasta se les permitía llamarse oficialmente “don” y “de”, como los infatuados caciques de Texcoco y Tlaxcala.

Los funcionarios, los frailes y los españoles que habían llegado a la Nueva España después de las guerras, estaban hartos de tanto embuste. Cincuenta, sesenta años de sufrir a los innumerables “soldados” que, para granjearse cualquier tipo de limosna, contaban una y otra vez, exagerándolos hasta la demencia, su bravura contra los indios feroces, sus heroicos servicios al rey y a la religión, mientras mostraban muñones, llagas, cicatrices o tumores que más parecían resultado de riñas de taberna o de enfermedades sexuales que auténticas rúbricas de alguna batalla.

         Don Baltasar de Jáuregui, quien no se perdonaba el “don” ni el “de” al menos para pedir limosna entre las marchantas indias del mercado y los criollos y mestizos pobretones, probablemente había ido enloqueciendo (si es que no obraba de mala fe), según se decía, de tanto contar las mismas historias. Se le había pillado en contradicciones. A veces tal hecho terrorífico lo situaba en Honduras, otras –igualito- en Chiapas, en Tenochtitlan, en Michoacán, en Cíbola o en la Nueva México. Su audiencia, conformada principalmente por mozalbetes y guasones, la chusma de los “arrebatacapas”, se divertía haciéndolo desatinar.

Y por otra parte, ¿acaso no lo habían contado ya todo los frailes, desde el púlpito?  Nada de lo que éstos referían coincidía con las quimeras de “don” Baltasar. ¿Acaso no se alzaban ya los palacios, los conventos y los templos, demostrando con todo esplendor quiénes verdaderamente habían ganado esta tierra? Cervantes de Salazar y algunos poetas habían cantado la nueva ciudad-monumento de los triunfadores. ¿Quién iba a creer que los auténticos adalides eran ese puñado de “soldados” piojosos, purulentos, ignorantes, decrépitos, andrajosos?

         Muchas veces don Baltasar de Jáuregui recibía insultos o legumbres podridas en plena nariz, en lugar de limosna, a cambio de sus relatos. Pero había uno que siempre funcionaba, y se lo solicitaban con frecuencia. Trataba de la primera vez que, si hemos de creerle, se comió chorizo en la Nueva España.

Después de delirar, como en las novelas de caballería, sobre los palacios llenos de oro y joyas de Moctezuma, de los templos altísimos como mezquitas, de los tambores y atabales de Huichilobos que atronaban cual volcanes en erupción, de los sacerdotes pestilentes y renegridos como el mismo demonio, de las batallas con bergantines en la laguna; de la destrucción casa por casa de toda la ciudad de Tenochtitlan y del incendio final, cuando los escombros de la que había sido “la más rica metrópoli del orbe” quedaron atiborrados de cadáveres: unos pudriéndose en tierra, florecientes de gusanos; otros flotando hinchados y rodeados de nubarrones de moscas, lentamente devorados por los zopilotes, picotazo tras picotazo; en fin, después de repetir todos los lugares comunes de la charlatanería de los “soldados” limosneros, llegaba la mentada hora del chorizo.

         Decía don Baltasar de Jáuregui que para huir de la peste de los miles y miles de cadáveres mexicanos, los conquistadores triunfantes se habían retirado unos meses a Coyoacán. Y que lo primero que hicieron ahí fue un gran banquete de celebración, con comida cristiana, es decir: de marranos, porque ya estaban hartos de la indígena: los elotes tostados, las tortillas insípidas en tacos de insectos y renacuajos asados y los puros quelites hervidos.

En una reciente flota de Cuba habían llegado muchos marranos, y así se preparó la comilona, con bastante vino de Castilla que habían recibido, o comprado más bien a precio de oro, para la ocasión. Disponían asimismo de algunos instrumentos de música y se armó un baile, aunque las mujeres españolas que andaban de soldadonas eran muy pocas y muy feas. Con la ayuda del vino, algunos conquistadores se pusieron mantas y prendas de mujer, y se contoneaban al modo de las rameras, jugando a las damas de danza de sus propios compañeros, como en carnaval, para que todo mundo bailara muchas horas. Algunos danzaban hasta encima de las mesas.

         Decía también que todos andaban cargados de oro y de piedras preciosas: el botín de guerra, que luego les robó el propio Hernán Cortés y sus capitanes, y que todo aquello lo traían colgado y atado al cuerpo, como vastos almacenes bípedos de la más extraña mercadería del infierno.

Que además de los tejos o barras de oro fundido, portaban ídolos, animales y demonios de oro y de piedras preciosas, de modo que cada soldado pesaba como diez, y a cada paso de baile se tambaleaba; y luego, con la borrachera, allá iba a dar al suelo con todas sus riquezas tres o cuatro veces por danza. La tierra llana retumbaba a cada caída, para no hablar del crujir de tablones, losas, escaleras.

Que en ese banquete, donde “por primera vez se comió chorizo en estas tierras”, y demás anheladas variedades del cerdo, todos los soldados juraron que se mandarían hacer armaduras de oro, y camas de oro, y palacios de oro; y que les sobraría oro para comprarse duquesas y marquesas españolas que vinieran a servirlos como esposas y queridas.

Que llegaron a reñir sobre quién iba a construirse un palacio de oro más alto que el otro, o sobre quién se iba a casar con tal o cual princesa de Italia.

Entonces las carcajadas de los escuchas de don Baltasar de Jáuregui llegaban a tal estrépito que se presentaban los guardias de Palacio, dispersaban a la chusma, le daban (por no dejar, pues era incorregible) una tunda al loco Baltasar, y regresaban con presteza a mantener el orden entre la turba de solicitantes, demandantes, quejosos y pedigüeños que esperaban turno a la puerta y en las antesalas de Palacio. Todos cargados de legajos.

         Don Baltasar se levantaba con muchos esfuerzos, recogía alguna monedilla o cualquier objeto de ínfimo valor que le hubiesen arrojado, como llaves oxidadas y herraduras rotas, y se iba a comprar un buen trozo de chorizo, que ya lo fabricaban muy bien los propios indios. Como estaba totalmente desdentado, lo mordía con los dedos, desmenuzándolo, y luego se lo llevaba a la boca. Se tardaba horas en deglutirlo, con una mirada soñadora: tan loco lo habían dejado sus sueños de oro.

         Recordaba que el padre Motolinía había predicado alguna vez que todas las riquezas “malditas” que los españoles tomaban de los indios era “el oro de los trasgos”, o de los duendes, que desaparecía en cuanto lo tocaban. Al Marqués del Valle y a otros escasos afortunados no se les esfumó todo ese oro, ni a los frailes, que no lo escatimaban en sus templos; ni mucho menos al rey y a sus funcionarios. Pero a los soldados sí.

Y cuando se les desapareció el oro de Tenochtitlan fueron tras el de Yucatán, Guatemala y Honduras: se les volvió a desvanecer. Y luego tras el de Nueva Galicia, y las Siete Ciudades, y Florida y la Nueva México: siempre desaparecía: “El oro de los trasgos”.

Entonces don Baltasar de Jáuregui miraba el resto de su chorizo entre las manos, volvía a morderlo con los dedos (las uñas como afilados y negros colmillos), a desmenuzarlo hasta dejarlo finito, finito; se lo llevaba finalmente a la boca, lo ensalivaba muchas veces y lo tragaba con cierta dificultad, con una infatigable nostalgia y con los ojos vidriosos, como al borde de un llanto pequeñito, casi agotado.   







MÁS RAZONES DA EL PULQUE



Quien quiera creerle a Fernando de Alva Ixtlixóchitl -cosa poco recomendable, pues la venalidad y las mentiras intencionadas de este historiador, son más que evidentes- pensará que entre los antiguos mexicanos no había peor crimen que la borrachera, que podía incluso ser penada con la muerte.  El código de Nezahualcóyotl le pareció a Clavijero (Historia antigua de México) uno de los más sanguinarios del mundo.

         Todos los frailes cronistas hablan de una edad de oro del antialcoholismo, antes de la llegada de los conquistadores, en la que a nadie se le pasaban los pulques; es más, en la que sólo se consumía el pulque en cantidades microscópicas y en celebraciones muy especiales, salvo como medicina o reconstituyente para los ancianos. ¿Tanto escándalo entonces por la invención del pulque, una bebida que no se bebía?

         Bueno: no toda la historia antigua de México es azteca, nación que con sus aliadas se sometió a tal disciplina guerrera que, en efecto, parece congruente que se penaran con severidad los vicios impropios del guerrero. Los cronistas soldados de las guerras de conquista no vieron muchas borracheras entre los indios combatientes, antes de su derrota. 

         El caso es que se dice que no había embriaguez antes de la conquista, y que después de ella todo fue una continua borrachera de los indios: bebían para soportar la explotación, para morirse, para matar, para...

         Motolinía pone la voz de alarma (Memoriales).  Vencidos con relativa facilidad Huitzilopochtli, Tláloc, Tezcatlipoca y Quetzalcóatl, un antiguo dios menor se convertía en el ídolo indígena insumiso, Ometochtli, el dios del pulque.

         Se apareció en Tlaxcala, en la persona de uno de sus sacerdotes, que se atrevió a predicar y a hacer ritos en pleno tianguis, y a amenazar de muerte a los niños indios cristianizados, por haber abandonado a sus propios dioses y rendir culto traidor a la extranjera santa María.

         Los niños indios cristianizados -que habían sido secuestrados por la fuerza, y recluidos en monasterios donde se les aleccionaba y formaba como futuros caciques o gobernadores de indios- se indignaron y, llenos de antialcohólico cristianismo (una religión del vino, desde luego), lo mataron a pedradas entre todos:

         Uno de ellos “tirole con la piedra, y luego acudieron todos los otros; y aunque a el principio el demonio hacía rostro, como cargaron tantos muchachos comenzó a huir, y los niños con gran grita iban tras él tirándole piedras, y íbaseles por los pies; mas permitiéndolo Dios y mereciéndolo sus pecados, estropezó y cayó, y no hubo caído cuando le tenían muerto y cubierto de piedras, y ellos muy regocijados decían: ‘matamos al diablo que nos quería matar. Ahora verán los macehuales (que es la gente común) como éste no era dios sino mentiroso, y Dios y santa María muy buenos’” (Motolinía).

         Los frailes hubieran querido exterminar el pulque, pero ¿qué otra cosa les hubiera quedado a los indios? ¿Sin pulque, con qué habrían alimentado a los peones de las minas, los campos de cultivo, las construcciones de casonas y conventos?  Y por lo demás, era buen negocio y dejaba muchos impuestos. El pulque fue creador de oligarquías criollas hasta bien entrado nuestro siglo, y el ramo más generoso de los ingresos del Estado. Sólo se le prohibía (apenas unas semanas) en períodos de suma agitación. Es el triste antecedente de nuestra “ley seca” en los días de informe o desfile.

         Así, en junio de 1692, cuando a causa de la pésima administración virreinal y de malas cosechas, el precio del trigo y del maíz se fue a las nubes, y el pueblo llano de todas las razas y castas se amotinó en la plaza mayor, Carlos de Sigüenza y Góngora (Motín y alboroto de México en 1692) lanzó su teoría de que las revoluciones populares mexicanas no tenían otro origen que el pulque.  ¿La rebelión, cosa de pobres, de humillados, de explotados, de ofendidos?  No: pura cosa del pulque.

         Dice que el grito de los amotinados era “¡Mueran los españoles! ¡Viva el pulque!”  Los peligros del pulque consistían no sólo en a] calentar el odio de los indios y el pueblo llano contra los españoles, ni en b] insolentarlos, sino además en c] agruparlos y conjurarlos en torno a la borrachera popular, como gran escuela de conjuradores, y sobre todo en d] afirmarlos en tal desprecio por la propia vida que, tambaleantes, enseñaban las barrigas a los soldados del virrey y los retaban a que dispararan. Tales eran las cuatro razones del pulque:

         “¿Quién podrá decir con toda la verdad los discursos en que gastarían los indios toda la noche?  Creo que instigándolos las indias y calentándoles el pulque, sería el primero quitarle la vida, luego al día siguiente, al virrey; quemarle el palacio sería el segundo; hacerse señores de la ciudad y robarlo todo, y quizá otras peores iniquidades, los consiguientes, y esto, sin tener otras armas para conseguir tan disparatada y monstruosa empresa, sino las del desprecio de su propia vida, que les da el pulque... Como nunca (entrando el tiempo de su gentilidad) llegó la borrachera de los indios a mayor exceso y disolución que en aquestos tiempos en que, con pretexto de lo que contribuyen al rey nuestro señor los que lo conducen, abunda más el pulque en México, en un solo día, que en un año entero cuando lo gobernaban idólatras. Al respecto  de su abundancia, no había rincón, muy mal he dicho, no había calles ni plaza pública en toda ella, donde, con descaro y con desvergüenza, no se le sacrificasen al demonio más almas con este vicio, que cuerpos se le ofrecieron en sus templos gentílicos en los pasados tiempos... Desde el instante mismo que se principió el tumulto, inspirados quizá del Cielo, levantaron todos el grito: ‘¡Éste es el pulque!’...” 

         Semejantes descripciones encontramos en las crónicas y relatos de la Revolución Mexicana. José Juan Tablada cantó a nuestro patriotismo, con una novedosa y pulquera explicación de los colores nacionales:



         “Creo que se me han subido los colores

         de mole verde, de tlachique y vino.

         ¡Viva la patria! ¡Mueran los traidores!

         ¡Qué vacilón, compadre Ceferino!”



         Todos los moralistas novohispanos vociferan contra el pulque. Pero desde los primeros frailes hasta los científicos borbónicos hablan con asombro y devoción de la maravilla de los pobres, el maguey. Planta que crece en la esterilidad a bajo costo y con poca industria, y sirve como alimento, licor, ropa, leña, tejas y medicina. 

         El sabio dieciochesco José Ignacio Bartolache (“Historia del pulque”) encuentra grandes beneficios de todo tipo, y sólo critica la adulteración y el descuido en su comercio urbano --en los ranchos se bebía pulque limpio--, que lo vuelve insalubre, y su mal olor (sólo hasta nuestro siglo encontramos en el pulque el caldo de cultivo de amibas y demás demonios gastrointestinales: así, Ometochtli no fue vencido por Cristo ni por el rey de España, sino por las campañas de la Secretaría de Salud, el Instituto Mexicano del Seguro Social, el Instituto Nacional de Nutrición, la cerveza Corona, el ron Bacardí, el brandy Presidente y gran variedad de marcas de tequila...)

         Uno de los mayores poetas novohispanos, Francisco de Castro, dedicó sus versos más sentidos de La octava maravilla al maguey, la planta de la Virgen de Guadalupe, pues del maguey surgió la tela de su imagen. El maguey es indomable al mal clima: “dura al sol, dura al agua, dura al hielo”; defiende su dulce corazón con pencas más afiladas que lanzas: “Su corazón lo diga alado a pencas/ de agudas arcas más que las flamencas.” Y ofrece mil y un beneficios: tres licores o potables: aguamiel, pulque y mezcal; materia para papel y tela, para leña, etcétera:



         “Tres potables le brinda: uno, es el vino

         que -cuando la alquitara le resuelve-

         sabe correr por aguardiente fino;

         su castigada hoja, en hebras vuelve

         hilo, si no de asiento, de camino;

         de afán y frío en el hogar absuelve:

         y al fin, sobre otros mil usos, al dueño

         sirve de vino, agua, dulce y leño.”



         Algo extraño debe haber entre el maguey y la Virgen, una relación tan querida para los indios como sospechosa para los teólogos. ¿No estaremos frente a una Virgen del Pulque?  Sahagún denunció que los indios ocultaban sus ídolos tras nombres y figuras españolas: detrás de san Juan guiñaba a los indios Tezcatlipoca, y detrás de Guadalupe los consolaba la Tonantzin.  ¿Sólo la Tonantzin? ¿No concurría también una personificación femenina de Ometochtli?

         Uno de los más peligrosos enemigos de la tradición guadalupana, quien con el aparente fin de defenderla minó los argumentos devotos con que se la entronizaba, Bartolache, encuentra en la Virgen del Tepeyac a una deidad del pulque (1772). Analiza la imagen de la Virgen de Guadalupe:

         “Es el caso que notando con atención la figura que hacen las pencas del maguey, advertí luego, con no poca sorpresa y admiración, ser muy semejante a la de aquel campo, nube o nicho, en que rematan los rayos dorados del sol que rodea a la divina imagen guadalupana. De suerte que quien quisiere figurarse los contornos de dicho campo, no tiene más que suponer una penca truncada una parte por la espina e invertida punta abajo como si se suspendiese de donde nace el tallo. Y no dudo que pudiera colocarse el dibujo de esta santa imagen materialmente dentro de una gran penca, apresándola para que se redujese a un plano: y entonces los contornos del lienzo quedarían semejantísimos a los originales”. 

         Nuestra Señora del Aguamiel, sonriendo a sus devotos desde el tierno corazón de los magueyes. En las crónicas de Clavijero y Veytia de las festividades guadalupanas, sabemos que ya en el siglo XVIII, por lo menos, la muchedumbre que iba al santuario el 12 de diciembre celebraba el santo de la Virgen con abundante pulquiza.







FRAY CIPRIANO EN LA HOGUERA



Aun antes de que el Santo Oficio de la Inquisición se estableciera formalmente en la Nueva España, con el gran inquisidor don Pedro Moya de Contreras a la cabeza (1571), ocurrieron ciertos procesos inquisitoriales tan informales como escandalosos contra judaizantes, herejes, blasfemos, bígamos, hechiceros, nigromantes, malvivientes, malhablados y demás miserables que incurrieron en la ira de repentinos jueces intemperantes.

Novecientos ajusticiados en todo un siglo, el XVI, parecen pocos –aunque el diccionario no establece una cifra precisa a las palabras matanza y masacre- a quien olvida que la población española de ese tiempo en la Nueva España era harto reducida, y más escasa aún la de religiosos y letrados laicos capaces de incurrir en los delitos aristocráticos, intelectuales, que el Santo Oficio perseguía.

Los indios, salvo las primeras décadas en que anduvo muy barata la quemazón de caciques renuentes a convertirse al cristianismo o reincidentes en sus antiguas tradiciones, cultos y creencias idólatras, quedaron oficialmente fuera del poder de los eruditos inquisidores, pues se les consideró almas de escasa, débil o reciente razón, incapaces de pecados espirituales.

Los españoles pobretones e ignorantes tampoco solían caer en el círculo de fuego del Santo Oficio, y sus pecados, tan múltiples y naturales como los de cualquier plebe de Europa, como la lujuria, la embriaguez, el robo, la violencia, la superstición, la maledicencia y hasta su impaciencia rayana en la franca rebeldía contra frailes y obispos prepotentes, podían ser administrados por confesores y fiscales del crimen, con severidad no siempre menor que la de los inquisidores.

A ningún arriero o carretonero se le quemaba vivo por tener amores con mil mujeres, sino al  bachiller facineroso y torvo que se atreviera a casarse con varias, atentando así, con soberbia ostentosa, contra el sacramento del Matrimonio.

Las víctimas del Santo Oficio se recolectaban generalmente entre familias adineradas (si no había gran botín, ¿para qué tomarse todo el trabajo del proceso?), especialmente de origen portugués, como la Carvajal, a quienes se les atribuía profesar en secreto el judaísmo y profanar imágenes cristianas: que tal latigaba en su cuarto un crucifijo o una imagen de yeso o madera estofada del Niño Jesús; que otro había ido a comulgar y, aprovechando la distracción de los religiosos y los feligreses en el tumulto de una misa de Jueves de Corpus, en lugar de tragarla se había sacado con los dedos, embozadamente, la hostia de la boca; la había escondido en las páginas de su devocionario, la había luego martirizado con navajas y alfileres, y finalmente la había enterrado en el dintel de su comercio, de modo que todos los parroquianos la pisotearan al entrar y salir de él... 

Que ciertos frailes traducían sin permiso pasajes lúbricos o misteriosos del Antiguo Testamento, como la Psalmodia christiana de fray Bernardino de Sahagún, o componían letrillas irreverentes o burlescas contra la Trinidad, la Encarnación, la Inmaculada Concepción, como (al parecer) Pedro de Trejo...

Que otros, aburridos y pedantes en sus conventos, se atrevían a lecturas prohibidas de autores erasmistas o luteranos; o a desempolvar las querellas bizantinas de Orígenes y Hegesipo, Atenágoras y Policarpo, Arriano y Tertuliano; Irineo y Clemente de Alejandría, Eusebio y Basilides, Montano y Nestorio; Eutiquio y el siempre pontifical y untuoso Evodio, obispo de Antioquía (sospecho un galimatías de valientes terminajos gnósticos, precursor de Plotino); Valentino y Marción, como crucigramas heréticos que seducían a sus mentes soberbias, a la manera de ciertos viciosos jugadores de ajedrez que vuelven y revuelven a partidas disputadas y resueltas mil años antes.

 Tal parece haber sido la desgracia de fray Cipriano de Valdés, viejo franciscano cuyo proceso fue misteriosamente sustraído de los legajos del archivo de la Inquisición, y que nos vemos en la necesidad de reconstruir con dispersas y a veces veladas alusiones de manuscritos prolijos y obras olvidadas y peregrinas.

No sorprende que, hacia 1569, el  fulminante licenciado Bibero, inquisidor anticipado, haya sentenciado contra él una fórmula semejante a la aplicada contra el judaizante Luis de Carvajal:

“Atento a la culpa que resulta contra el dicho fray Cipriano de Valdés, fallo que lo debo condenar y condeno a que sea llevado por las calles públicas de esta ciudad, caballero en una bestia de alabarda y con voz de pregonero que manifieste su delito, sea llevado al tianguis de S. Hipólito, y en parte y lugar que para esto esté señalado, sea quemado vivo y en vivas llamas de fuego, hasta que se convierta en ceniza, y de él no haya ni quede memoria...”

Quizás el lector moderno no encuentre en fray Cipriano de Valdés mayor delito que una inmoderada admiración por Plutarco y Séneca, y acaso Epictecto y Marco Aurelio, cuyas obras –o más bien, citas y referencias atribuidas, leídas o escuchadas en los tiempos que vivía en España (era natural de Salsipuedes, Murcia), pues no se le encontraron esos volúmenes en su costal de tiliches- le habían sorbido el poco seso que le quedaba a su edad de ochenta años.

El caso es que fray Cipriano de Valdés, después de una juventud valiente y misionera, devota y edificante, cuyos méritos no olvidaron sus hermanos de congregación en algunos “menologios”, decayó en su salud hacia la edad de cincuenta años, hacia 1529.

Por entonces, agobiado ahora por el mal de piedra, ahora por cólicos, vómitos e hinchazones; ahora por jaquecas y mareos, fiebres y alucinaciones, se dispuso a bien morir, ejercicio en el que había ocupado buena parte de su vida religiosa.

Varias veces recibió los últimos sacramentos.

Pero nunca moría. Y nunca sanaba.

Se dice que en alguna ocasión ya apenas le quedaba un hilito de vida. Casi ni resollaba. Los miembros hinchados y amoratados. Las facciones contraídas en un gesto permanente de congestión y angustia.

Todos los frailes de su convento se congregaron en misas, oraciones y cánticos para preparar su ingreso al cielo. Se le administraron los santos óleos. Se le perdonaron todos los pecados que ya ni siquiera podía confesar, porque apenas si murmuraba monosílabos incomprensibles: “La cruz ma-zor-ca”. Se le remitió al Creador con preces solemnes.

Pero no murió. Se recompuso un poco. Volvió a andar cojeando por el convento, entre toses y apagados gemidos. Se orinaba y cagaba por todas partes, en los momentos menos oportunos.

Cuando pretendía decir algo, de pronto emitía inopinadamente un esputo en plena faz del hermano, del prior o del confesor.

Roía su mendrugo de pan, que a ratos vomitaba; sorbía sus jarros de agua y (en sus mejores momentos, vino), que frecuentemente escupía, como si le quemaran las entrañas.

Pero seguía viviendo. Se convirtió en una calamidad para su convento. Ya ni siquiera lo aceptaban en los hospitales: “¿Para qué nos lo traen?, si ése no se muere”. Uno no iba a los santos hospitales novohispanos a sanar, sino a morirse. Y rapidito, que la cola era larga.

Varias veces se escapó del convento, como si hubiese perdido la memoria y la conciencia de que era fraile, y anduvo de indigente por las calles, de donde había que recogerlo para que no se creyera que la Orden Seráfica lo había lanzado sin misericordia a pudrirse en el arroyo. 

Siempre caminaba mal, dormía mal, comía mal, bebía mal, orinaba mal, cagaba mal, hablaba tartajosamente de cosas incomprensibles: “La cruz ma-zor-ca, la cruz ma-zor-ca”. Y así durante una agonía de cuarenta años, hasta que cumplió los ochenta.

Entonces, sorpresivamente, en la pocilga de trebejos y trapos pestilentes de la celda en que se le había abandonado, y que ya nadie visitaba (más que celda, era una oscura bodeguilla en la parte más retirada y oculta del Convento de San Francisco), aparecieron sus “manuscritos”.

De alguna manera había que llamar a esos papeles con pedazos de frases, dibujos, letras o signos garabateados.

Resultó que, a lo largo de esos cuarenta años de agonía (1529-1569), fray Cipriano de Valdés recibía extrañas, súbitas iluminaciones de su conciencia, que ocupaba en pergeñar anotaciones y garabatos en pedazos de papel o de trapo, que refundía en el costal de sus pertenencias o basura.

Doctores en teología y filosofía fueron convocados para descifrarlos, y el resultado indignó sobremanera al licenciado Bibero.

Proliferaba en esos manuscritos un signo que parecía una rúbrica o letra mal dibujaba y que finalmente quedó descifrada como un signo esotérico: la Horca.

Se descubrió que el fraile llevaba al cuello, como escapulario, un  pringoso mecate amarrado. Así desde hacía cuarenta años.

Que tenía sobre su catre un crucifijo, pero suspendido de un clavo con otro mecate, ¡como ahorcándolo! Cruz + Horca: “La Cruz Mazorca

Se reconstruyó una cita de Séneca: Ubique mors est; optime hoc cavit deus. Eripere vitam nemo non homini potest; at nemo mortem; mille ad hanc aditus patent  “Por doquiera está la muerte, según lo ha previsto Dios con magnificencia. No hay quien no pueda quitarle la vida al hombre, pero nadie podrá despojarlo de la muerte, a la que lo llevan mil caminos” (Tebaida).

Se interpretaron sus balbuceos:

“Si quiero quemar mi saya, la quemo; si quiero quemar mi vida, la quemo”.

“Mi muerte es mi puerta y yo tengo la llave”. Abajo, a manera de rúbrica, un dibujo en forma de horca.

“Mi prisión tiene mil salidas”. Toda la página con signos de la horca.

“Moriré cuando yo quiera”.

“Cuando yo muera se acaba el mundo”. (El mundo suspendido de una horca, como una manzana ajusticiada).

“No desfallezcas: eres dueño de tu muerte”.

El licenciado Bibero halló que fray Cipriano de Valdés era nada menos que un cripto-creyente de la Puerta Dorada del Suicidio, abominación estoica.

Que a lo largo de sus cuarenta años de padecimientos no se sostuvo en la fe en Cristo, en la esperanza del paraíso, en las enseñanzas de la Iglesia, sino en la diabólica triquiñuela grecorromana de que podía ahorcarse en su propia celda cuando sus males de veras se volvieran insoportables. La eutanasia, que todavía aterra a nuestros jueces, clérigos, locutores y legisladores.

Pero como a veces las enfermedades le robaban toda energía y toda conciencia, no recordaba que podía ahorcarse, ni tenía fuerza para ello; y cuando las recobraba, aunque fuese parcialmente, pensaba, henchido de soberbia: “Todavía puedo regalarme a mí mismo una hora o unos minutos más de vida, ¡ya me ahorcaré al rato!”. Ese rato nunca llegaba.

Hubo frailes que atestiguaron extrañas alusiones de fray Cipriano al “misterio de Judas”. El apóstol de la horca.

Convicto, pues, de la herejía de pretender abandonar el mundo por propia mano, fray Cipriano de Valdés fue condenado al quemadero de San Hipólito.

A ciertos liberales jacobinos escandaliza semejante crueldad de los inquisidores contra un pobre fraile octogenario tullido, incontinente, llagado, escrofuloso, delirante.

No falta algún afrancesado historiador revisionista de El Colegio de México, enemigo de la “leyenda negra” de la Colonia, que sostenga lo contrario: a esas alturas, dice, el pobre fray Cipriano ya había perdido la llave de su puerta, ya no tenía suficiente razón ni energía para colgarse por sí mismo, discretamente, en su celda. La Inquisición, en consecuencia, lo ayudó generosamente a salir del mundo, donde había vivido ya demasiados años, por una vía más pública, calurosa y alumbrada: el quemadero.

Y se aprovechó su ejemplo para refrendar la censura cristiana a la desesperación y al orgullo de los suicidas, así fuese en potencia. Pues, razonaban los jueces y el licenciado Bibero: “El pensamiento de un crimen (y sobre todo la premeditación de la liberación de la enfermedad a través del suicidio a lo largo de cuarenta años) es tan grave como el crimen mismo”. 

Encuentro sin embargo que este razonamiento de los inquisidores podría, a su vez, haber sido causa de un juicio inquisitorial, aunque un siglo más tarde, por jansenista.







LAS INCREÍBLES AVENTURAS DE LA CHINA POBLANA



Don Felipe de Beaumont, más castizo que las alubias a pesar de su apellido y su peluca franceses, llegó con mal pie y peor paso a la Nueva España en 1720. Al parecer, venía en misión oficial a recabar ciertos informes de contabilidad y minería, ¿pero acaso todos esos informes no estaban ya en la corte de Madrid? ¿Para qué sufrir los gastos y tomarse el trabajo de tan largo viaje?, se preguntaron los novohispanos.

Algo grave y reservadísimo debía traerse entre manos, sospecharon, sobre todo cuando se supo que tanto el virrey como el arzobispo y los inquisidores lo recibieron con la mayor dignidad, y le organizaron juntas secretísimas así en la ciudad de México como en Puebla.

Como se sabe, se habían abatido tiempos malos sobre la “colonia”, como novedosamente decía el ilustrado y moderno Beaumont, palabra que escocía a los criollos que consideraban a la Nueva España como todo un “reino”: sequías, inundaciones, motines, piratas, epidemias... Pero tales desastres no interesaban tanto al linajudo visitante, se decía, sino las riquezas de los jesuitas.

Pronto corrió la voz de que se trataba de un espía del rey y de Roma para perjudicar a la Compañía de Jesús. Pero ¿acaso desde hacía buen tiempo, casi un siglo, desde el escándalo de la excomunión que lanzó alegremente el obispo de Puebla, don Juan de Palafox, contra todos los jesuitas, no estaban atiborrados los archivos de Roma y de Madrid de innumerables denuncias contra los jesuitas de la Nueva España? ¿Para qué sufrir el gasto y tomarse el trabajo de tan largo viaje, en lugar de despacharse cómodamente unos cuantos legajos reiterativos en Europa?

Medio siglo después (cuando la expulsión de los jesuitas de todos los dominios de España) se develó el secreto, y se publicaron fragmentos de la correspondencia de don Felipe de Beaumont con las autoridades peninsulares y papales.

Resultó que ni Madrid ni Roma podían creer ya en los informes que oficialmente se les dirigían. Parecían cosa de broma, o de farsa, como si todos los novohispanos conspirasen para burlarse de las autoridades supremas, las cuales recibían todo tipo de noticias y relatos fabulosos y extravagantes, como para morirse de risa. ¿A quién se le quería tomar el pelo?

Los obispos, provinciales y funcionarios españoles, por su parte, lo desestimaban todo de un plumazo: “Engreimiento, ignorancia y tontería de criollos visionudos a fuer de ociosos; se diría que los mitos seudocristianos que inventan ahora superan en descabellados a los de los indios de su gentilidad. Llamarían a espanto y a ejemplar escarmiento si no se tratase de boberías y ostentación pueriles. Todos los días se les aparece un Cristo o una Virgen de palo (verdes, amarillos o rojos) dentro de cualquier maguey”.

La política del papa y del rey hacia los novohispanos había sido hasta entonces severa y sucinta: no creerles casi nada y prohibirles casi todo. Pero incluso el ridículo tenía sus límites, aunque proviniera de los cuenteros mexicanos, los “entes” más cuenteros del mundo (¿dejaban acaso de fastidiar un instante con “su” Virgen de Guadalupe, autorretratista notable?); y ahora tanto el rey como el papa estaban al mismo tiempo estupefactos e indignados frente a la campaña jesuítica de canonización de una... ¡China pero poblana!

¿Por ventura se proponía la Compañía de Jesús convertir el santoral católico en un sueño de burlas de don Francisco de Quevedo? Ya existían antecedentes. Los jesuitas querían llenarse de santos provenientes de sus dominios mundiales, desde África y el Japón hasta la Nueva España. Y entre más extravagantes e inverosímiles, mejor: más celestiales. Las “prodigiosas relaciones” de varias docenas de nuevos “santos” jesuíticos al año atacaban de risa a los cardenales. Existía, según su decir, un aborigen del Mar del Sur, parcialmente evangelizado pero chimuelo por completo, a quien le reaparecían todos los dientes, macizos y formidables, cuando rezaba el credo en latín; de modo que aprovechaba la oración para comer: versículo y mordida, versículo y mordida...

         Beaumont informó que la tal “china” había sido una indigente esquelética, baldada y delirante, con sueños “místicos” desde sus harapos en una pocilga de la ciudad de Puebla. (Pocilga que al día de hoy ostenta un letrero: “Aquí vivió la China Poblana”).

Había muerto, muy anciana, en 1688. Y ni tardos ni perezosos, los jesuitas, sus confesores y padrinos, la habían proclamado de inmediato la Gran Santa de los Gentiles, pues al parecer provenía de algún litoral o isla de Asia, donde en su juventud la habían capturado unos piratas; y después de variadas peripecias, había sido finalmente vendida como esclava en la Nueva España –por conducto de la Nao de China, por supuesto- a unos potentados poblanos, deseosos de lucir una criada “china”.

Le aparecieron dos exaltados biógrafos, los dos confesores suyos: el jesuita Alonso Ramos, quien en tres volúmenes (1689-1692) divulgó Los prodigios de la omnipotencia y milagros de la Gracia en la vida de la venerable sierva de Dios Catharina de San Juan, natural del Gran Mogor, difunta en esta imperial ciudad de la Puebla de los Ángeles de la Nueva España; y el bachiller José del Castillo Grajeda, autor del Compendio de la vida y virtudes de la venerable Catarina de San Juan (1692).

Aquélla, decía Beaumont, la monumental de Ramos, tuvo demasiada suerte: tanta, que la prohibió el Santo Oficio "por contenerse [en ella] revelaciones, visiones y apariciones inútiles, inverosímiles", a la vez que se perseguían los retratos, grabados en madera, de la beata (desde 1691): el exceso de celo y la ortodoxia desorbitada, risibles, en la vida religiosa, volvían a la sociedad novohispana un tanto herética de puro disparatada, opinaba Beaumont; la segunda, de Grajeda, que no pretendía ser sino un resumen cauto de la primera, fue tolerada. Y hasta reeditada un siglo después.

No se trataba propiamente de una “china”, puntualizó Beaumont, sino más bien de una mujer proveniente de alguna zona del norte de la India. Se hablaba en los libros del Gran Mogor como su patria de origen y de Cochín como el punto intermedio, antes de llegar a Manila, donde fue bautizada por los misioneros jesuitas que ponían nombres de santos a los esclavos que vendían los piratas. Pues no era muy cristiano eso de vender ni comprar esclavos que no fuesen previamente bautizados.

  Para mejorar su hagiografía, los jesuitas la consideraron “hija de reyes” de algún reino asiático, pero lo maravilloso residía en que desde sus grandes tiempos de “princesa” oriental soñaba que la Virgen se les aparecía a ella y a su madre para hacerles beneficios, y profetizarles que la traería a un reino cristiano a gozar de su verdadera, única y santa religión. Y la “princesa china” añoraba el momento de ser atrapada, esclavizada y vendida, para morir finalmente en la santa indigencia.

A la muerte de su amo-potentado, Catarina pasó a manos de un clérigo, quien la casó con otro esclavo “chino”; todas las potencias celestiales conjuraron para que no perdiera la castidad la nueva casada, quien logró mantenerse virgen en el lecho de su esposo, con el poderoso recurso de instalar un crucifijo en las sábanas, entre ambos.  De algún modo desconocido, recobró la libertad poco después, cuando murieron oportunamente tanto su amo clérigo como su marido.

Si hubiese que creerles a los jesuitas, Catarina de San Juan ayudaba a los pobres y a los enfermos, desde su absoluta indigencia; y hasta habría que admitir que llegó a liberar de la esclavitud en los obrajes a algún desdichado, misericordia costosa aun para los potentados.

Azotaba y castigaba sus carnes. Ayunaba y se cubría de una montaña de harapos para no ver ni que la vieran, ni tocar ni que la tocaran, ni siquiera sus ancianos confesores, cuando ella ya era una vieja ciega y paralítica. 

Pero lo realmente importante resultaban sus visiones y su muy particular trato con Dios, con la Virgen y los santos, continuaba Beaumont. Los veía a cada rato y obtenía de ellos cualquier cosa que quisiera.

Alguna vez la Virgen del Socorro la vio tan desnutrida y castigada por los ayunos, que le ofreció, sin más trámite, sus propios pechos sagrados para alimentarla. Hemos de suponer que al menos en esa ocasión se alimentó muy bien.

Otra vez vio a los ángeles distribuirse por las nubes en una especie de bailables o procesiones a todo lujo, con banquetes e iluminaciones de fiesta de gala en un palacio real, sólo para su delectación.

Le era concedido ver en sus sueños “místicos” a otros seres, vivos o muertos, salvos o condenados, y sobre todo en el purgatorio. Por lo demás, Jesucristo la usaba de mandadera, a ella, que ni siquiera alcanzaba a dominar el castellano, para que transmitiera secretos y terminantes mensajes en latín a ciertos clérigos descarriados.

Se peleaba de bulto, de a de veras, con todos los demonios, y terminaba arañada, azotada, apedreada, pateada.  Sufría además de una permanente comezón en todo el cuerpo, que ni rascándose con “olotes bien secos” se le quitaba.

También ejercía, prosigue Beaumont, los milagros relativamente modestos de hacer aparecer monedas en los bolsillos necesitados y los más espectaculares de salvar de los piratas -o al menos presenciar, en visión santa, el salvamento- de las flotas españolas que tan azarosamente llegaban a Veracruz o a Acapulco.

Cristo se le presentaba hermoso o rumbo al calvario, en apuesta forma varonil o sudando sangre sobre la madera de una estatua del crucificado. 

Poseía entre sus no tan escasos trebejos un célebre "fragmento de unicornio", buenísimo para otro tipo de milagros. Fue muy estimada su intercesión tanto para producir lluvias como para detenerlas.

         Malvivía de cocinar hostias para los jesuitas, y el resto de su tiempo apenas le alcanzaba para atender a su Cristo y a su Virgen y a sus ángeles. Era la más pobre y humilde del reino, y por su extrema bajeza había sido escogida como la única comadre poblana por todas las potencias celestiales.

Esta "aunque indina bestia caballo", cita Beaumont las palabras recogidas por sus biógrafos; esta que se dice: "¿Qué soy sino un terra, un polvos, un muladar, un basura?", una perra y demás linduras, viajaba al firmamento más que ningún otro aventurero del cielo y la tierra, y con más facilidades.

Hablaba el bachiller Grajeda, informa Beaumont, a ratos citándola como quien desconoce el castellano, y a ratos como canónigo que se luce en el púlpito: "Y así estoy entendiendo que, a causa de remontarse tanto en esta virtud [de la fe], le hizo el Señor muchos favores, especialmente una noche que habiéndose recostado en su camilla en prosecución de los actos heroicos de fe que estaba continuando [o sea, repitiendo toda la noche jaculatorias de dos o tres palabras: “¡Jesús, María y José!”], la asió Cristo de un brazo y la colocó en el cielo, mostrándole toda su gloria y desde ella manifestándole todo el mundo.  Así me lo refirió esta sierva del Señor diciéndome:

-Una noche, Padris, que con muy buen fe hablaba yo para mi Dios, llevó Cristo para mí en el celo, y vi todo acá y allá.

"Como si dijera: Una noche que estaba mi alma toda embebida en tiernos y continuos actos de fe y en dulces coloquios que yo repetía a mi Dios y mi Señor, vi de repente que me asió Cristo de un brazo y me llevó al cielo, haciéndome patente toda la gloria, y desde él me enseñó y me manifestó toda la redondez de la tierra.

"Absorta pues Catarina de tan grande maravilla y postrada ante el supremo Juez de cielo y tierra, embebida toda el alma ante tal presencia, estaba cuando la dijo Cristo: ‘Ea, vuélvete, Catarina’, a lo cual respondió con la sinceridad que siempre le hablaba:

-Eso no, Señor, vuélveme tú, que has traído para mí, que está muy hondos de aquí a mi cama y podré caer y lastimar para mí.

"Como si dijera: Yo le respondí a su Divina Majestad: Señor, de aquí a mi lecho hay mucha distancia; vuélveme tú pues que tú me has traído, que yo si me quiero ir sola podré caer y podré lastimarme, siendo como ves la profundidad que hay de aquí a mi aposentillo tanta."

Santa santa pero nada tonta la China Poblana.

"A esta su sencilla respuesta, sonriéndose Cristo la volvió a coger del mismo brazo dejándola en el puesto donde la había arrebatado..."

         A su muerte, concluye don Felipe de Beaumont, se llenaron todos los templos de Puebla, y se celebraron oficios en todas las iglesias y colegios de jesuitas de toda la Nueva España.

“De modo que nadie ha querido burlarse de los grandes ministros del rey ni del papa en los informes y relatos oficiales que se envían a Madrid y a Roma, concluía Beaumont en 1720. En la Nueva España proliferan mitos como éstos. He escuchado incluso algunos bastante peores. En esta colonia no abunda el ingenio: cualquier barbaridad se cree ciegamente. Y tales burradas no privan sólo entre la plebe, sino sobre todo entre la gente más alzada y orgullosa de esta tierra, que suele ser de jesuitas o de personas formadas o avecindadas con jesuitas. ¡Que Dios nos libre de la soberbia y de la ignorancia de un mexicano con dinero y ciertos tratos con la Compañía de Jesús!”

                                      ***

Un siglo después de su muerte, pese a los desdenes de Roma y de Madrid, y a la prohibiciones del Santo Oficio, seguían publicándose biografías e imágenes de la China Poblana. Con total descaro, se le rezaba y se le rendía culto público.

Se ignora en qué momento preciso (entre la expulsión de los jesuitas a mediados del siglo XVIII y las guerras de Independencia) abandonó Catarina de San Juan sus ilegales altares, permanentemente prohibidos por la Inquisición y (al parecer) permanentemente tolerados, para transformarse en un tipo de zarzuela avant la lettre: imaginemos La verbena de la Poblana:



         ¿Dónde vas con enaguas zanconas,

         dónde vas zarandeando los pies?

         Yo me voy a bailar el jarabe

         Con un payo que sepa beber.



         Pues lo que nunca intuyó el linajudo don Felipe de Beaumont, ni los jesuitas, ni los novohispanos, ni Madrid, ni Roma, fue el último milagro de esta asiática indigente: convertirse ella, la fea, la apestosa, la beata, en una trigarante mestiza de cascos ligeros en la época independentista. Compañera de soldados al bailar el jarabe, ataviada con tricolores enaguas profusamente bordadas en lentejuelas y con una blusa de algodón muy escotada, además de un rebozo que la tapaba menos de lo que le servía para farolear y contonearse en las festejadas civiles o militares. Y con las trenzas llenas de listones, como arbolito de navidad.

Quizás a esta última, más que “china”, habría que llamarla la chinaca poblana, pareja del charro. Y nada jesuítica.

Sin duda el ilustrado Beaumont la hubiera encontrado más simpática; aunque su recargado vestido regional algo herede de lo visionudo de su lóbrega antecesora, habría añadido su esposa, la madama Beaumont, muy estricta en cuanto a la moda se refiere.







EL PIPIÁN DEL ARZOBISPO



I

Promediaba el siglo XVIII y el arzobispo de la ciudad de México trinaba contra los mexicanos y las potencias celestiales. Todos ellos, naturales y siderales, se negaban a la Ilustración, al sentido común, a la razón, a la lógica y a la observancia mínima de la decencia y del decoro modernos, al respeto por lo sagrado, en los asuntos del culto.

En vano el padre Feijoo acercaba la ciencia a la religión, y la razón a la fe católica. Se aparecían más cristos, vírgenes y santos en Chalco, Chalma, Amecameca o Apan durante un solo mes, que en toda Europa durante un siglo. ¡Qué tenebrosa y anticuada resultaba esta parte occidental del imperio español! ¡Qué irreverente e irrespetuosa!

¡Y se aparecían por cualquier cosa! Para pedir la construcción de una ermita misérrima en la punta de un cerro pelón, tenía que ocurrir el milagro aparatoso: se abrían los cielos, desfilaban los ángeles con todas sus galas, y el propio Señor del Tormento se hacía entender por el más remoto de los indios, de ésos que todavía no se sabía ni siquiera qué lengua o dialecto hablaban. ¿De veras un templucho de pueblo ameritaba la intervención personal y a toda orquesta del Altísimo, con toda su Corte? 

Entonces se desataban -era cosa de todos los días- las molestias para el arzobispo. Visitas, procesiones, cartas, cultos extrañísimos y bárbaros con el pretexto de un milagro católico; representaciones extravagantes de teatro supuestamente sacro y danzas delirantes y salvajes en homenaje a la Virgen Purísima.

La verdad de la fe se asfixiaba entre tanta maleza supersticiosa. Indudablemente supersticiones inocentes, pues salvo uno que otro jesuita, difícilmente se distinguía en la Nueva España a algún indiano con dos dedos de frente. No había malicia intelectual en estas tierras primitivas, concedía el prelado. Pero incluso a las puerilidades y a las supercherías ingenuas había que poner coto. “¡El respeto y la reverencia ante todo!” La religión se estaba volviendo en América un inconcebible teatro de bobos, para mayor escarnio por parte de los herejes y demás enemigos de Roma y de España: ¡Miren el cristianismo salvaje, caníbal, de los españoles!”

Eso en cuanto a los indios, pero las damas criollas más adineradas y altaneras no se quedaban atrás: al primer dolor de muelas recurrían a todos los santos. Lo peor es que los santos acudían ipso facto, las damas se aliviaban y proclamaban en todos los rincones de la ciudad el portento de la muela que les había dejado de doler en cuanto habían pronunciado la jaculatoria: “Sagrado Corazón de Jesús: en vos confío”. Instantáneamente.

Se trataba ya de un chismerío, de un choteo insoportable de la religión. El arzobispo europeo predicó, al igual que varios de sus antecesores, contra tan vulgar trasiego de lo sagrado. Los fieles debían recurrir a las potencias espirituales sólo para asuntos del Espíritu, con una actitud reverente y respetuosa; y dejar lo demás a los curanderos o al Protomedicato, a su propio esfuerzo y al sentido común.

Los mexicanos de todas las clases sociales no disimularon su disgusto: que allá, en la moderna Europa, se anduvieran con sus remilgos filosóficos; aquí los santos servían para todo y muy contentos. Ni a los mexicanos ni a las potencias celestiales les desagradaba tal familiaridad en el trato. Todo lo contrario. Para eso sobre todo servían los santos: para que los frijoles no se quemaran y los dulces de almendra con frutas confitadas quedaran en su punto. Sabrosísimos. Así había ocurrido desde la primera evangelización.

Sólo a los gachupines, y especialmente al arzobispo, les fastidiaba que los moles, los chiles rellenos, los tamales y el chocolate requirieran de la colaboración expresa y gustosa del empíreo, que por lo demás nunca se les negaba a las cocineras mexicanas. “Al envolver el tamal pibil con hojas de plátano debe decirse con devoción: ‘Jesús, María y José’, o se rompe la masa”, instruían los recetarios.

El arzobispo era malhumorado y violento. Y un buen día lanzó una bula de excomunión mayor contra todos aquellos que, sin distingo de su raza o condición social, tomaran a los santos, a Dios y la Virgen como sus juguetes, y con absoluta falta de veneración y respeto los molestaran para los más menudos y mezquinos episodios de la vulgaridad cotidiana.

Quedaban también excomulgados quienes inventaran o divulgaran que, por ejemplo, la Inmaculada había multiplicado las enchiladas, de modo que alcanzaran para ciertas inesperadas visitas de la señora Cisneros, devota de Nuestra Señora del Refugio y vecina de la calle de Cordobanes.

O que la Madre de Dios había soplado sobre el plato de una abuelita, consentida de la Virgen del Pilar y vecina de Arco de San Agustín, a fin de que el caldillo de chipotle de unas albóndigas, demasiado picante, no le fuera a irritar el estómago. Todos los platos, procedentes de la misma cazuela, picaban como el mismo infierno; sólo el de la abuelita no. “Un chipotle celestial. ¡Bendito sea Dios!”

         Mustios y taimados, los mexicanos no protestaron de viva voz contra la intransigencia ilustrada de Su Ilustrísima, pero disminuyeron las limosnas en catedral y se alejaron del alto clero metropolitano. Iban a los templos a entenderse al tú por tú con las imágenes, sin respeto ni reverencia alguna hacia sus ministros mayores. El arzobispo no se dejó amilanar. “Es cuestión de mostrar mano fuerte durante un tiempo, ya aprenderán”, se dijo.

Por desgracia, el bajo clero nativo se rebeló, también subrepticiamente, mustio y taimado, contra su arzobispo, y a trasmano alentaba a los feligreses a continuar con sus rústicas costumbres tradicionales. Un fraile betlemita desaforado (al fin y al cabo era una orden guatemalteca) llegó a declararle a una beata, según le reportó un espía a Su Ilustrísima: “Los obispos pasan, los santos se quedan”. Los curas y las iglesias pobres incrementaron por arte de magia su público y sus ingresos.

         Lo que no se esperaba el arzobispo era que también las potencias celestiales se le rebelaran. Creía tenerlas en un puño a ellas también: por algo era la cabeza de la iglesia mexicana y el representante del Papa.

Se trataba de un extremeño narigón y desgarbado, prepotente, de mala digestión y peor sueño, que rara vez alcanzaba a dormir dos horas seguidas.

Pues he aquí que una madrugada, cuando por fin había logrado su sueño más profundo en muchos meses, se le apareció la Virgen del Carmen. Nunca se le habían aparecido personalmente las potencias celestiales allá en Europa, a pesar de su larga y prestigiosa carrera eclesiástica. Ni en París ni en Zaragoza, ni en Florencia ni en Roma. ¡Pues en México sí! Y para decirle ¡qué cosas! Verdaderamente se trataba de un país incorregible.

Se despertó sobresaltado, angustioso, con la garganta seca. Todavía sentía impreso en sus miopes pupilas un paisaje suntuoso de nubes multicolores y agitadas, con ángeles y profetas, padres de la Iglesia, mártires y confesores, vírgenes y querubines. Una “gloria” o un “aquelarre a lo divino” de Tintoretto o de El Greco. Y la mismísima Virgen del Carmen que le hablaba: “¡Levántate y apréstate a socorrer a mi hija muy querida sor Magdalena del Amor de Dios, del convento de la Encarnación, porque se ha cagado!”



II

El arzobispo no conocía personalmente a las monjas mexicanas. Las evitaba; las detestaba. Eran latosas y pedigüeñas, cursis y ridículas. Todos los días le mandaban cartas y platillos, bordados y más cartas. Todo el tiempo se hacían las que Dios les hablaba para cualquiera de sus boberías. Se las había encomendado a los sacerdotes que lo auxiliaban, con la consigna de mantenerlas a raya, con severidad. Eran además histéricas y mitoteras. En las elecciones de abadesas solían aparecer hasta monjas descalabradas y asesinadas dentro de los mustios conventos novohispanos. “¡A otro con cuentos de monjas mexicanas ‘amiguísimas de la Virgen’!  ¡Disciplina y mayor severidad!”

Se preguntó si existiría realmente alguna sor Magdalena del Amor de Dios en el convento de la Encarnación. Si no se trataría más bien de una burla del Maligno, quien así se infiltraba en sus raros momentos de sueño profundo para fastidiarlo y burlarse de él, con el vulgarísimo humor mexicano. 

Se disponía a tirar del cordón de la campanilla que colgaba junto a su lecho, para enviar a algún sacerdote al convento a averiguar el misterio, cuando un extraño temor lo contuvo: ¿Y si la orden fuese cierta? ¿Desacataría la voluntad de la Virgen del Carmen?

Por otra parte, si tan sólo se trataba de una broma del diablo o de una mera pesadilla, producto de los “bizcochos mantecosos” que había cenado (obsequio de las “malditas monjas de Santa Clara”), corría el riesgo de volverse el hazmerreír de sus subordinados.

Se imaginaba ya a todas las beatas mexicanas, emperifolladas con sedas, brocados y joyerías, pelucas y rellenos, cuchicheando en misa. Chaparritas, muy bustonas y caderonas, pero con los pies embutidos en zapatitos de miniatura, porque calzar chiquito era elegante, y en eso destacaban las mexicanas sobre las españolas: en el precioso pie chiquito, seguramente ya contrahecho, con los dedos comprimidos y apelmazados... Las damas mexicanas nunca dejaban de platicar durante las ceremonias religiosas, ni de mascar chicle como castañuelas, ni de comer antojitos que portaban descaradamente en canastillas. Salsas, guacamole, frutas en almíbar: todo. Frente al altar, en plena misa. Rece y rece y come y come.

Había las que fumaban como chimeneas entre los dóminus y los vobiscum, dignas de una taberna. Y las más descaradas que encomendaban a sus criadas que les llevaran un jarro de chocolate espumoso y calientito precisamente a la mitad del sermón (“Porque de otra manera”, alegaban, “¿quién aguanta los interminables sermones de Su Ilustrísima?”), como si la Santa Misa fuese comedia o corrida de toros. 

Las imaginaba risoteando bajo sus  mantones, mantillas, tápalos y rebozos, dizque escondiéndose en el dale que dale de sus abanicos perfumados: “¿Ya te enteraste de lo que sueña Su Ilustrísima? ¡Esos sí que son sueños de obispo!”.

         Se incorporó, se vistió de prisa y se hizo conducir por su alarmado cochero (medio borracho) al convento de la Encarnación. Efectivamente existía una sor Magdalena del Amor de Dios y efectivamente se había cagado.

La pobre mujer, según le refirió la abadesa, llevaba días con una “gran flojedad de estómago”, con unas “cámaras” de santo y señor mío.

Estaba ya tan debilitada que había quedado como desfallecida en su catre, y le había ocurrido el percance en mitad de su desfallecimiento, sin que lo advirtiera.

La celda apestaba a zahúrda. El arzobispo ordenó a las desmañanadas y azoradas monjas que la limpiaran de inmediato; la bendijo apresuradamente, le restregó su anillo episcopal (que se propuso hacer lavar de inmediato) en los labios, y regresó a su palacio. No pudo volver a dormir, ni siquiera a dormitar durante tres días.

Ahora quien desfallecía, pero de insomnio, era él. Y así, débil y apagado, recibió de pronto ¡cinco! canastas de dulces de almendra con frutas confitadas, elaborados por las monjas del convento de la Encarnación. Simulaban florecitas, estrellitas, angelitos, conchitas de mar.

¡Sor Magdalena del Amor de Dios había sanado! Su estómago se había repuesto de tal modo que había engullido, frente a toda la comunidad extasiada, tres platos de manchamanteles, platillo de prueba para los estómagos más duros, incluso entre mexicanos.

Todas las monjas del convento de la Encarnación cantaban en loor del primer milagro de Su Ilustrísima. No se hicieron esperar, por docenas, gestos de gratitud similares por parte de las monjas de los demás conventos de la ciudad. La catedral parecía dulcería.

Ese milagro del arzobispo desmentía los perversos rumores de que el prelado europeo malquería a los naturales de la tierra, y demostraba cómo en plena madrugada Su Ilustrísima se desvivía para proteger a sus “humildísimas hijas mexicanas”.

        

III

Vino el jueves de Corpus y su misa solemne, frente al virrey, aunque distante cosa de veinte metros. 

El arzobispo predicó contra la conjura de jansenistas y luteranos europeos. Deshizo: desgarró, pulverizó todos sus maquiavélicos argumentos. Y se hallaba en lo más alto y arduo de su disertación, con san Agustín y el Crisóstomo, Vieyra y santo Tomás en la boca, todos anudados en un haz invencible contra la herejía, cuando el mismísimo arcángel Rafael se apersonó en las alturas de catedral; se abrió paso desde las bóvedas y le susurró al oído: “El virrey se acaba de tirar un pedo”.

El arzobispo se demudó. Perdió sus autoridades, sus citas latinas. Se le extraviaron Vieyra y el Crisóstomo, san Agustín y santo Tomás. Tartamudeó. La mente le quedó completamente en blanco. Nunca le había ocurrido semejante cosa en su larga y prestigiosa carrera de predicador europeo. Ni en Toledo ni en Valladolid, ni en Milán ni en Viena.

Lo más espigado de la sociedad española y criolla lo miraba expectante, como si hubiese sufrido un infarto. Un silencio funeral se abismó de pronto en catedral, siempre tan ruidosa como un mercado. Pero Su Ilustrísima no se dejó amilanar por el arcángel Rafael:

         -Recemos todos por Su Excelencia el señor virrey, que sufre de una necesidad muy grave –dijo, y encabezó un paternóster sonorísimo, que todos los fieles acompañaron sobrecogidos.

         Mal que bien concluyó la ceremonia. Entonces se le acercó el virrey, confuso, pues no sabía cómo interpretar el gesto del arzobispo, si a modo de reconvención o de auxilio:

         -¡Pero qué sutil olfato posee Su Ilustrísima! –le susurró el virrey.

         -Parece que en la Nueva España los ángeles lo huelen todo –repuso, críptico, el arzobispo.

Y se retiró parsimoniosamente a la sacristía, rodeado por toda su corte de diáconos y canónigos, entre humos de incensario y letanías polifónicas.

         Ni así cedió el arzobispo. Ya era tiempo de acabar con las supersticiones irreverentes y las tonterías irrespetuosas de la Nueva España. Pero tampoco las potencias celestiales cejaron en su rebeldía contra el afán modernizador y reformador del arzobispo. San Pedro y san Pablo, Cosme y Damián, san Hermenegildo y santa Cecilia se le aparecían a cada rato, con encomiendas caprichosas. Ya no podía dormir ni un cuarto de hora, ni comer, ni rezar su breviario, ni celebrar ceremonias. A cada rato le ocurría una aparición celestial con su recomendación apremiante.

Debió avisar a las monjas de San Jerónimo que se les estaba llenando de ratones la alacena. De parte de san Cosme.

Al párroco de Loreto, que se cuidara mucho de su sillón favorito, porque la pata delantera izquierda se estaba zafando y podía darse un mal golpe. De parte de Ecce Homo.

A un barbero de la Calle de Puente Viejo, que revisara su bolsillo, porque le acababan de dar dos monedas falsas. De parte de san Sebastián. 

Y a una solterona de la calle de Pila Seca, que no desesperara, porque un viudo de la calle del Relox, a quien encontraría ese viernes en la tertulia de la Chata Méndez, estaba considerando seriamente proponerle matrimonio. Claro: de parte de san Antonio.

El escapulario que se le había perdido a fray Tomé de Simancas estaba atorado en un limonero del convento de San Bernardo. De parte de san Bernardo.

La imagen de madera estofada y policromada de la Madre de Dios, venerada en la capilla del convento de Santa Isabel, a la cual se le habían roto dos dedos de la mano derecha cuando la sacudió una pobre monja distraída (quien ya se creía condenada al infierno y no había modo de consolarla), se había restaurado por sí misma. De parte de la Virgen de Monserrat.

Las grietas del locutorio de San José de Gracia se habían restañado igualmente por sí mismas. De parte del Niño Jesús.

         Meses y meses de insomnio e indigestión, jaquecas y pálpitos. El tenaz reformador y modernizador eclesiástico finalmente sucumbió ante la voluntad de las potencias celestiales. Comprendió que deseaban seguir en México como siempre, con su religión al antiguo modo, irreverente e irrespetuosa, pueril y supersticiosa.

“¡Allá ellos!”, decidió.  Y revocó su bula. Predicó entonces, con recuerdos de san Francisco de Asís, que Dios y los santos asisten a sus devotos incluso en sus nimios caprichos; y debió citar a la madre Teresa por aquello de que Dios también andaba entre los pucheros.

Totalmente vencido, le prometió a la local Virgen de Guadalupe (de la que había sido feroz enemigo, como casi todos los arzobispos coloniales) auxiliar a tres novicias sin dote del convento de la Concepción si le devolvía el sueño. El milagro, naturalmente, se le concedió de inmediato y pudo dormir placenteramente, pero a pierna suelta, todas las noches de los últimos tres años de su vida.

Lo que más le agradó fue no volver a recibir ningún mensaje del cielo. ¡Qué tranquilidad!

Pero cuando las potencias celestiales por fin lo habían dejado en paz en este mundo, decidieron llamarlo al otro. Durante décadas corrió la leyenda de que el antimilagrero arzobispo milagrero regresaba a los conventos de monjas de la ciudad de México todas las noches, como emisario de Dios, las vírgenes y los santos. De parte de san Pedro y san Pablo, de Cosme y de Damián, de san Hermenegildo y de santa Cecilia

En los archivos del Vaticano duermen gruesos legajos de peticiones de canonización suscritas por varias generaciones de monjas mexicanas, todas beneficiadas ante testigos por los innumerables portentos de aquel milagroso arzobispo antimilagrero.

Hay una variante capitalina del poblano pipián rojo, llamada el “pipián del arzobispo” (invención atribuida a la muy agradecida sor Magdalena del Amor de Dios, del convento de la Encarnación), que se aceda si no se rezan tres jaculatorias en el momento preciso en que empieza a soltar el hervor, en honor de Su Ilustrísima. O puede repetirse tres veces la misma jaculatoria: “Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío”.







LA MONJA CATEDRÁTICA Y LA MONJA ALFÉREZ



La llegada de sor Lucero Arrutia y su séquito de monjas causó conmoción en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM hacia 1970.

Se dice que ya antes habían asistido a clases algunas religiosas, siempre imperfectamente disfrazadas: las delataban su pelo corto sin mayor coiffure que un peine (“Coiffure à la garçonne!”, exclamaría algún estilista escandalizado); sus faldas oscuras o escocesas por debajo de la rodilla; sus medias de hilo color carne, sus zapatos bajos, casi choclos; sus blusas claras de manga larga con cuellitos y puñitos de encaje, “monísimos”; sus conservadores suéters prediluvianos, lisos, abiertos y de colores claros.

No parecían monjas de hábito, sino tías profesionales. Con esa blandenguería artificiosa de andarle dando a todo mundo las buenas tardes y sonriendo de todo como bobas con sus caras más estropajeadas que simplemente lavadas; desde luego: nada de maquillaje, ni siquiera una pizca de crema, ni depilación en cejas y bozo.

         Ciertamente no estaba prohibido que los curas y las religiosas asistieran a clases universitarias, ni de hecho que las impartieran. Pero la costumbre había impuesto que, salvo contadas y poco advertidas excepciones, el clero se instruyera por su cuenta, con total rechazo y desprecio de la universidad pública.

Se trataba, además, de los bravos tiempos de los hippies, el rock, las minifaldas y el Che Guevara. Los estudiantes de la facultad veíamos pasar, incrédulos, el cortejo de monjas por los salones del infierno, donde según el propio clero denunciaba desde los púlpitos, sólo se enseñaba “la impiedad, la disolución de las costumbres, la majadería, el sexo y el comunismo”.

         Esos estudiantes nos habíamos inscrito en la universidad pública para aprender algo de literatura, filosofía e historia, pero sobre todo de impiedad, de disolución de las costumbres, de majadería, de sexo y de comunismo –asignaturas extraoficiales, pero favoritas-, y nos sentimos defraudados al encontrarnos otra vez, como en un kínder o una primaria privados, entre pura monja.

A las compañeras a gogó y en minifalda les pareció de pésimo gusto lucir sus muslazos y camisetas entalladas, sin brasier, entre puras abuelitas precoces. Los aprendices de Lenin pintamos con grandes letras rojas en los pasillos: “La religión es el opio del pueblo”.

         Pero de ahí no pasó. En relación con la actual, se trataba de una época de gran tolerancia. Y las monjitas semidisfrazadas de civiles siempre asistían con puntualidad, llevaban al día sus apuntes –que nos prestaban a cada rato- y estaban prontas a cualquier pequeño servicio (como dejarse copiar en los exámenes, travesura por la que sin duda tendrían que rezar muchos rosarios de penitencia) en favor de los Ches, los Lenins, las minifaldas y los hippies, quienes (“ateos por la gracia de Dios”) generalmente proveníamos de escuelas religiosas y habíamos estudiado la primaria y la secundaria con maestras igualitas a ellas, su vivo retrato. De modo que a los pocos días prevalecía en los salones un cálido compañerismo entre religiosas y rebeldones. Ya había un precedente cinematográfico: La monja Libertad Lamarque cantaba a dúo con el rocanrolero Enrique Guzmán...

Las monjitas eran muy buenas para soportar, con semblantes seráficos, cualquier cantidad de chistes colorados y hasta que les ofreciéramos mota. “¡Ah qué muchachos tan traviesos!”, pensarían.

         -No, muchas gracias –contestaban, y sacaban de sus bolsos unos modestos paquetitos de caramelos. Nosotros sí aceptábamos sus caramelos: “salvavidas” de colores y eucarísticas pastillas de menta.

          Pronto se supo la razón de la invasión monjil de la UNAM: Ambicionaban convertirse en profesoras ya no sólo de primaria y secundaria, sino también de preparatoria y hasta de universidad. No todas las congregaciones contaban con tanto dinero como para enviarlas a estudiar en universidades privadas, y el Concilio Vaticano II les había levantado los últimos restos de la clausura. Años de monjas obreras, de monjas cantantes (“Dominique-nique-nique”), de monjas universitarias. 

Todas obtenían excelentes calificaciones y se recibían oportunamente, con menciones honoríficas, para lo que redactaban en letra pálmer minuciosas tesis sobre santa Teresa, san Juan de la Cruz o “el sentido religioso” en tal o cual poeta hasta entonces considerados poco religiosos y aun impíos, como López Velarde, Carlos Pellicer, León Felipe y Pablo Neruda. Las mandaban imprimir en talleres offset especializados en estampitas de primera comunión: se notaba en los títulos y capitulares góticos.

Los santificaban: “Los poetas son los santos modernos”, decían; “por lo demás, también santa Teresa tuvo a ratos expresiones populares o mundanas en su lenguaje. El erotismo y el lenguaje crudo son rasgos simplemente humanos. A san Francisco de Asís le habrían encantado algunos poemas de Carlos Pellicer y León Felipe, y con gusto habría trepado a Machu Pichu del brazo de Pablo Neruda”.

         La que salió algo torcida fue su lideresa, sor Lucero Arrutia, de unos treinta años cuando ingresó a la universidad (nos parecía toda una ruca a los estudiantes de veinte). Una vez obtenido el título de Licenciada en Letras Hispánicas, y con él abiertos los caminos para dar clases de español y literatura en cualquier preparatoria y no sólo en el Colegio Obispo Plancarte, similares y conexos, colgó súbitamente los hábitos –los que ya no usaba sino en ocasiones de gala y cuando se tomaba alguna fotografía para la familia- y se volvió feminista. De las feministas de armas tomar.

         -Otra manera de seguir siendo monja y luchar por la dignificación de la mujer –explicó.

         La verdad era que estaba harta de su convento. En realidad, ni convento en forma le había tocado, con eso de la modernización (“aggiornamento) de las monjas. Vivía con otras seis maestras del Colegio Obispo Plancarte en una casa rentada, sencilla, de la Colonia del Valle; dos monjas por recámara, en camas gemelas o literas, como adolescentes perpetuas.

Tenían un altarcito con gladiolas en la sala-comedor-estudio, donde sólo rezaban y prendían velas a una estatua en yeso de la Inmaculada, pues debían trasladarse todos los días, muy temprano, a una iglesia común y corriente, digamos La Coronación, El Rosario o La Sagrada Familia, para oír misa como cualquier hijo de vecino. Para ello contaban con una camioneta volkswagen comunal siempre impecable, aunque a ratos también debían treparse a peseros y al metro.

Ya resultaba poco glamorosa la vida de una monja. Parecían más bien una comuna de hippies, pero de monjas hippies. Años de películas de “monjas alivianadas” del tipo de Dominique, con Debbie Reynolds; o Sor Yeyé, con Hilda Aguirre.

Además, “pueblo chico, infierno grande”; cualquier nimiedad cotidiana las hacía pecar contra la caridad y la paciencia en su encerrona de seis señoras en la casita de la Colonia del Valle. Reñían con ferocidad de pellizcos de monja hasta por el modo de batir la mayonesa.

Si de todas maneras su digamos “monjedad” consistía en misas públicas, en confesiones y charlas semanales o mensuales con los curas, a quienes había que ir a buscar a las parroquias, como cualquier feligrés; y en un compromiso personal con la religión, ¿por qué no poner convento aparte, convento individual? 

Ya licenciada, Lucero Arrutia abandonó su comuna religiosa, pero no las costumbres ni las ideas de su congregación; se compró su condominio y su volkswagen personales, donde sólo mandaba ella y nadie la molestaba, y se decidió por una vida de monja free-lance. Mejoró de humor y subió de peso.

         No se le conocieron amores ni tentaciones eróticas, pero sí una gran ambición intelectual. Se dio a la tarea de adoctrinar y formar grupos de feministas católicas. Terribles: unas “cruzadas”, dicho sea sin doble sentido.

Tomó cursos de postgrado, escribió reseñas literarias en revistas y periódicos, asistió a coloquios y congresos. Ahí destacó como autora de “estudios de género”, o sea la situación de las mujeres y “personas de variada orientación sexual” a través de las obras literarias.

Su tesis doctoral versó sobre El travestismo o los disfraces de la verdad en el teatro de Tirso de Molina. Presentó numerosas ponencias a todos los simposios universitarios del país sobre el mismo asunto, pero aplicado –como el ajonjolí a todos los moles- al teatro de Lope de Vega, Ruiz de Alarcón, Calderón, Moreto, sor Juana Inés de la Cruz; la prosa de Cervantes y de Quevedo.

“¡Abandonar la orden de las concepcionistas para profesar como travestista!”, se burlaban sus antiguas compañeras, ascendidas de profesoras de primaria y secundaria a la nueva preparatoria del Colegio Obispo Plancarte. 

Pero la seguían queriendo. Sabían que en nada habían cambiado la fe ni la virtud de la exmonja Lucero Arrutia, y valoraban su trabajo de predicar con tesinas y ponencias de “estudios de género” en las universidades. Luchaba abiertamente en el mundo.

         Me la encontré el mes pasado en El Colegio de México, ese otro convento. Salía del aula magna, después de triunfar con un estudio sobre Las aportaciones de “La Monja Alférez” a la libertad moral de su tiempo.

Andaba cerca de los sesenta años, con el pelo igual de corto (pero ya no peinado à la garçonne, sino moldeado con secador, adornado con algún rizo sobre la frente y teñido color Burgundy). Zapatos negros bajos. ¡Por fin medias trasparentes, aunque opacas, y falda escocesa arriba de la rodilla! La infaltable blusa blanca de mangas largas con el cuellito y los puñitos de encaje. El suéter antediluviano abierto, pero ya no liso, sino con grecas multicolores y modernistas y un audaz medallón guadalupano de oro (que no osaba lucir en sus años de alumna, o acaso todavía no había podido comprar), como prendedor, y un poquito de color rosa en sus labios arrugados. Y ¡se atrevía a usar aretes!  Unas perlas pequeñitas, muy elegantes, sin duda auténticas.

         -¡Pero mamasota Luchis! –en la facultad las fastidiábamos con irreverentes adulaciones burlescas; que más que madrecitas eran mamasotas, etcétera-. ¡Tú en El Colegio de México!

         -En este pudridero terminamos todos.

         El “pudridero” original era la propia Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. En un curso de historia de España nos enteramos de que, antes de enterrarlos en el Escorial, el claridoso pueblo español enviaba los cadáveres de sus monarcas a que se corrompieran unos diez años en un “pudridero” real. Nos gustó la palabra para burlarnos de nuestros maestros, los Catedráticos, que tanto estimaban sus plazas de tiempo completo en la UNAM. “Hay que dejarlos en su pudridero”, decíamos.

Nosotros no íbamos a seguir su tedioso camino: nos proponíamos comernos el mundo entero con nuestros poemas, obras de teatro, novelas, tratados, revoluciones... “Cambiar el mundo, transformar la vida”.

         -Que conste que nada más estoy aquí de funcionario, y por poco tiempo; ya nada tengo que ver con la academia –me disculpé, algo ruborizado de que me considerara todavía un simple literato ¡a mi edad!  Seguramente, con mi panzota y mi calvicie, hasta me veía ahora más viejo que ella.

         -Me enteré de eso, guerrillerito –algo de ironía había aprendido por fin en el mundo, a pesar de todo-; ¡como ya se acabó el PRI, te quedaste sin chamba en el gobierno!  Bueno: este pudridero también sirve de limbo y purgatorio a los políticos desempleados.

         -¡Hasta las próximas elecciones nomás, mamasota Luchis! ¡Pronto me volverás a ver en los noticieros de la tele!... ¿Y a qué clase de herejes viniste a convertir?

         -A unas guerrilleras católicas de lo peor, a unas comunicólogas aceleradas. Ustedes eran unos fresas en comparación con el fanatismo de éstas. ¿Crees que quieren erigir a La Monja Alférez en la santa precursora de las lesbianas?

         -¡No me lo digas, mamasota!

         -¡Así como lo oyes, guerrillerito!

         -Bueno: la fama corre. ¿No se trata de esa mujer bigotona que anduvo de soldado y de arriero en la época virreinal, tanto en la Nueva España como en el Perú?

         -No tan bigotona; las fuentes hablan de unos cuantos bigotitos, como bozo. Textualmente, según una hoja volante del siglo XVII donde se daban noticias de ella, se dice: “algunos pocos pelillos por bigote”.

         -Lo de soldado y lo de arriero, ni quien se lo quite.

         -Eso sí. Pero se trata de oficios injustamente vedados a la mujer. ¿Por qué una mujer sola y huérfana como ella, sin gusto por el matrimonio ni por el convento, tenía que dedicarse sólo a criada o a bordadora? Ahora hay albañilas y nadie se inmuta. Fue una precursora de la libertad de trabajo...

         -¡Pero una mujer-arriero, y mujer-soldado, pues se vestía de hombre y con espada y daga y bototas, y guarniciones de plata, en el siglo XVII! ¿Viste la película de María Félix?

         -¿Y cómo quieres que se hubiera vestido? Con enaguas todo mundo le iba a faltar al respeto. Conozco a una “niña de la calle” que se viste hoy de niño y se hace llamar Pancho, para que no la anden manoseando los demás escuincles ni los automovilistas cuando lava parabrisas en los camellones. Por lo demás, hubo capitanas en las guerras de conquista; y famosas toreras durante el virreinato, como la que triunfó en una corrida que se realizó a finales del siglo XVIII en la luneta del teatro Coliseo, el Coliseo Nuevo.

         -¡Pero La Monja Alférez raptaba y enamoraba a las damas!

         -Sí las enamoraba, pero con amor casto. Ricardo Palma dice que nomás para tomarles el pelo.

Redundó, mientras bajábamos por las escalinatas de El Colegio de México: Eran otros tiempos y sólo a los demasiado valientes o muy desesperados se les ocurrían las libertades actuales, digamos fisiológicas. Se trataba de afecto y simpatía espirituales, como en sor Juana. Nada más, ¡pero nada menos! ¿Por qué todo afecto había de llegar necesariamente a la cama, y menos en esos dorados siglos del Santo Oficio?... De veras se le tenía miedo al sexo, sobre todo de una manera inconsciente; y mucho más al sexo “demoniaco”: un miedo terrible.

Y no las raptaba: las protegía, lo que era diferente. Una mujer como caballero andante de otras mujeres... Había ayudado a una pobre muchacha de provincia a venir a México para entrar a un convento. La Monja Alférez, vestida de español: el alférez Antonio de Erauso, con espada y daga, la libró de los peligros de los caminos y la condujo sana y salva hasta la capital. Eso era todo el chisme...

Catalina Erauso, cuando mujer, o Antonio de Erauso, como se hacía llamar en cuanto hombre, viajaba pues con esa muchacha hermosísima, a la que, para mejor protegerla, traía completamente cubierta con un velo. “¿Esa dama es su mujer?”, le preguntó un alcalde en el camino. “No le es posible serlo”, contestó muy viril el alférez Antonio de Erauso.

-Y dijo bien. Conocía sus límites... –acotó, doctoral.

Desde luego, me relató entonces la ensayista-de-género Lucero Arrutia en mitad de la escalinata-mausoleo: En cuando llegó a la ciudad de México, aquella dama se le escapó, porque no deseaba realmente entrar al convento. Había aceptado el viaje sólo para huir de su familia, que seguramente la maltrataba en el pueblucho. Y a la primera oportunidad se casó.

Decían las feministas ultras que La Monja Alférez había enloquecido de celos, pero la monja (bueno: exmonja) catedrática opinaba que había enloquecido más bien de celo... protector: quería constatar que la muchacha viviera digna y feliz en su matrimonio.

Por eso se metía a su casa a todas horas, para ira colosal del marido, quien la corrió estrepitosamente y ordenó que siempre le dieran con la puerta en las narices.

En ese momento de “destemplanza emocional” La Monja Alférez amenazó con tirar la puerta a patadas, cosa más que posible, vistos su arrojo y su corpulencia. Asimismo era cierto que había retado a duelo al marido, a espadazos...

-Eso también pertenece a “los estudios de género” –intervine-, pero más bien a los gays masculinos; sólo que la Monja Alférez igualmente resultara precursora en cuestiones de prótesis...

-Mal chiste, guerrillerito.

Me explicó: El marido había rechazado el duelo, porque si a La Monja Alférez no le importaban los duelos intersexuales a espadazos, a él sí, y no se iba a deshonrar como caballero por alzarle la espada a una mujer. Cosa que ella finalmente admitió, a regañadientes. A lo mejor el marido tenía miedo: no se había conocido en el Potosí mejor espadachín que don Antonio de Erauso, inventor de un fatal, irremediable lance de espada: la estocada “sin misericordia”...

Pero tan no había nada inconfesable o sórdido en el cariño de La Monja Alférez por la esposa, que días después el marido y el alférez Antonio de Erauso, reconciliados, a cual más diestro y valiente, combatieron en mancuerna, espada en mano, contra toda una banda de malandrines, y los derrotaron.

-Fue una gran mujer y ya. Mira: era huérfana, la recluyeron muy chica en el convento...

¿Cómo escaparse y andar por el mundo sin sobresaltos? Pues sólo vestida de hombre. Eso que tan difícil de comprender resultaba para las ultras universitarias de hoy, opinaba la doctora Lucero Arrutia, lo había entendido sin problemas todo el mundo en el siglo XVII.

Nunca la persiguió el Santo Oficio; por el contrario, se decía que el Papa le había permitido usar traje masculino, como recompensa por sus servicios militares a la cristiandad, ya que en una batalla naval se había lanzado a cañonazos y arcabuzazos contra los piratas holandeses, en las costas del Perú. Y que el estricto obispo Palafox, de Puebla, la consideró siempre un paradigma de mujer cristiana.

-Hay precedentes: ahí tienes a Juana de Arco...

A su muerte, cuando se acercaba a los setenta años, se rezaron y cantaron muchas misas solemnes en Orizaba. Se publicaron en ese siglo al menos tres relaciones encomiásticas de su vida, sin espanto de nadie.

-Sólo hasta el simplón, folletinesco siglo XIX, cuando al poeta cubano José María de Heredia (no el de Les trophées, sino el anterior) se le ocurrió divulgar las aventuras de La Monja Alférez en francés, salió lo de lesbiana. Heredia había leído demasiado a Balzac, ya sabes: La muchacha de los ojos de oro, etcétera, y a los libertinos del Ancien Régime, de la Revolución y del Imperio... Pero la Francia decadente o enloquecida del Marqués de Sade no era la levítica Nueva España. Nada tengo contra las lesbianas, desde luego: todo lo contrario. Pero aquí no viene al caso. Ni Ricardo Palma ni Luis González Obregón la encontraron libidinosa.

-¿Y cómo no fue descubierta a tiempo? Digo, porque los/las travestis/transexuales de ahora disponen de cirujanos, hormonas, postizos de silicón; vestuario, maquillaje, utilería, efectos especiales y electrónicas noches en los cabarets, con ilusiones de luz y sonido para engañar a parroquianos borrachísimos...  En los teatros y cabarets dan a ratos el gatazo; pero en el cine, cuando las mujeres se hacen pasar por hombres, siempre se les nota (salvo acaso Katharine Hepburn) a primera vista: ahí tienes a Julie Andrews en Víctor Victoria, y en México a Irasema Warschalonska (vulgo: Irasema Dilián), como compadre de Pedro Infante en Pablo y Carolina; a Silvia Pinal, a Tere Velázquez, a Irma Lozano, a Sasha Montenegro, a (je) Lucerito... Pero en la llana realidad, en un rústico camino veracruzano del siglo XVII, bajo el solazo, entre tantos peones negrotes semiencuerados y sudorosos, ¿no se les hacía rarito el tal arriero o alférez Antonio de Erauso?

-Era una mujer robusta, algo gorda, parece que feona. Supongo que excelente actriz; y además, con su valentía y sus bravuconadas desviaba un poco la atención. El pelo corto peinado como hombre...

-À la garçonne? –exclamé

-No: con melenita, como todo un alférez; las calzas algo holgadas, ¡y ya!

-¿Y los pechos, mamasota Luchis?

-Eso es lo que no me gusta nada -me comentó la monja catedrática.

Me explicó que Catalina Erauso (o Erauzo), natural de San Sebastián de Guipúzcoa y avecindada en la Nueva España, trató de quitarse los pechos desde el principio, en Europa. Y eso era siempre indigno en una mujer, aunque durante el siglo XVII tal mutilación o desecación se hubiese visto más bien como un gesto de mortificación, de santidad.

Se pensaba que había pretendido suprimirlos porque los consideraba pecaminosos, y no para cambiar de sexo. Ultracasta, como Orígenes, Padre de la Iglesia, y no una transexual avant-la-lettre.

-Te digo que este pasaje, por lo demás no debidamente comprobado, señala la aberrante misoginia aurisecular [vulgo: de los Siglos de Oro]. ¡Mira lo que la pobre Catalina Erauso, todavía una chamaquita de once o doce años, tuvo que hacer para ganar su libertad y convertirse en alférez o sargento! Aquí traigo la ficha:

“Ella es de estatura grande y abultada para mujer... No tiene pechos: que desde muy muchacha me dijo haber hecho no sé qué remedio para secarlos y quedar llanos, como le quedaron; el cual fue un emplasto, que le dio un italiano, que cuando se lo puso le causó un gran dolor...”

Habíamos llegado el estacionamiento. Los dos teníamos coches del año y buena marca; nadie podría decir que resultaron de balde nuestros estudios de poética y humanidades.

-¡Adiós, mamasota Luchis, espero que pronto canonices a tu Monja Alférez y se acepten como rama de la teología “los estudios de género”!

-¡Adiós, guerrillerito, y que recobres pronto tu curul! ¿En qué partido andas ahora, mi Che Guevara? ¿Sigues en el corporativista PRI, en el PAN retrógrado o en el mitotero PRD?

-En los tres, en los tres...

-Haces bien, guerrillerito. ¡Dios está en todas partes!





EL AFFAIRE MIER Y TERÁN



Durante sus investigaciones sobre los mercados de la Plaza Mayor de la Ciudad de México [ENAH, tesis, 2001], Jorge Olvera Ramos se topó con una curiosa historia policiaca de 1777, titulada: “Sobre que se averigüe quién fue el que derramó por una ventana a la Calle del Puente Quebrado un servicio”. (Archivo Histórico de la Ciudad de México. Ramo: “Policía en general”, Vol. 3627. Exp. No. 30. Año de 1777.)       

1.- El Quejoso: “En la Ciudad de México, el 16 de junio de 1777, el señor Francisco María de Herrera, regidor perpetuo y juez de policía en ella, dijo: que por cuanto el señor Antonio Mier y Terán, también regidor perpetuo, se ha quejado de que pasando el día de ayer como a las ocho y cuarto de la noche por la calle del Puente Quebrado [República del Salvador, a la altura del Eje Central] con su madama, derramaron desde una ventana o balcón un servicio [excrementos] encima del mismo coche, de tal forma que introducido en él, por ir abiertas las cortinas, se le llenó de inmundicias a la referida su esposa el vestido que llevaba puesto, Su Señoría mandó que el escribano pase a la referida calle y averigüe con la mayor exactitud de qué casa y qué sujeto cometió semejante atentado, recibiendo los testigos que puedan declarar. Herrera [rúbrica]. Paradela [rúbrica]”.

         ¿Los nostálgicos de la Nueva España se han puesto a pensar en cómo era la vida en una ciudad sin desagüe? A semejanza de las grandes ciudades europeas, aquí no sólo se encharcaban las malas aguas en las calles, sino que hasta los hidalgos a caballo y los regidores en coche con sus “madamas”, estaban expuestos a chubascos aleves. Se debía pagar a los cargadores de excrementos (acaso no muy diferentes del que describe Yukio Mishima en Confesiones de una máscara) para que los fueran a tirar más allá de los límites de la ciudad, que por lo demás no estaban demasiado lejos. Pero en la noche, burlando al sereno, ¿por qué no ahorrarse ese trámite, ese gasto? ¿No vemos hoy en día cómo prodigiosamente se forman pirámides callejeras de bolsas de basura aun en las colonias ricas? (Borges invoca en auxilio de semejantes infractores de la civilidad, la imperfección de nuestro permisivo idioma; cuenta que un borracho orinaba en alguna plaza importante de Buenos Aires cuando fue sorprendido por un celoso gendarme que le espetó, hinchado de ira cívica: “¡Aquí no se puede orinar!”. Pero el borracho sabía su castellano: “¿Cómo que no se puede? ¿No ve que estoy pudiendo?”.) El ilustrado siglo XVIII enfatizó las normas y ordenanzas de higiene y urbanidad, con tan poca suerte como este tremendo affaire que atentó contra coche y “madama” (y acaso también polveada peluca) del regidor perpetuo Mier y Terán.

         2.- La ley estricta: “Doy fe que habiendo reconocido, en vista de lo mandado en el auto de la vuelta [el documento anterior], las ordenanzas de este juzgado, la 6a. de policía y 95 de las generales de esta nobilísima ciudad es [son] del tenor siguiente: ‘Que ninguna persona sea osada a echar basuras ni servicios en las calles ni en plazas ni acequias ni pila de esta ciudad, so pena de 2 pesos por cada vez que la echaren, y si no pudieren averiguar quién lo ha hecho, al vecino más cercano de donde se echare dicha basura le mande la quite dentro de 3 horas y [en] lo quitando pague un peso y se limpie a su costa’. Paradela [rúbrica]”.

         Que se multara al infractor descubierto no sorprende a nadie, pero que se castigara también a los vecinos más próximos a la basura o a los excrementos suena algo alevoso. Las esquinas, los rincones, los sitios oscuros o con árboles y arbustos, las cercanías de las acequias, puentes (como es el caso) o pilas se convertían en lugares favoritos; y los vecinos no sólo debían sufrir y limpiar la porquería, sino además pagar una multa: por no haber vigilado y por estar cerca del cuerpo del delito. Qué inofensivo suena, frente a tan autoritaria disposición, que siempre encontraba a un parroquiano a quien cargar el delito, nuestro moderno lema impracticable: “La persona que deposite basura será consignada a la autoridad”. La antigua norma convertía a los vecinos en espías, al parecer sumamente eficaces, como veremos, de los posibles infractores.

         3.- Los misterios de la bacinica de la Calle del Puente Quebrado: Pero no se conformaron ahora las ocupadísimas e ilustradísimas autoridades novohispanas con multar a cualquier vecino. La “madama” del regidor estaba justamente furiosa. Abrieron todo un especioso y legalísimo proceso; entonces: “El 19 de junio de 1777, yo, el escribano, pasé a la casa [citada] a hacer la averiguación, y estando presente doña Manuela Camacho, mujer que dijo ser de Pablo Betancurt, quien después concurrió y se hizo presente y para que declare recibía la susodicha [Manuela] juramento, que hizo por Dios nuestro Señor y señal de la cruz, y dijo: Que la moza que le sirve, llamada María Petra, le ha dicho que [a] don Antonio Ruiz, de oficio platero, vecino que vive solo en la otra vivienda de esta casa, lo ha visto derramar por el balcón el vaso y porquerías. Que la noche que se cita no vio el hecho que se expresa, ni sabe si fue él o no. Y no firmó porque dijo no saber”. 

         4.- La memoriosa delatora María Petra Martínez: “Incontinenti hice [a]parecer ante mí a la moza a que se cita en la declaración que antecede, la que presente dijo llamarse María Petra Martínez, ser mestiza casada con Toribio Martínez, a la que recibí juramento, y dijo: Que muchas noches, así ella como una niña hermana de su ama, han visto que don Antonio Ruiz, vecino que vive solo en la otra vivienda, derrama el vaso por el balcón; y la noche que se cita, habiendo oído el golpe salió y vio en el balcón a dicho don Antonio, y percibió el hedor que había, por lo que se metió y no vio lo que después sucedió. No firmó por no saber.”

         5.- El criminal alega motivos de salud. Pero aclara que no se llama como dicen; sugiere que no se trató de aguas mayores sino de aguas menores, y precisa que el caso no ocurrió a las ocho y cuarto sino hasta después de las nueve. “El 26 de junio de 1777 tomé declaración a don Antonio, quien expresó ser su apelativo Quintana y no Ruiz, ser español, viudo y oficial de platero; que trabaja en la tienda de Eduardo Calderón en la calle de los Plateros, y dijo: Que es cierto que la noche del día 15 como a las nueve, poco más de ella [la hora nueve], estando preparado para irse a acostar, por la mucha lasitud de estómago que padece, originada de la costumbre que adolece de echar sangre por la orina, tomó una porcelana en que había orinado, y por libertarse del sereno [escondiéndose del gendarme nocturno o sereno] la derramó desde la ventana para la calle, sin reflejar [reflexionar] el que a la sazón pudiera pasar persona ninguna, como aconteció con don Antonio Mier y Terán, cuya acción hizo por ser un hombre solo desvalido, y sin tener quien le sirva. Y firmó.  Quintana [rúbrica]. Paradela [rúbrica].”

Se sentenció a Quintana al pago de la multa.







INFORME RESERVADO SOBRE CARLOS MARÍA DE BUSTAMANTE



Junio 22 de 1839

Al Ministro del Interior, don José Antonio Romero:

Informe de Dominó sobre don Carlos María de Bustamante



...Después de haber investigado al susodicho por espacio de tres meses, así como a su esposa y a algunas de las personas de su trato más cercano, nuestros Agentes Especiales se encuentran en el mayor estupor, pues parece que el “auditor de las guerras de Independencia” y “el historiador de Nuestros Tiempos”, don Carlos María de Bustamante, no sólo carece de cualquier tipo de documentos capaces de comprometer a personaje alguno, sino que tiene la cabeza embrollada de tal modo que no atina a distinguir sus verdaderos recuerdos de sus fantasías, en las que sólo él cree, y a ratos, pues cambia de versión de una plática a otra y de un folleto o libro a otro.

Hemos penetrado hasta su escritorio, menos humilde en realidad de lo que proclama en sus periódicos, y no hemos encontrado sino un nido de urraca con papeles revueltos, algunos polvorientos y maltratados por los ratones.

Sus apuntes resultan del todo ilegibles, al igual que los que se le han confiscado formalmente, de modo que don Carlos no tiene pensado sino continuar difundiendo fábulas según los dictados de su humor, que varía de la truculencia trágica a las farsas más chuscas; o con todo esto construye un maquiavélico entramado de jesuita para ocultar una verdadera conspiración, lo que nadie cree.

“Es un tipo falto de seso”, dijo don Lucas Alamán. “Ha vivido muchas aventuras, pero siempre con la cabeza a pájaros, de modo que ni siquiera se enteraba de lo que estaba viviendo.” Don Lorenzo de Zavala se expresaba de los escritos y habladas de don Carlos en términos que no sería decente reproducir.

Otros personajes han hablado al mismo tiempo de lo mudable de su carácter, pues ahora deturpa a quien ayer adulara, y viceversa, a veces sin razón alguna, o con puras razones de su magín.

Es incomprensible su odio tenaz a Iturbide, su ídolo de otros tiempos, como el actual contra Valentín Gómez Farías, a quien el público imaginaría de su propio bando. Sobre el Señor Presidente se le han encontrado pocas frases, habladas o escritas, todas inexpugnables. Hemos de recordar que en otros tiempos se ufanó de ser el secretario (que según sus gestos y guiños intencionados quería significar el verdadero cerebro) del general don Antonio López de Santa Anna.

Es abogado. Se dice que en épocas del virrey Iturrigaray tuvo algún cargo de juez, que abandonó para no firmar una sentencia de muerte contra un desdichado a quien ni siquiera conocía. Luego, con el virrey Venegas, debió huir de la ciudad de México por sus abusos de la libertad de prensa con su periódico El Juguetillo, en los tiempos de vigencia de la Constitución de 1812, que sumaron exactamente noventa días. Su corazón al parecer tan tierno no le impidió mezclarse con los asesinos excomulgados de la turba de Morelos y de Rayón.

Habla y escribe pestes de la opresión del régimen español, principalmente de la que, según su dicho, sufrió sin culpa alguna su benefactor el licenciado Verdad; y de las que padecieron su esposa y él mismo (parece que más ella que él), por el motivo de los escritos rebeldes o insolentes antes mencionados.

La señora se llama doña Manuela García Villaseñor, y no falta voz que le atribuya todos los líos de don Carlos, quien atenido a su propia imaginación acaso nunca habría salido de las imprentas y bibliotecas; esta señora es de armas tomar y debiera estar más rigurosamente vigilada que su marido. Es ella, por lo demás, la que cuenta con influencias entre personas de peso. Y a través de quien corren más alto las intrigas y los chismes.

Pero el lector que quiera encontrar verdaderas andanadas contra el ejército realista saldrá sin duda defraudado en la conversación y en los estrafalarios escritos de don Carlos, tales como Cuadro histórico de la Revolución de la América Mexicana, Hay tiempos de hablar y tiempos de callar, Mañanas de la Alameda de México, etcétera.

Sus iras se abocan, tupidas y constantes, contra el ejército insurgente, debido, según dicen, a que no se le respetó el alto cargo legal y militar (Brigadier, Inspector General de Caballería, etcétera) que el general Morelos, de creerle, le habría conferido, de modo que a la muerte de Morelos anduvo a salto de mata de bandolero insurgente a bandolero insurgente durante unos siete años, víctima de privaciones y de humillaciones sin número. Parece que tuvo que fungir como secretario de algún matón de Tierra Caliente, donde conoció mayor despotismo que en tiranía gubernamental alguna. Ha estado en varias cárceles, bajo todo tipo de bandos, por todo tipo de motivos.

De modo que habrá en sus dichos y escritos material más numeroso contra los viejos alzados insurgentes que en su favor, si bien es proclive a dar por cierta toda leyenda portentosa, toda escena fantasiosa para satisfacer la inocencia del populacho. Chisme que en mala hora inventa y es celebrado por los léperos de la Plaza Mayor, chisme que ingresa como muy serio dato histórico a sus anales. Se hace llamar “Historiador del Pueblo”.

Cada cosa la cuenta cincuenta veces, incluso a la misma persona, y siempre de modo diferente; y así la escribe cien, de modo que sus incontables escritos se anulan a sí mismos en un laberinto inabordable.

         Es uno de los publicistas o periodistas de los viejos tiempos, como El Pensador Mexicano o el padre Mier, con más palabras que sesos. Resulta pues tan inofensivo como El Pensador, mero juguete de la muchedumbre ociosa en las pulquerías de la Plaza Mayor. El Juguetillo, ya lo dijimos, fue uno de sus viejos periódicos, y en efecto, en efecto...

Más que Comadronas o Parteras de la Libertad, como quisieran ser considerados, El Pensador y don Carlos fueron sus tías enfadosas; aquél no se cansaba de los sermones morales, los coscorrones y los jalones de orejas a los vecinos por cualquier nimiedad; éste, sentimental, gritón, llorón, que clama por el fin del mundo cada vez que zumba una mosca, y saca a relucir a los merovingios cuando un aguador tose, no conoce el fin para sus lamentos. Otros figurarán como el azote de nuestra política; con seguridad, éstos lo son de nuestras letras.

Es de dudarse que los lancasterianos obren bien, enseñando a leer a tanto niño con su varita y su cajita de arena, si los pupilos van a terminar leyendo a don Carlos o al Pensador, según temen nuestros árcades. “Si ambos hubiesen optado para curas, habrían predicado sermones más chabacanos que los del padre Sartorio”, se le ha escuchado decir a Lacunza. Sartorio fue tan azote de los pobres devotos en el púlpito, como don Carlos de los diputados en la cámara. Sartorio vaciaba involuntariamente los templos con mayor rapidez que los sofismas rabiosos de un Voltaire; don Carlos consigue evacuar la cámara de diputados mejor que un temblor de tierra.

Tuvo sin embargo, se nos informa, tres momentos de verdadero riesgo público: el uso de la prensa con fines de alborotador, durante los noventa días de la vigencia de la Constitución de Cádiz; su infatuación como alter ego y hasta, en su megalomanía, como el cerebro del general Morelos; y finalmente, pues los locos se juntan, su manera de quemarse, pues de otra manera no podría decirse, con las quimeras del padre Mier.

Siguiendo las ocurrencias arqueológicas del padre Mier, anduvo un tiempo tratando de volver a la Edad de los Aztecas, y realizó sinnúmero de viajes y pesquisas para encontrar un descendiente de Moctezuma o de Cuauhtémoc (y al no hallarlos, rastreó hasta los de Xicoténcatl, Calzontzin y Cacama) a quien colocar la corona que perdió el llorado Emperador Agustín I. Dicen que el general Guadalupe Victoria lo secundaba en estos desvaríos, trasegando archivos y reuniendo a ancianos indígenas en pos de los descendientes de Nezahualcóyotl y hasta de doña Marina, que en caso de haber encontrado los de ésta última provendrían también, con toda seguridad, de la varia tropa conquistadora y no de don Fernando Cortés, pues con éste sólo tuvo un entenado que se perdió en el mar.

Es un hecho que don Carlos publicó el mismo año que Iturbide consumaba la Independencia una más que intencionada Galería de antiguos príncipes mexicanos, que le publicó ¡la propia oficina del Gobierno Imperial!

Don Carlos está medio calvo, medio encorvado y medio acabado, pero con suma vivacidad, especialmente cuando habla de “sus” guerras de Independencia, y más aún cuando las escribe.

El papel lo soporta todo, hasta los escritos de don Carlos. Y no habría fábrica de papel que se diera abasto para que don Carlos llenara resmas con todas sus cuitas.

No goza de prestigio alguno entre los sabios, ni entre los políticos, ni entre el clero, ni entre el ejército. Lo detestan y lo embroman por igual los españoles y los mexicanos de toda casta y condición. De cotorra no lo bajan.

En consecuencia, opino humildemente que nada se pierde dejándolo parlotear y garabatear cuanto quiera. Hasta se le podría estimular un poco con alguna medalla, alguna subvención. Entre más escriba, menos dirá. Casi no ha habido legislatura en México donde no figure como diputado, y goza en la cámara de gran popularidad, pues cuando se levanta a declamar alguno de sus interminables discursos, es señal para que todos los demás legisladores, como impulsados por el mismo resorte, salgan a fumar a los pasillos y salones. Eso no lo arredra: sigue perorando solo.

Y hay quien afirma que hay algo peor que don Carlos de Bustamante escribiendo, y es don Carlos de Bustamante escupiendo discursos con una voz tan chillona que a la repugnancia mental de sus escuchas añade una repugnancia física indomeñable. Cuando los diputados de su facción quieren “tronar” la sesión, lo hacen subir al estrado: pronto la sala queda vacía. Cuando se pretende que la asamblea prospere le atiborran de inmediato los carrillos de trapos y papeles; y don Carlos sufre tal ahogo con resignación heroica, como uno más de los innumerables sacrificios que la Patria diariamente le exige.

Hemos escuchado en las cantinas las carcajadas más soeces precisamente cuando se leen en voz alta sus tiradas trágicas, como de la Biblia o de alguna ópera, sobre el destino, para él infausto, de la República; en cambio, cuando se acriolla, y platica con idioma vulgar y guasón, hasta los peones y paleros, los léperos, zaragates y huauchinangos de la Plaza Mayor, le corrigen el estilo y le echan en cara que ponga como chiquero nuestra hermosa y cristiana lengua.

Nada tiene qué perder, en nuestra humilde opinión, la paz pública, con semejante guasón revestido a ratos de bíblica plañidera. Es simplemente un tipo pintoresco de épocas idas y de las que poca gente quiere acordarse, salvo por sus aspectos chuscos, que don Carlos sirve en abundancia.

         Pero no se podría fiar de él para asunto serio alguno, que lo volvería feria y escándalo de pulquería.

         Éste es el sentir que hemos reunido entre las personas que lo tratan, conocen o han leído. Y así lo informamos puntualmente a Su Excelencia.     

         El Agente Dominó.





UN TIPÓGRAFO DE LUCAS ALAMÁN





La Fortuna, así como la Fatalidad, llamada a veces Ananké por los poetas arcádicos de El Diario de México —mucho más cultos y profundos para el viejo tipógrafo Marcelino Pomar que los nuevos romanticones a quienes todo se les iba en cantar (a menudo venalmente) a los generalillos y tiranos del nuevo México independiente—, debían en efecto constituir algo más que figuras retóricas o poéticas, que emblemas o metáforas. Debían ser diosas de total existencia y poderes absolutos.

         Ahí estaba la muestra. La Fortuna había sonreído a don Lucas Alamán desde la cuna: familia cariñosa y responsable, estudios privilegiados en el Real Colegio de Minas y en Europa, relaciones inmejorables con la aristocracia local y con sus patrones o socios europeos, los descendientes de Hernán Cortés; los grandes puestos gubernamentales, o los negocios privados, cuando caían los regímenes que hacían posibles aquéllos.

         Cierto que se decía que don Lucas y su familia estuvieron a punto de ser masacrados por la plebe insurgente de Hidalgo en Guanajuato; que se quiso linchar al poderoso conservador en algunas asonadas liberales, que se le llevó a juicio como autor intelectual del asesinato de Vicente Guerrero. Pero aun en caso de que no resultaran exageradas o hasta inventadas algunas de sus peripecias, don Lucas era (ante los ojos de Marcelino) el ejemplo del más amado discípulo de la Fortuna.

         Toda la cornucopia intelectual, política, económica, social se había derramado en sus ojos claros y en ese acentillo francés, que él, Alamán, tan insolentemente erigido en el campeón de la “verdadera mexicanidad”, la española, había traído de sus juveniles viajes por la vieja Europa.

         También la Fortuna parecía haberle sonreído con los favores de la virtud, pues se hablaba de su conducta intachable como individuo y padre de familia. (Su único pecado: “untar” la mano de Santa Anna y sus ministros para favorecer los negocios de sus patrones, los herederos de Cortés, murmuraba Marcelino.)

         Ahora la Fortuna coronaba a su dilecto: le permitía llevar a feliz culminación su versión de la historia del México independiente; a su gusto, con sus datos, su inteligencia y su escritura, mucho más atildados, rigurosos y brillantes que los de sus antecesores y contrincantes. Se iba a comer solito todo un medio siglo de su país.

         En 1849 había entregado a la imprenta de la calle de Palma el primer tomo de la Historia de México desde los primeros movimientos que prepararon su independencia en el año de 1808 hasta la época presente. ¡Y le había tocado, en el colmo de sus infortunios, tipografiarla a él, al poeta y orador incomprendido, caído en el olvido y la miseria a su dura vejez: Marcelino Pomar!

         La Fatalidad o la Ananké también debía existir con plenitud terrorífica, y Dios sabía por qué caprichos de las esferas —los “globos”, poetizaría Carpio— o los olimpos se había encarnizado con Marcelino. Nadie recordaba sus versos ni sus discursos, que conocieron momentos de digamos aplausos y hurras callejeros veinte años atrás: sus excelentes ortografía y caligrafía le ganaban puestos de ganapán editorial: tipógrafo, secretario, corrector de estilo.

         Como la Imprenta de J. M. Lara quería quedar muy bien con Alamán llamó al más confiable de los tipógrafos, al más responsable, al de mejor ortografía, para dar lustre a la obra monumental: Marcelino, odiador de don Lucas desde sus juventudes.

         Nunca se habían tratado. Para don Lucas representaría en todo caso, si llegara por milagro a recordar algunas de sus participaciones en el Congreso, un mestizo aindiado, un pedante afrancesado que no sabía pronunciar pasablemente una sola palabra francesa, un mistificador a la manera de Carlos María de Bustamante, de esos empeñados en reducir la historia patria a cuentos de hadas, o a cuentos para niños, o a cuentos para borrachos en fechas cívicas. Los historiadores de los Pípilas.

         Marcelino acató el rol que le imponían las divinidades. Colaborar en el monumento de su enemigo. Tampoco contaba con otras ofertas de empleo. Añadió su particular concepción de la honradez y el decoro. A lo largo de varios años, la obra en cinco volúmenes quedó impresa mucho mejor de lo que podía esperarse de una mera edición mexicana (grafías como “Lúcas Alaman” [sic] no importaban por aquellos años), y don Marcelino hasta recibió humildemente algunas botellas de excelente vino español con que don Lucas le agradeció soberanamente, por medio de un criado, su puntilloso trabajo.

         Nunca sospechó el europeizado historiador, para quien la mejor mexicanidad consistía precisamente en lograr los bienes, las luces y el modo de vida social europeos, el retenido odio, el autosacrificio silencioso de su tipógrafo al trasladar a móviles tipos de plomo sus furiosas andanadas manuscritas contra indios, indiadas, cuasindiadas y las barbaries que, según él, los acompañan.

         Marcelino escribía sus reflexiones en cuadernos que no conocieron la imprenta.  En su juventud los habría leído en cafés, mercados, estanquillos, cantinas. Ahora era un viejo viudo que sabía que sus antiguos escritos no tenían valor alguno —¡Ananké, Ananké!—, y que los nuevos probablemente no eran mejores. Pero escribía a falta de amigos con quienes conjurar. En la vejez se tienen pocos amigos, y nada importa a cada viejo sino sus propias dolencias.

         Uno de los momentos que más indignaron a Marcelino Pomar fue la diatriba diabólica, la voltaireana —verdades contrahechas con estilo elegante y engañoso— refutación de don Lucas del Acta de Independencia. En ésta, por obra de un antiguo y fuerte espíritu de simpatía entre todas las clases hacia los aztecas (salvo los españoles y unos poquitos criollos engreídos, como Alamán), se advertía una reivindicación, hasta una restauración pomposa del aztequismo.

         Sor Juana, Sigüenza, Clavijero, para no ir más lejos, habían comparado a los aztecas (que era una manera de nombrar a casi todos los indios mexicanos) con los héroes, dioses y mitos de Grecia y de Roma. No fue, pues, sino natural, que insurgentes de todos los bandos (radicales, moderados, conservadores) firmaran el concepto de que España había “usurpado” a la nación azteca el trono del Anáhuac, que ahora volvía a los legítimos herederos de los tlatoanis y del pueblo mexica.

         Pues no, afirmaba sardónicamente Alamán: sois unos imbéciles —lo escribió en estilo más elegante—: los aztecas ya no existen, ya se perdieron en el fondo de la historia; sino un pueblo nuevo surgido de la matriz española. ¿No os dais cuenta de que vuestros apellidos no son indios, ni el idioma en que habéis redactado y firmado tal acta restitutoria de la legitimidad azteca? El México independiente había comenzado, pues, con una farsa de idiotas.

         No estaba de acuerdo Marcelino Pomar con tal chiste, pero para nada; y algo de ello apuntó en sus cuadernillos. Primero anotó la contradictio in adjecto de Alamán, al dar por un lado por abolidos a los aztecas, y al afirmar en muchos otros que toda la barbarie, suciedad, vagancia, hipocresía, ebriedad, ignorancia e intemperancia de los aztecas continuaban a la luz del día, para no mencionar su brutalidad de guerreros inmisericordes manifestada en las revueltas insurgentes y posteriores. ¿No que ya no había aztecas, don Lucas? ¿Entonces quiénes lo espantaron en Guanajuato? ¿Una plebe no-étnica?

         Luego otra contradictio in adjecto. El guapo y güerito Alamán no pensaba abolida la “hispanidad medieval”, ni siquiera la romana. Se veía al espejo (Marcelino sospechaba  que don Lucas, aun anciano, se veía siempre al espejo) y se descubría como todo un godo y hasta como todo un cónsul romano. Hispania inmortal. Sostenía que España existió desde mucho antes de Séneca y continuaba tan campante. En cambio, todos los aztecas se murieron enseguidita.

         Bueno: los espejos reflejaban muchas cosas. Marcelino recurría poco a él, pero descubría en sus facciones de tipógrafo moreno un consumado tipo azteca, del tipo que ya se estaba divulgado en cuadros y litografías arqueológicas o pintorescas. La fisonomía perduraba, tenaz. Casi todos los mexicanos de 1849 se veían igualitos a las imágenes de Juan Diego. ¡Cualquiera servía para representar a Juan Diego en una pastolera o “comedia sacra”! ¡Cualquiera para bailar empenachado en la Villa!

         A mayor abundamiento: si se salía a las calles, se encontraban los mismos rostros, los mismos cuerpos, las mismas miradas de 1519 en la Plaza Mayor y en las milpas de 1849. Las había también en el ejército, entre los políticos e intelectuales; hasta en los sacerdotes, hacendados y comerciantes. Nada pues había sido abolido. Y ya andaban dando lata por ahí algunos aztequísimos: El Nigromante, Altamirano, Juárez.

         ¿La lengua, el vestido, las costumbres? Sabemos, decía Marcelino, que en un principio los aztecas eran bárbaros del norte, chichimecas, y que no hablaban náhuatl; que lo aprendieron por veneración y recuperación de la milenaria civilización mesoamericana. Los españoles alguna vez hablaron latín, fenicio, ibero, celta, vaya usted a saber cuántas lenguas más.

         Todas las razas cambiaban de manera de vestir a través de los siglos, sin perder nada con ello. Carlos III se vestía muy diferente que Séneca. ¿Por qué había de usar plumas y taparrabos un azteca capitalino del siglo XIX, de lengua española? ¿Acaso los españoles del siglo XIX se seguían vistiendo como romanos o moros, y hablando sus lenguajes antiguos?

         Se podía muy bien, en consecuencia, seguir siendo azteca hasta sin náhuatl, sin penachos ni sacrificios humanos. Ahí estaban los aztecas, de bulto, en calles, templos, chinampas, cuarteles y mercados.

         Pudo haber demagogia, concluía Marcelino, en el Acta de Independencia, pero no despropósitos. El pueblo azteca ahí andaba, con bastante más náhuatl oral que español, por cierto; y con calzones españoles de manta que en nada contradecían la fidelidad a las tortillas y al pulque.

         O de una manera más clara: indios, igualitos en figura y en muchas ideas y costumbres a sus antecesores aztecas, chalcas, texcocanos, otomíes, totonacas, zapotecos, mayas. Por resumen se consideraba a todos los indios mesoamericanos “aztecas”, pues el propio Carlos V creyó que todo México era “un imperio azteca” de Moctezuma. Así seguimos generalizando con los millones de personas de China, del Islam o de la India: todos “chinos, árabes o hindús”, aunque provengan de Siam, Marruecos, Manchuria o Corea. Así denominamos en bola como “españoles” a una docena de pueblos llamados vascos, asturianos, gallegos, aragoneses, catalanes, canarios, castellanos...

         ¿Y ese “nuevo pueblo” surgido de matriz española, cristianísimo, moderno, que tanto idealizaba don Lucas Alamán, no era en todo caso una invención política o una quimera, tanto como esa indianidad o aztequidad permanentes, supervivientes a cataclismos y cambios, en la mayoría de la población?

         Las ideas de don Lucas siempre fueron combatidas en los periódicos liberales. Su mayor refutador, su mayor conocedor, se conservó mudo y anónimo. Le pareció tan natural el tejido de falacias de don Lucas que esperó que se revelara por sí mismo en la Historia de México desde los primeros movimientos que prepararon su independencia en el año de 1808 hasta nuestros días. En su opinión, proclamaba su refutación en su propio texto.

         Por lo demás, Marcelino estaba marcado por la Ananké, y sus intentos, en consecuencia, condenados desde el principio al fracaso. Habría tarde o temprano algún lector de don Lucas a quien también sonriera la Fortuna, y a éste tocaría denunciarlo todo. ¡Que don Lucas regurgitara el medio siglo de historia mexicana que se había tragado solito!

         En parte, Marcelino dedicó su paciencia de tipógrafo y corrector a producir un texto (casi) perfecto, pensando a ratos menos en don Lucas que en ese futuro vengador, con quien todas las noches soñaba.

         Don Marcelino asistió al suntuoso sepelio de don Lucas. Su cara de macehual viejo, su levita pringosa y sus pantalones y zapatos remendados, su bastón de palo, desentonaban entre los dolientes encopetados, casi monárquicos.

         Una dama razonó: “Debe tratarse de un beneficiario de don Lucas. Tenía la mala costumbre de dar limosnas a todo mundo. Por lo menos uno de sus limosneros le salió agradecido. Porque la gratitud nunca fue virtud de los aztecas, ni de los antiguos caníbales ni de los nuevos palurdos”.







EL HOSPITAL DE LA SANGRE



I

Los temblores de 1985 echaron por tierra uno de los hospitales de beneficencia más antiguos y prestigiosos de la ciudad de México, el Hospital Juárez, cerca de la estación Pino Suárez del Metro, en la calle San Pablo, donde desemboca Izazaga para llegar a La Merced. Se le llamaba popularmente el Hospital de la Sangre.

Dicen que fue el primero donde se urdieron los diabólicos experimentos quirúrgicos del positivismo, que consistían en una especie de transfusión sanguínea. Aunque no se trataba de una técnica del todo reciente -existía en la Europa del siglo XVII, y los incas la practicaban desde mucho antes-, escandalizó a la ciudad de México de la época de Santa Anna.  ¿Cómo era posible extraerle sangre a un cristiano para inyectársela a otro? ¡Eso era casi un coito, o más que un coito! “¡Sangre de Cristo, fortifícame!” ¿No se le estaría transfundiendo al otro también el alma, el demonio, la herencia, la memoria, las virtudes, los pecados y no sé cuántos espíritus? Frankenstein asomaba por el rumbo de San Pablo.

Y sin embargo, la maldita ciencia funcionaba algunas veces (claro: los científicos tramposos ocultaban sus múltiples derrotas -pues se desconocía el concepto de incompatibilidad de tipos sanguíneos, para no hablar de la higiene-, y sólo exhibían sus escasos triunfos): había moribundos decentes que sanaban de repente, milagro de la ciencia positiva, ¡gracias a la sangre que les compraban a los indecentes pelados!, muertos-de-hambre y léperos que desde la madrugada hacían cola para vender su medio litrito a la semana.

¡Semejante comercio del diablo! En lugar de trabajar, los malvivientes iban ahí nomás a vender su sustancia divina, porque la sangre la da sólo Dios: es la vida misma, y de inmediato se iban a gastar esos buenos pesos tan malhabidos en pulque y francachelas.  Ni en tiempos de Huichilobos se había oído de tal chapuceadero de sangre.

Se le llamó Hospital Juárez en 1877, en memoria del codicioso presidente que había hurtado al clero esos terrenos y fincas pertenecientes al Colegio de San Pablo. Claro: antes el arzobispo Lorenzana se los había arrebatado (1788) a los agustinos, quienes le pusieron pleito y parece que los recobraron, al menos en parte. Los agustinos, desde luego, a su vez se los habían birlado (1569-1575) a los franciscanos. Y vaya usted a saber a qué calpulli o cacique aztecas se los habían sustraído los “hermanos seráficos”, al día siguiente de la conquista, con el “paulino” fray Pedro de Gante a la cabeza. Ladrón que roba a ladrón...

Un terreno de lo menos recomendable, como se ve. Aunque el Colegio de San Pablo floreció a lo largo de todo el siglo XVII, y rivalizó con la universidad, con los colegios jesuitas y con los conventos de San Agustín, San Francisco, San Diego y Santo Domingo, como centro de estudios, grillas y disputas teológicas, ya en el XVIII no era sino una inversión inmobiliaria. Amplios terrenos que se rentaban para ferias: la “feria de San Pablo”, y hasta para corridas de toros.

Ahí se construyó en forma, primero en madera y luego en mampostería, una plaza muy concurrida en los últimos tiempos de la colonia: la “plaza de San Pablo”, los “toros de San Pablo”.

Se volvió cuartel en la época de Santa Anna; luego hospital militar y civil, de fama macabra y sangrienta. Entonces el Benemérito se apoderó de todos los terrenos (1860), exclaustró a los escasos agustinos que quedaban en el Colegio de San Pablo y dedicó todo el sitio y sus instalaciones, según opinión de sus detractores, exclusivamente al tráfico de la sangre. El Templo de la Sangre. El Laboratorio del Diablo. El Mercado de la Sangre.

A lo largo del siglo veinte, hasta el mismo día del primer temblor de 1985, seguían yendo ahí a vender su sangre todo tipo de desarrapados. A partir de esos temblores, y como consecuencia de la epidemia del sida, se prohibió la compraventa de sangre.

         En la terrorífica leyenda del Hospital de la Sangre se omite, sin embargo, un dato curioso. Fue también un primer intento mutualista de Seguro Social entre pobres, que se pagaba no con dinero, sino con sangre: un accidentado, un enfermo, una parturienta recibían atención médica a cambio de la sangre que sus familiares o amigos donaran en su nombre: “Vengo a donar mi sangrita por la curación de mi cuñada”...

Banco de Sangre, también: había quien depositaba sus medio litritos por anticipado, en espera de la operación, cuando se los devolverían (espero) con módicos intereses, a tasa fija o variable. Cuestión de mililitros en épocas de baja inflación.

        

II

Pero también se omite un secreto a voces desde el siglo XVI: el nombre, San Pablo, que siempre ha quemado como tizón vivo en la boca de todo cristiano, y especialmente a partir de Lutero, cuando los protestantes se abanderaron con la doctrina y el ejemplo de san Pablo contra la doctrina y el ejemplo de san Pedro.

No fue común dedicarle al apóstol de las epístolas, a esa especie de apóstol-por-correspondencia, muchos templos, conventos ni colegios.

No se podía prescindir de él, porque fundó la teología cristiana y estableció la tremenda revolución de que el cristianismo no fuera exclusiva ni principalmente judío ni para judíos, sino universal y sobre todo para los gentiles o paganos. El apóstol Santiago (llamado “el menor” o “el justo”, hermano de Jesús y primo y tocayo del borroso Santiago “el mayor”, aunque era más joven, dizque apóstol de España) y el apóstol san Juan, lo detestaron y escribieron cartas, sermones y partes del Apocalipsis contra él.

Lo llamaron el “Apóstata” porque renegaba del judaísmo en favor de los paganos, y se lucía más como “ciudadano romano” que como judío.  Porque muy pronto se cambió el nombre judío Saulo por el romano Paulo.

Se proclamaba el “Apóstol de los Incircuncisos”, el “Apóstol del Prepucio” (sic) y dueño de la iglesia de todo el mundo, salvo Jerusalén, “ciudad maldita”, y el ghetto judío de Roma, que casi con lástima cedía a Pedro, Santiago y Juan, simples “apóstoles de la circuncisión”.

Lo llamaron el “Falso Apóstol” –el apóstol número trece; el trece a la mesa de la eucaristía; el treceno de una docena bien contada- porque nunca conoció a Cristo, ni lo escuchó en vida: dizque Jesús se le apareció durante su camino a Damasco, y lo privilegió con una instantánea revelación personal, sin testigos. Muy cómoda, muy teatral, muy aparatosa. Propiedad completamente suya. ¿Quién le iba a negar, corregir o enmendar lo que él decía que sólo él había visto y escuchado?

Lo llamaron el “Precursor del Anticristo”. El “Nuevo Simón Mago”, que era un milagrero de feria. El “Nuevo Balaam”. El “Nicolaíta” (Nicolás: “embaucador del pueblo”), el “Farsante”. El “Propagador de la Fornicación” o la “Gran Prostituta” o “Jezabel” (porque predicaba el matrimonio interracial de cristianos judíos con cristianos paganos). El “Falso Visionario”, el “Falso Milagrero”, el “Impostor”, el “Tragón Impuro” (porque permitía que los cristianos comieran los alimentos prohibidos por la ley judía, los no-kosher).

 Santiago, el “hermano” de Jesús; Juan, su “discípulo amado”, el montón de hermanos y primos y tíos y demás parentela galilea de Jesús dijeron de san Pablo todo tipo de cosas. La familia de Jesús era tremenda. Con decirles que san Judas Tadeo también era hermano de Jesús...



III

No había modo de ocultarlo. Los insultos existen en el Nuevo Testamento, donde también aparecen sus quejas y sus respuestas. En los Hechos de los Apóstoles, en el Apocalipsis, en las Epístolas, incluso en sesgos de los evangelios de Mateo, Lucas y Juan. Y en infinidad de escritos de los primeros tiempos del cristianismo no admitidos en la Biblia cristiana, pero sí en los tomotes de los Padres de la Iglesia. Clemente Romano, el obispo Policrates, san Policarpo, san Irineo, san Ignacio, san Justino, etcétera.

Antes de que se formaran y consolidaran las jerarquías eclesiásticas, los episcopados y el papado, así como el canon del Nuevo Testamento, durante un buen siglo (hasta el 130 d. C., más o menos), las dos corrientes cristianas: los judíos que consideraban a Cristo como una mera reforma dentro del judaísmo, y los paganos helenísticos y romanos que lo adoraban como un nuevo Dios universal, sin razas, debieron coexistir a codazos.

La gente de Pedro contra la gente de Pablo.

Y las rencillas subsistieron en los textos sagrados y en la escritura de todos los teólogos cristianos de los primeros siglos. (Ernest Renan desmenuza el babélico embrollo, lleno de citas textuales y referencias precisas en más de diez idiomas, a lo largo de los siete tomos de su Historia de los orígenes del cristianismo.)

Entonces se inventó volverlos gemelos.  El papa de los judeocristianos y el papa de los pagano-cristianos en una sola entidad bifronte. Al mismo tiempo los evangelios y las epístolas, cada cual en su sitio durante la misa.

Se le inventó en Roma un protobispado-protopapado a san Pedro, y una especie de Embajada-Universal-Extraordinaria-y-Plenipotenciaria-Para-el-Mundo-Pagano a san Pablo. Se les inventó que habían muerto juntos, martirizados por Nerón (año 64), en Roma.

Y a partir de entonces, y hasta Lutero, no se dejaba que san Pablo anduviera solo. Ni un solo paso. Siempre se le amarraba una pata a la pata de san Pedro. La ortodoxia acuñó una sola frase inmutable: “san Pedro y san Pablo” para esposar a quien mejor conoció a Cristo con el que mejor lo alucinó.

En 1572 los jesuitas fundaron en la ciudad de México su colegio perfectamente ortodoxo: “Colegio de San Pedro y San Pablo”.

De san Pablo se dijeron y se siguen diciendo cosas muy extrañas. Se dice que hay un cristianismo de Jesús (o de san Pedro, o de los galileos, o de la familia de Jesús) y otro de san Pablo.

Que Pablo duplicó el cristianismo (o lo multiplicó) al extenderlo indiscriminadamente a todos los gentiles, sin que previamente se convirtieran al judaísmo, como querían los apóstoles Pedro, Santiago y Juan. Con ello, permitió que se le infiltraran infinidad de filosofías (el gnosticismo), supersticiones y ritos egipcios, sirios, romanos y helénicos. Hasta cosas de Persia y de Babilonia.

Que como nunca conoció a Jesús en carne y hueso, sino como mera visión, Pablo lo volvió dios. Y que incurrió, en consecuencia, en idolatría. Deificó a un hombre, entronizó a un nuevo ídolo. El tremendo Cristo-de-san-Pablo.

Para sus discípulos y parientes verdaderos, históricos, galileos, Cristo era sólo un hijo de Dios (como a final de cuentas todo ser humano), aunque el elegido para una reforma radical: la del Mesías o Cristo, pero nunca un dios humano “igual” a Dios Padre.

Con san Pablo empieza ese lío del monoteísmo politeísta que adora a un solo Dios que son tres sin dejar de ser uno sin dejar de ser tres. Así lo explicaba el Patriarca Pérez frente a la Alameda: “Este era un gato con los pies de trapo y los ojos al revés, ¿quieres que te lo explique otra vez?”

El “apóstata” san Pablo, además, declaró concluida a Ley de Moisés. No había más que “su” Jesús. Nadie tenía por qué practicar “las obras”, los ritos, las creencias, las obligaciones del Antiguo Testamento, sino empezar de nuevo a partir de la aparición de Cristo... ¡al propio san Pablo! La historia universal se reiniciaba a partir del momento en que Cristo se le apersonó a Pablo: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”

San Pablo no escuchó el Sermón de la Montaña, sino el Sermón-Confidencial-de-Damasco, personalizado. Para sus seguidores, el cristiano debía creer solamente en el Cristo que había ensoñado san Pablo, muy a su modo y a su gusto.

Dos cristianismos. San Pablo es teólogo, autoritario, moralista; Jesús resulta tolerante, populachero y amigo de malvivientes de buen corazón, como la Magdalena y el “publicano” o cobrador de impuestos.

El fanatismo de la Doctrina frente a las bienaventuranzas del Sermón de la Montaña. André Gide quería ser un cristiano sin san Pablo.

Los logros de las misiones de san Pablo a lo largo y ancho del Imperio Romano resultaron más exitosos para el cristianismo que una mera reforma dentro de la religión judía, como querían los discípulos “históricos”, los parientes y compadres de Galilea, y san Pedro. No se podía prescindir de él. Todo lo más: amarrarlo al pie de San Pedro y que jamás anduviera solo. 

Porque de que san Pablo agarraba el paso por su cuenta nadie sabía adónde iba a parar. Solo, ni un solo paso.



IV

Durante la Edad Media el papado encumbró a san Pedro, y san Pablo quedó como una adherencia doctrinal universalista, especializada. Casi un simple nombre el calce de las epístolas. Uno tenía las llaves del cielo, y el otro había abierto (siglos y siglos atrás) las puertas del cristianismo a los gentiles.

No se permitía el culto individual a san Pablo. Olía a revelaciones personales muy extravagantes; a un cristianismo sin iglesia ni obispos; a un trato directo de cada persona con Jesús, y a una ruptura total con el judaísmo. A cualquier parroquiano se le podía ocurrir que Jesús se le había aparecido de repente en el camino a su pueblo, o de regreso del mercado, y que le había dicho esto y lo otro.

Quizás fray Pedro de Gante (o fray Pedro de Moere, o Muer, o Mura) quebrantó la regla de jamás tratar a san Pablo a solas, sin san Pedro, en homenaje a su emblema misionero, cuando le dedicó un templo en el solar que ocuparía el Hospital de la Sangre.

A final de cuentas, los franciscanos desembarcaron en México como san Pablo en tierras de paganos o gentiles. Pablo era El Misionero por antonomasia. Sin duda alguna, fray Pedro de Gante sabía ya para entonces de la rebelión de Martín  Lutero (31 de octubre de 1517). Creía que Lutero era un vulgar rebelde contra el papa, acaso un endemoniado más, hacia 1523.

De haber conocido las críticas luteranas a la corrupción católica, las habría sin duda compartido, como el resto de los franciscanos que desembarcaron en México. Todos echaban pestes de la iglesia corrupta.

Acaso fray Pedro de Gante no supo entonces que en Lutero renacía san Pablo y su teoría de que la fe obraba sola, sin iglesia; que el creyente se comunicaba directamente con Dios, sin intermediarios.  Y estableció el extraño caso de fundar en México una iglesia de san Pablo sin san Pedro, la cual se convertiría sucesivamente en el colegio agustino de San Pablo, la feria de San Pablo, los toros de San Pablo, el cuartel de San Pablo, el barrio de San Pablo, el hospital de San Pablo y el Hospital Juárez u Hospital de la Sangre. Quedan el nombre de la calle y una ruinosa iglesia del siglo XVIII.

No hubo otros homenajes célebres a san Pablo sin san Pedro durante el período colonial (salvo unos cuantos pueblos sin mayor importancia, y que debieron su nombre al azar, pues al fin y al cabo sobrevivía en el calendario) porque corrió la voz de que un san Pablo solo equivalía a un Lutero.

Y san Pablo se convirtió en el mayor o único santo de los protestantes. Desde entonces, los católicos mexicanos sólo trataron con un san Pablo chaperoneado por san Pedro, indefectiblemente.

Lo que sí conocía fray Pedro de Gante era que el buen Saulo de Tarso, judío fanático, el más fariseo de los fariseos, el más zelote de los zelotes, era un asesino. Encabezó el linchamiento de los primeros cristianos que mataron a pedradas a san Esteban. Nada menos. Incluso se quedó, como trofeo, con las ropas ensangrentadas del muerto. Toda su vida confesó llevar en el alma la sangre indeleble del diácono san Esteban. Las vidas de santos siempre son vidas edificantes o ejemplares. Con la “leyenda dorada” de su santoral, no sé cómo se atreven los obispos a criticar a la prensa amarillista.

Esta truculenta conversión del más sangriento de los perseguidores del cristianismo originario en su mayor misionero, gracias a una visión personal de Cristo en el camino de Damasco, heredó al cristianismo el endiablado acertijo de la “Teoría de la Gracia”.

En la religión judía todo era claro: un Dios racial había hecho un pacto con su raza favorita. En una religión no-racial, como el cristianismo, ¿quiénes serían los favoritos del Señor? ¡Misterio!

Cristo tiene un Libro cerrado con Siete Sellos donde están escritos desde el principio de los tiempos los nombres de los elegidos, y que no se conocerá sino hasta el final de los tiempos.

Quien quiera salvarse mediante la buena conducta, las prácticas religiosas, las penitencias y las buenas obras, se equivoca. A lo mejor su nombre no aparece en el Libro de los Siete Sellos del Apocalipsis. Quien se proponga condenarse persiguiendo y asesinado cristianos a diestra y siniestra, y matando a pedradas al pobre de san Esteban, ¡de pronto se salva, gratuitamente!, pues por eso tal teoría se llama de la Gracia. Un “acto gratuito”: su nombre sí está en el Libro de los Siete Sellos.



V

“¡La religión de lo arbitrario!”, clamaba Michelet, cuando pretendía que la Revolución Francesa había liberado a los oprimidos de la tierra de la Religión-de-lo-Arbitrario, del Club o la Mafia de los Misteriosamente-Elegidos. “Ahora sí todos iguales, y cada cual arquitecto de su propia conducta y su propio destino... Le Peuple!

Me cuentan que todo esto predicaba en la ciudad de México, durante los buenos años del callismo, el cismático Patriarca Pérez (quien además se llamaba Joaquín y estudió en Tulancingo), auxiliado por el no menos abominable heresiarca Manuel Monje, en su nueva “Iglesia Mexicana” de Corpus Christi, frente a la Alameda.

Dicen que san Pablo sin san Pedro se le aparecía en sueños y lo usaba de intermediario para comunicarse con el presidente Plutarco Elías Calles. Nada se sabe de cierto, salvo que a los cuatro años de ser ungido obispo mediante un rito protestante en Chicago, murió en la Cruz Roja de la ciudad de México (1931).

-¿Cómo es posible que haya existido una iglesia de san Pablo sin san Pedro durante la Colonia? –preguntaba nuestro nativo heresiarca Manuel Monje.

-Así la Reforma se iba abriendo camino en México desde los principios mismos de la evangelización –respondía el Patriarca Pérez.

-¿Fray Pedro de Gante habrá sido un enviado de Lutero?

-O del propio san Pablo...

-Lo que no entiendo es por qué, cuando fray Pedro de Gante predicaba el pensamiento de san Pablo entre los indios, decía, enseñándoles un dibujote tosco: “Santo que tiene, santo que tiene espada en la mano, ¿qué santo será?”. Yo habría respondido de inmediato: “San Pedro”, por la oreja que Simón Pedro le cortó al soldado romano durante la aprehensión de Jesús. San Pedro El Mochaorejas. ¡Pero no! Fray Pedro de Gante quería que le respondieran precisamente: “San Pablo”.

-Bueno, el emblema de san Pedro debían ser Las Llaves.

-¿Pero por qué La Espada para san Pablo? Cuando asesinó, no fue con la espada, sino a pedradas. ¡Pobre san Esteban!

-Se vería muy feo un santo apedreador. Definitivamente muy vulgar. No es emblemático.

-O Una Pluma...

-Los evangelistas llevarían preferencia:  san Marcos, por ejemplo. Porque ya sabemos que ni san Mateo escribió El evangelio según san Mateo, ni el erudito, helenístico y gnóstico Evangelio según san Juan fue escrito por el ignorantón y provinciano “discípulo amado”... Emblema de la Gracia: los misterios del Señor son inescrutables y el Enemigo-con-Espada se convirtió en el Propagador-de-la-Palabra...  Los últimos serán los primeros; los asesinos se erigirán en santos, y el mayor enemigo de Dios es su mayor amigo; este era un gato con los pies de trapo y los ojos al revés, ¿quieres que te lo cuente otra vez? –interpretó el Patriarca Pérez.

-Así sea y amén –añadió, adulador, su compinche el presbítero heresiarca Manuel Monje.

Desde las ventanas de su cismática iglesia de Corpus Christi admiraban el Hemiciclo a Juárez, en la Alameda. Eran los buenos años del general Calles, y el monumento de Juárez tenía a sus pies unos leones poderosos, de mármol, como todo un Nerón.





ASPECTOS SINIESTROS DEL NICAN MOPOHUA



Guadalupe Tepeyac, 25 de enero de 1887

Querido padre Vilches:

         ¡Se ha vuelto a alborotar el gallinero! Pero yo, muy escarmentado con lo que ocurrió con Vuestra Merced, quien Dios sabe no quiso sino aportar su mayor diligencia y buena fe en los asuntos de Nuestra Madre Guadalupe, y Nuestro Señor así se lo tendrá en su gloria; yo, humilde cura sin fortuna ni futuro, yo: ¡chitón!

         No sea que Su Ilustrísima me transfiera a predicar a un pueblo de campesinos o de indios, como hizo con usted tan sin misericordia. No digo más: que siguen apareciendo milagros en la imagen de Nuestra Señora.

         Recuerdo los que señaló vuestra clarividencia: que ese manto azul se había vuelto verde, y que el angelito del pie oportunamente amaneció con los colores de la bandera nacional; que aumentaban las estrellas del manto y las llamas del resplandor según quien se pusiera a contarlas, que... ¡Cuantos pinceles no habrán echado ahí su borrón, según los vaivenes del episcopado y de la historia nacional!

         Pero lo del 20 de enero fue tan prodigioso como descarado. ¡Desapareció por completo la corona de oro que tenía Nuestra Señora pintada sobre la cabeza!

         Usted le había advertido al señor arzobispo que esa corona pintada era indebida y pirata, pues resulta privilegio del papa ordenar que se corone de bulto o en pintura las imágenes. Aquí guardo infinidad de peticiones mexicanas para que tal coronación formal, vaticana, se realizase, especialmente la muy extravagante del caballero Boturini. Pero nada de que el Vaticano quería coronar una imagen tan dudosa.

         Nuestros aguerridos compatriotas no se caracterizan por la prudencia, sobre todo si son obispos; y vaya usted a saber a qué arzobispo se le ocurrió mandar a Roma al demonio y coronar por sí mismo la imagen, ni a qué pintor encargó que misteriosamente pintara esa corona estrecha y feúcha que un día le apareció de repente, sobre la cabeza. La travesura debe ser vieja, pues todas las reproducciones que corren por el mundo llevan la consabida corona pintada.

         Lo que le puedo informar es que ha sido Pina, pintorucho de brocha gorda, quien la ha desaparecido a mediados de enero de este año. ¡De un brochazo dorado! Donde había corona volvieron a haber llamas, el círculo del sol que dicen azteca y que la Virgen eclipsa...

         Sucedió que finalmente el Vaticano aceptó coronar la imagen, con corona real, de bulto, de oro y piedras preciosas. Pero luego dijo que siempre no, ¿qué como iba a coronar una imagen ya coronada? ¡Coronada, supuestamente, por sí misma! ¡Nada modesta la Guadalupana!

         Me imagino al papa echando pestes en Roma porque la Virgen Mexicana se saliera de todos sus protocolos legales y litúrgicos y se pintara a sí misma y se coronara a sí misma, sin mayores dilaciones, por puro amor a su pueblo mexicano. Todo por sí misma y al diablo el Vaticano.

         El escándalo atronó en la prensa. El arzobispo Labastida proclama ex cathedra, en pastoral formal, que la propia Virgen se descoronó milagrosamente para no molestar a los coronadores del Vaticano que vienen a coronarla con tamaña pompa. Unos ríen y otros muerden, como siempre en esta arquidiócesis.

         Y yo chitón, siguiendo vuestro consejo.

         Filegonio Santana, Pbro.

                                               *

Guadalupe Tepeyac, 19 de marzo de 1891.

Querido padre Vilches:

¡Ojalá nadie hubiese querido coronar a una Virgen ya coronada! ¡Se ha destapado la caja de Pandora! Parece que el padre Andrade, a quien se llama por ahí el inimicus homo, ha hecho de las suyas, ¡y de qué manera!

         ¡Ha logrado sustraer y copiar tanto la carta de don Joaquín García Icazbalceta, que como usted bien lo sospechaba niega rotundamente el milagro; como los legajos del arzobispo Montúfar de 1556, que creo que usted jamás llegó a conocer, pues no recuerdo que me los comentara. Los ha hecho publicar. El segundo dizque en Madrid, pero en verdad fue aquí, en la imprenta de Albino. ¡Los antiaparicionistas están de feria! ¡Todos los argumentos en su favor!

         1.- No hay prueba alguna de tal suceso durante la vida de fray Juan de Zumárraga.

         2.- No hay prueba alguna de Juan Diego, Juan Bernardino y demás prole existiesen, salvo como seres alegóricos; y ni modo, como tantas veces ha dicho usted, tampoco se cree que en 1531 doce o veinte franciscanos se dedicaran a atender personalmente a cada uno de los 15 millones de indios, con nombres y apellidos propios, individuales. ¡No lo hacemos ni en este ilustrado siglo XIX!

         3.- No tenía por qué venir ningún indio solo a la iglesia de Tlatelolco, sino en todo caso en procesión, como suelen, ni para ello treparse al cerro.

         4.- Fue invención mariana de Montúfar, totalmente opuesta al espíritu antisupersticioso y antimilagrero de Zumárraga y los franciscanos. Dicen que la pintó el indio Marcos a partir de un grabadito de un libro de horas de Flandes.

         A sus pies, etcétera.

         Filegonio Santana, Pbro.

                                      *

Guadalupe Tepeyac, 12 de octubre de 1895

Querido doctor Vilches:

         Mucho lamento, pues sabe usted la gratitud que le guardo desde mi más tierna juventud y el cariño que le he profesado sin desmayo, y la admiración que siempre me han provocado sus luces, que se haya decidido, ya a edad tan venerable, a colgar los hábitos y asumir los instrumentos del espiritista. ¿Es la ouija menos ardua que la teología?

         Quizás ya no le importen mucho mis informes. La Virgen fue coronada solemnemente y todo mundo juró que nunca había tenido pintada una corona, que nunca le fue borrada, aunque todo mundo en México hubiese visto que primero ahí estaba, y luego del brochazo de Pina ya no estuvo; o que en todo caso apareció y desapareció oportunamente sin dejar huella, como los trasgos.

         Nada le quitan ni le añaden las susodichas coronas. Ella es emperatriz, y eterna y magnánima de cualquier manera. “Nada semejante ha ocurrido en ninguna otra nación”.

         Lo que anda dando mucha lata es la olla pútrida de 1556, donde los franciscanos atacan el culto con salvajismo digno de luteranos. Ya sabemos que, a diferencia de los dominicos, los franciscanos se colaron entre los indios, los conocieron bien y les descubrieron sus trampas de transformar sus antiguos dioses en nuevas imágenes cristianas “aparecidas”: Cristos-Quetzalcóatl, Sanjuanes-Tezcatlipoca, Santanas-Toci, Isidros-Tlalolcs, Santiagos-Huichilobos, Marías-Tonantzin. ¡Pero la pólvora de ese informe, qué bocado para Voltaire, mi nuevo doctor Vilches, dominador de las ciencias ocultas!

         Quizás sus nuevos métodos magnéticos pudieran contestar algunas de mis tribulaciones:

         1. ¿Para qué empeñarse en el año 1531, fecha imposible por la ausencia física de obispo en el país y por la nula mención de hecho alguno de la especie en todo tipo de documentos, y no asirse a la de 1555, superdocumentada por Montúfar, los franciscanos y la tradición india? En 1555 ya había aparecido, si no la Virgen, al menos la imagen del indio Marcos en el Tepeyac (y que dizque un acólito efebo, un Ganímedes azteca, posó para el cuadro, vestido de Virgencita: se lo oí decir al maestro Altamirano).

         2. ¿Por qué empeñarse en que la relación indígena de la aparición es la original y obra del famoso indio Antonio Valeriano, escrita unos cuantos años después del prodigio? Usted sabe que nadie quiso copiar ni representar ni predicar el Nican Mopohua en público, ni aludirlo siquiera, jamás. durante todo un siglo, hasta que la publicó con su nombre y en castellano, como un sermón absolutamente criollo, Miguel Sánchez, y a todo mundo pareció novedosa; y en náhuatl, un año después, en 1649, Luis Lasso de la Vega.

         3. Para entonces todas las luces del Colegio de Santiago de Tlatelolco estaban ciegas, y sólo quedaban por los aires los nombres ilustres de unos indios latinistas, no nahuatlatos.

         Los nahuatlatos eran los frailes; los indios cultos escribían en latín. ¿Por qué atribuirle a Antonio Valeriano la mayor obra náhuatl guadalupana y, por ello, la mayor mexicana? ¡Que porque dijo Sigüenza que Alva Ixtlixóchitl vio el manuscrito con letra de Valeriano!

         ¡Pero Alva Ixtlixóchitl dijo tanta barbaridad! ¿No afirmó que todos los indios provenían de Irlanda? Por lo demás Sigüenza nació en 1645, apenas tres años antes de que Miguel Sánchez publicara en español su prodigio de un “apocalipsis indiano”. Ixtlixóchitl murió en 1650, cuando Sigüenza todavía no cumplía 5 años. Nunca hablaron Ixtlixóchitl y Sigüenza del asunto.

         En todo caso, y concediendo demasiado: Ixtlixóchitl nomás “reconoció” la caligrafía. ¿Y si se tratara de una copia cercana tanto a su muerte como a la publicación de los libros de Sánchez y Lasso? La fecha y la autoría, si vuestra sabiduría, tanto la antigua y teológica como la novedosísima y teosófica, no opinan en contrario, resultan completamente contestables.

         El meollo del asunto está en fray Servando. Él dice dos cosas: o que se trata de un gran misterio sagrado, por medio del cual Santo Tomás se trajo a la Virgen hace 19 siglos a los poco atractivos alrededores de Tenayuca, la cual dejó su imagen oculta en una cueva, o que se trata de una comedia.

         Pero ¿cómo aceptar que el indio Antonio Valeriano, en lugar de ponerse a leer a los clásicos grecorromanos, se dedicara a escribir en náhuatl una comedia sacra cuando el teatro misionero estaba abolido por los concilios? ¿Que dicha comedia no fue registrada por fraile alguno, ni como mera alusión? ¿Que es una comedia en prosa, lo que significa que no es comedia: debían serlo en verso? ¿El sabio Valeriano no sabía versificar? ¿Tampoco sabía que las comedias tienen escenas, jornadas, didascalias?

         ¿Una comedia a fin de que la representase una india bonita para concupiscencia de toda la indiada o un cándido efebo disfrazado de Virgencita? El teatro milagrero estaba prohibidísimo, y más por esas fechas de Eslava.

         ¿Y cómo un indio, Antonio Valeriano, hijo y hermano espiritual de franciscanos, el serafín de sus “indios cultos”,  iba a conjurar contra su propia orden, la de San Francisco, en favor del horrísono y herético dominico Montúfar, con una historia idolátrica, herética, precisamente durante los años de la guerra antiguadalupana de los franciscanos contra Montúfar, que todavía expele pólvora en Sahagún un cuarto de siglo después?  ¡Nada más nos falta que Antonio Valeriano haya resultado el agraciado efebo disfrazado de Virgencita, el Ganímedes azteca que tan gentilmente posó para el cuadro del indio Marcos!

         Por lo demás, se trata a todas luces de algo no teatral, sino narrativo, ni cómico, sino serio: un presunto informe sacro.

         ¿Era Antonio Valeriano un espía doble, un atroz personaje “a lo divino” de El conde de Montecristo o Los tres mosqueteros? ¡El mayor enemigo de los franciscanos sería su hijo y discípulo más beneficiado y devoto!

         Tenemos pues, Virgen coronada, entronizada y triunfadora. ¡Sea siempre alabada y reine entre nuestros corazones! ¡Y nosotros, los guardianes de sus vagos escritos y espléndidos tesoros, siempre viviremos atribulados por prodigios, trasgos, guerras, legajos, contralegajos, bulas, antibulas, coronas aparecidas, coronas esfumadas. ¡Encomendamos a su bondad el duro oficio de trabajar como sus siervos!

         Suplícole me envíe sus noticias a casa de mi sobrina Micaela Santana, en la Calle del Mosquete número 3, pues ha corrido como pólvora la noticia de vuestro ascenso en los cielos circulares (¿son circulares?) del espíritismo y de la masonería de Boston, y no llegaría a mis manos cualquier línea suya que dirigiera a la Colegiata, donde mi silencio tenaz me va logrando sinecuras, tal como usted me recomendó.

         Lo quiere siempre y besa sus pies, su ahijado y siempre fiel hijo espiritual,

         Filegonio Santana, Pbro.